Sociedad

Neurosis colectiva y pasividad subjetiva: Las conspiraciones en redes como Slop político y cultural

La realidad sigue ahí, tan decepcionante como siempre.

20 de agosto 2026


Este texto está dedicado a Sandra Mora López, cuyas propuestas han permitido conectar, de aquella manera (mea culpa), algunas de las ideas aquí presentes.


No se me ha escapado que durante el último mes del verano, tras la victoria de la selección española en la final del mundial, una suerte de “fiebre conspiranoica” ha invadido a los aficionados y aficionadas argentinos en redes. Después de la derrota de su selección, los fanáticos de la albiceleste comenzaron a compartir una serie de contenidos que, aunque en un primer momento resultaban curiosos y hasta cómicos, fueron creciendo en cantidad y especulaciones en torno a la idea de que la final de la competición había sido amañada. Los afectados, que se contaban por decenas de miles, defendían que a los jugadores argentinos “no les habían dejado ganar” y que dicho partido había sido arreglado por diversas razones: que sacasen una pancarta reclamando Las Malvinas, que la FIFA les había amenazado con diez años de suspensión porque no querían que volviese a ganar un combinado sudamericano; que Milei, ahora, carecía del beneplácito de Infantino y del descerebrado y sionista Trump. Del mismo modo, se especulaba con que la derrota se había forzado de diversos modos: que la pelota iba teledirigida, que el árbitro pitaba en su contra, que los defensores fingieron lesionarse o que siempre retrocedían porque no querían atacar. Lo que inicialmente parecía el exabrupto de un estado de negación, fue creciendo con slow motions forzados, imágenes de una arenga lamentable de Lionel Messi, vídeos que mostraban a los futbolistas exánimes durante el encuentro… Y otros materiales que terminaron siendo compartidos y difundidos de manera poco responsable por diversos y “renombrados” periodistas. Todo esto terminó provocando una paranoia colectiva que aún persiste y que se vio consumada con la iniciativa de una petición en Change.org para repetir el partido. La petición a día de hoy cuenta con más de cien mil firmas, aunque, por el momento, no ha prosperado.

El señalamiento particular del árbitro como “corrupto” ha generado que muchos aficionados españoles firmen la iniciativa asegurando que sin corrupción el resultado sería más abultado.

No me considero una persona a la que le interese gran cosa el fútbol. Veo algún partido de vez en cuando, estoy al día de ciertas noticias y, por pedante que suene, me llama mucho la atención como fenómeno sociológico. Y es esa la razón principal por la que esta situación en particular me sorprendió tanto. Cuando algo relevante acontece en el “universo del deporte rey”, parece permear o alterar diversos ámbitos de la realidad, por lo que, viendo la reacción frustrada de tantísima gente en redes, tuve cierta sensación de que se tambaleaban o difuminaban ciertas convenciones colectivas; puestas en duda en una teoría de la conspiración masiva, aunque sólo fuese vivida por un colectivo en particular. Por alguna casualidad del destino, pero sobre todo gracias a “mi” algoritmo (ese tumor comparable a la mente extendida), recordé que este cuestionamiento colectivo de una realidad consumada por parte de un grupo endogámico ya había sucedido justo al principio de este año. Fue con un fenómeno masivo que nada tiene que ver con el fútbol: el streaming. Más concretamente, con la conclusión de la serie de televisión Stranger Things. Cuando los espectadores de esta ficción vieron el finale el 31 de diciembre de 2025, también acudieron en masa a las redes para hablar de aparentes pistas que sugerían que faltaba un capítulo de la serie y que saldría el 7 de enero de 2026. El desenlace les parecía tan simplón, conformista e inconsecuente con lo que se había presentado a lo largo de las cinco temporadas, que terminaron creando una teoría de las dimensiones de una fan fiction para explicarlo. Esta teoría se acabó conociendo como Conformity Gate.


Los vídeos y las publicaciones de los afectados (que también hicieron una recogida de firmas que alcanzó las cuatrocientas mil) hablaban sobre diversas conductas erráticas de los personajes a lo largo de los últimos capítulos, fallos de raccord rampantes, posturas y gestos que hacían pensar que el antagonista, Vecna, controlaba soterradamente la realidad en la que vivían los vencedores… Arguían que, en realidad, el final de la serie era una trampa para anticipar la verdadera conclusión en la que los protagonistas tendrían que enfrentarse al adversario definitivo. Tuvieron que pasar semanas sin que nada sucediera y diversas declaraciones de agentes implicados en la producción para que el público entendiera que no había otra conclusión. Que los creadores de la serie, los hermanos Duffer, habían escrito un final mediocre, extenuado e incongruente para la ficción por la que toda aquella gente se desvivía. Supongo que, en parte, se entiende cómo los dos hechos descritos hasta ahora se conectan: un colectivo endogámico por su apego a algo, se solidariza masivamente para crear una realidad paralela en la que ese algo que es el centro de su apego sigue teniendo las cualidades que le atribuía y por las que lo amaba1. Argentina es la selección de fútbol más entregada y talentosa del mundo, por lo tanto, se dejó ganar. Stranger Things es una serie nerdy y excéntrica que no puede cerrar con un conformismo y una sumisión al statu quo tan evidentes, por lo tanto, falta un capítulo.


Aunque esto pueda molestar aún más a algunos lectores, no sólo no soy un gran aficionado al fútbol, sino que tampoco he visto Stranger Things. Por ello, para comprender este fenómeno, tuve que informarme un tanto del lore (investigar, lo llaman algunos), tratando de conocer de primera mano la expectativa que los espectadores tenían de su conclusión. Algunos vídeos, como el que dejo más abajo, explican bastante bien los puntos de fuga hacia los que tendían los anhelos de los seguidores de la ficción. Pero, dentro de esos agujeros de gusano y por diversas razones, el que más me llamó la atención fue el que aventuraba que el enemigo final, Vecna, era en realidad el mediador, la marioneta o el esbirro de un adversario mayor: un personaje del juego Dungeons and Dragons llamado Tharizdun. En el contexto del juego de rol, este personaje es descrito como “una deidad de la ruina, la locura y la entropía” cuya “meta absoluta es destruir y consumir toda la creación”. A mí, por lo que sea, esa descripción de una deidad entrópica, cruel y destructiva me recuerda a Cronos. Sin embargo, continuando con el paralelismo planteado más arriba, lo que más me llamó la atención es el tren de pensamiento que comparten los fans de la serie y de la selección argentina, que consiste en pensar que, si algo no sale como esperaban, tiene que haber un malo más malo que el malo entre bambalinas, conspirando. Uno con un propósito más retorcido, más devastador y con mayor inquina que el adversario confrontado en lo real. Bajo esta perspectiva, Vecna no es otro que la Selección Española, mientras que Tharizdun es Infantino, la UEFA o la —en cualquier caso odiosa— Corona de Inglaterra.

Lo que estos análisis cargados de monomanía obvian, a mi parecer, es lo que el personaje de Tharizdun por el que tanto claman, trae consigo. Algo a lo que podemos llamar entropía inherente o directamente, bofetón de realidad. Argentina perdió la final y Stranger Things terminó de manera decepcionante por la misma razón: los jugadores de la albiceleste y los hermanos Duffer no daban más de sí. El apetito unificador y totalizador de los discursos y los proyectos de masas seduce a la gente con una aparente satisfacción perenne e inagotable (como el supuesto crecimiento infinito bajo el capitalismo) que no da cuenta de la condición limitada y frustrante del mundo material. La entropía no es un antagonista, es el requisito innegociable para que exista cualquier forma de satisfacción y euforia; hasta la más mínima. Bajo este punto de vista, se entiende mejor, por ejemplo, cómo los sueños húmedos posthumanos de un Peter Thiel & co no tienen nada que ver con el progreso de la raza humana, sino que son el canto de sirena con el que se emparanoia y se embota a la población haciéndole negar las limitaciones y necesidades de su existencia presente en pos de una ficción-rueda de hámster repleta de expectativas2. Y no es que Thiel, Musk y Bezos sean Cronos o Tharizdun —cosa que en verdad se puede discutir—, sino que el considerar que hay algo peor detrás de aquello que ya nos hace sentir mal (sea nuestra finitud, precariedad, un genocidio o incluso que pierda un equipo de fútbol), es un recurso excelente para confinar nuestra capacidad crítica en un marco infinito, cíclico y proyectado; impidiéndonos ver y abordar otras injusticias que están a nuestra mano.

Gianni Infantino urdiendo un plan para convertirse en el próximo Tharizdun o, en su defecto, en el próximo Luis Rubiales.

Entre las herramientas que nos han conducido a este arresto mental3 y que están a la orden del día, hay una que destaca por encima de todas: la Inteligencia Artificial. Parece algo inconexo mencionarla ahora, pero lo cierto es que, debido a una foto publicada por hermanos Duffer en la que se les veía con un chatbot abierto en su ordenador, se especuló con que habían escrito el final de su serie ayudados por una IA, lo que explicaría el pobre nivel de su conclusión. Bajo el paradigma del AI Slop4, se entiende mejor la sensación colectiva de que los personajes de Stranger Things no eran los personajes de siempre o los jugadores de Argentina no eran los jugadores de siempre, sino que eran de peor calidad a la que nos tenían habituados. Como si de una bajada de gráficos se tratara, esta degradación de lo auténtico o quiebra epistémica, enciende la paranoia colectiva en contextos en los que no debería hacerlo (un evento deportivo, una serie que fracasa) mientras infecta y destituye de forma subrepticia otros ámbitos en los que ya no podemos distinguir su influjo.


Un ejemplo más sencillo de cómo una realidad menos colectiva y más terrenal se está viendo afectada por ese slop es, por dar otro salto, el último disco de Steve Lacy, Oh Yeah? (RCA Records, 2026). En el mediocre nuevo trabajo del exmiembro de The Internet podemos percibir cómo el artista estadounidense registra varios elementos y recursos propios de Frank Ocean, pero lo hace como si fuese una máquina a la que le han dado un prompt muy pobre, carente de información y profundamente limitado. Como un virus informacional o biológico, el slop se apodera ya del modo en el que concebimos la influencia (que tiemble Harold Bloom), la actividad individual, la interacción con otres… Y hay que estar pendientes para diferenciar cuándo ese contagio digital trasciende la pantalla hasta alterar el modo de comportarse de un artista o un conocido y cuándo el espejismo colectivo de ese slop es en realidad una manifestación de la entropía inherente a la actividad humana y cultural. En este sentido, la conformidad de unos personajes de ficción estadounidenses que quieren llevar una vida vulgar o la incapacidad de unos futbolistas extenuados tras un campeonato agotador no parecen fruto de una simulación mediocre de la realidad. Son la lacerante constatación de que la realidad sigue ahí, tan decepcionante como siempre y deberían funcionar como alarma para despertar a unos agentes durmientes a los que se les está inoculando un virus, el del slop o el desperdicio de su propia energía, hasta que no puedan reconocer qué luchas merece la pena sostener.

Parafraseando a Alex Turner y su “I just wanted to be one of the Strokes”, Steve sólo quería ser Frank.

Por concluir en un tono clásico, hablando de virus, invasiones y control, merece la pena traer a colación una película de ciencia ficción, Serie B y profundamente propagandística en la que resuenan todas estas inquietudes: La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel. En la cinta original, de 1956, los habitantes de un pueblo son reemplazados por clones carentes de voluntad propia, de emociones y que obedecen a una causa extraterrestre. Los conocidos y familiares de los ya suplidos, afirman sobre ellos: “mi madre no es mi madre” o “mi hijo no es mi hijo”, sembrando una paranoia colectiva que, en el caso de la ficción, está justificada. Si “Leo Messi no es Leo Messi” o “Millie Bobby Brown no es Millie Bobby Brown” esto se debe, tal vez, a que nunca fueron ellos mismos; al menos del modo en el que pensábamos que lo eran en nuestras mentes efímeramente interconectadas. Esa ficción sostenida en el tiempo, que se había convertido en verdad grupiversal5 hasta que se demostró lo contrario, provoca, naturalmente una frustración y una sensación de irrealidad y paranoia profundas. Pero: ¿Y si mientras pensamos que aquello que veíamos a través de pantallas ha sido degradado, son nuestro mundo, nuestras experiencias cotidianas y nuestras relaciones interpersonales las que están siendo reducidas a un desperdicio que ya no podemos distinguir de lo que un día fue nuestra vida? Tal vez la suspicacia individual, como modus vivendi aplicado a aquello que estamos sintiendo y padeciendo día a día, sea mayor motor de cambio que la paranoia colectiva.




1 En Política del malestar: Por qué no deseamos alternativas al presente (Debate, 2024), Alicia Valdés habla sobre nuestra forma de relacionarnos con las celebridades a través de la figura de la Hipnosis. El trance grupal del fenómeno fan genera un contexto predispuesto para una alucinación colectiva que desemboca, consecuentemente, en un reencantamiento perverso del mundo (en este caso del mundo ficcional particular de esos colectivos). Esta realidad paralela, basada en unos mitos casi Barthesianos y una sensación de participación de muy corto recorrido resulta difícilmente quebrantable a pesar de las pruebas que se acumulen en el ámbito de lo real y fáctico.

2 Este ejercicio de disuasión colectiva es el anverso de la moneda de la religión como propaganda. Si el tecno-humanismo nos hace imaginar que nunca moriremos, mientras nos cuidamos como Brian Johnson hasta alcanzar la singularidad medicinal, las religiones del estado bloquearon y bloquean las inquietudes e iniciativas sociales del presente prometiéndonos la vida eterna después de la vida. Aquello que anhelamos o contra lo que nos revolvemos siempre está un poquito más allá, un pelín más oculto; un tanto alejado. Lo suficiente para que nuestra protección se abstraiga en algo que no es aquí y ahora.

3 Que podemos llamar, con Sandra Mora, “Disfunción ejecutiva colectiva”.

4 Recogemos la definición que aparece en Wikipedia: “El slop (palabra en inglés para denominar al desperdicio alimenticio), también conocido como AI slop, se refiere al contenido digital considerado de baja calidad que ha sido creado mediante tecnología de inteligencia artificial generativa”. Oponer el AI Slop a la Plusvalía de Marx y Engels podría ser un ejercicio muy interesante que aquí no pensamos realizar.

5 Véase el neologismo que acabo de invocar, juntando grupis o grupos de seguidores de algo con el universalismo.

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