Música

La pasión de los extraños (Marina Garcés)

Aprender a soltar es, quizás, la mayor prueba de madurez emocional.

26 de marzo 2026


¿Por qué sabemos romper un corazón, pero se nos complica decir adiós a un amigo? ¿A qué suena el silencio que queda cuando un amigo deja de serlo? Hablamos del desamor con una fluidez obscena; nos desgarramos en rupturas de pareja entre karaokes, gin-tonics o manuales de autoayuda. Tenemos un ejército de amigos dispuestos a escuchar el mismo drama diez veces, pero cuando es el vínculo con uno de ellos el que se rompe… uf, eso es distinto. Ahí nos quedamos en silencio. Y no es un silencio vacío, como el de una habitación deshabitada; es un silencio denso, cargado de frecuencias que ya no sabemos sintonizar. Es el silencio de la Novena Sinfonía de Gustav Mahler. Si Marina Garcés clava un puñal en la mesa con La pasión de los extraños, Mahler lo hizo un siglo antes con una batuta, escribiendo una obra que no es solo una despedida de la vida, sino la autopsia definitiva de los vínculos humanos. Mahler, el "eterno extraño" —judío entre cristianos, bohemio entre austriacos, compositor entre directores—, entendió mejor que nadie lo que Garcés nos propone hoy: que solo desde la extrañeza más profunda se puede amar de verdad, y que solo aceptando el final de la melodía se puede honrar lo que fue el encuentro.

Hablar de la muerte de una amistad es, habitualmente, un ejercicio de mutismo. Nos faltan las palabras porque nos han educado en la armonía perfecta de Aristóteles, en esa philia que se supone que es un unísono eterno. Pero la vida no es un unísono; la vida es una polifonía dodecafónica, llena de disonancias y de voces que entran y salen de escena sin previo aviso. Es escuchar a Stravinsky y no saber por dónde te va a venir la siguiente ostia. Y lo aceptas. Sabes que la vida es eso. Sin embargo, Mahler, en el cuarto movimiento de su Novena, escribe un Adagio que empieza con una cuerda vibrante, un grito de amor que busca desesperadamente aferrarse a algo. Es el sonido de esa amistad inicial, esa "pasión de los extraños" que Garcés describe como una fuerza eléctrica que nos vincula a través de un mundo común. Dos personas que no se conocían de nada, dos extraños, deciden de repente que van a compartir un incendio. No porque sean iguales —la identidad es el cementerio de la curiosidad—, sino porque están "juntos en esto". 

Mahler, como Garcés, sabe que el "para siempre" es una estafa comercial. De estas que aparecen en tacitas. Por eso, su sinfonía no avanza hacia un clímax heroico, sino hacia una disolución lenta. Y aquí es donde la música ilumina la filosofía: las amistades no se rompen, se desvanecen. Garcés habla del "lento e inexplicable desvanecimiento" de los vínculos en el siglo XXI, y en la partitura de Mahler eso se traduce en una indicación técnica aterradora (no por el alemán, sino por su significado): ersterbend (muriendo, extinguiéndose). La amistad muere cuando dejamos de ser extraños apasionados para convertirnos en conocidos predecibles. En la música, si una nota se repite infinitamente sin variar su intensidad o su color, deja de ser música para convertirse en ruido de fondo. Lo mismo ocurre con el afecto: cuando la extrañeza se convierte en costumbre, cuando creemos que ya sabemos todo lo que el otro tiene que decir, la relación entra en un estado de asfixia. Mahler combate esto con modulaciones constantes, con giros armónicos que te obligan a estar alerta; Garcés lo hace recordándonos que el otro siempre guarda un núcleo de oscuridad inaccesible. Si intentas iluminar ese núcleo con la luz fluorescente de la rutina, el misterio muere. Y sin misterio, no hay pasión.

Hay un momento en el Adagio de Mahler donde la textura se vuelve tan fina que parece que la música va a romperse. Es el "umbral" del que habla Garcés. Ella define la amistad no como una fortaleza de muros infranqueables, sino como una zona de paso, porosa y cambiante. Un amigo es un umbral hacia otro mundo. Pero, ¿qué pasa cuando ese umbral se cierra? ¿Qué ocurre cuando el "mundo común" que compartíamos se fractura? En la Novena de Mahler, los temas musicales que antes eran poderosos empiezan a fragmentarse. Ya no hay una gran melodía que lo abarque todo; solo quedan jirones, ecos de lo que fue. Esta es la segunda gran causa del fin de una amistad: el terremoto de las prioridades. Tú evolucionas hacia un movimiento armónico, hacia una pareja, un trabajo, un hobby en esos 30 minutos libres que tienes al día y tu amigo hacia otro totalmente disonante. No es que uno sea "malo" y el otro "bueno"; es que la tonalidad que compartíais ha dejado de existir. Intentar forzar la armonía en ese punto es como intentar tocar un acorde mayor sobre una base menor: el resultado no es belleza, es una violencia sutil que nos desgarra por dentro. Aceptar que el mundo común se ha roto es, como dice Garcés, un acto de honestidad liberadora, aunque duela como una nota que se queda suspendida en el aire sin resolución.

"Si fueras mi amigo, harías esto". Ese chantaje es el equivalente a querer obligar a la música a sonar siempre en fortissimo. La amistad real, la que respira, necesita opacidad. Necesitamos saber que el amigo es un extraño que decide quedarse un rato, pero que nunca nos pertenece. Cuando intentamos que sea exactamente lo que queremos que sea, destruimos el delicado ecosistema de la relación. La amistad muere por falta de aire, por el exceso de presencia, por la incapacidad de aceptar que el otro tiene derecho a ser alguien que ya no reconocemos.

En una cultura que nos empuja a acumular "amigos" como si fueran trofeos en una vitrina digital, la propuesta de Marina Garcés y la sinfonía de Mahler son actos de resistencia. Nos invitan a habitar la intemperie. La Novena de Mahler no termina con un aplauso atronador; sino con un hilo de sonido que se funde con el silencio de la sala. Y es en ese silencio donde el oyente, por fin, se encuentra consigo mismo. Garcés sugiere que perder un amigo es también una forma de redefinir nuestro propio contorno. Aprender a soltar es, quizás, la mayor prueba de madurez emocional. El último acto de rebeldía que nos queda. Marina Garcés nos ofrece el lenguaje filosófico para entender que el adiós no es un fracaso, sino una parte necesaria del viaje a través de los umbrales de la vida. Mahler nos ofrece el lenguaje sonoro para sentir que ese adiós puede ser hermoso. Hay una elegancia profunda en saber reconocer el momento exacto en que la melodía debe cesar. No hay que pedir perdón por el final de una amistad, como no se pide perdón porque una sinfonía termine después de ochenta minutos de belleza y conflicto. 

Aceptar que somos, en última instancia, extraños apasionados por un mundo compartido, nos permite querer con una libertad que la mayoría de la gente nunca experimenta. Nos permite disfrutar de la presencia del amigo mientras dura la música, sin la ansiedad de poseer el futuro. Y cuando la cuerda de Mahler deja de vibrar, cuando el texto de Garcés llega a su última palabra, nos queda la gratitud. La gratitud de haber compartido el incendio con otro extraño, de haber transitado juntos un umbral que ahora queda atrás. El fin de una amistad no es una herida que no cicatriza; es la cicatriz misma que nos recuerda que estuvimos vivos, que fuimos capaces de afectar y ser afectados. Porque, al final, la verdadera pasión de los extraños no consiste en prometerse una eternidad de cartón piedra, sino en tener la valentía de mirarse a los ojos y reconocer, con una paz que sobrepasa todo entendimiento, que el momento del silencio ha llegado. Y que ese silencio, lejos de ser un vacío, es el testimonio más fiel de que la música, mientras duró, fue absoluta.


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