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Llámale familia a lo que te dé la gana
Estaba yo el otro día en el campus de verano de mi club de fútbol rodeado de niños cuando uno de ellos, respondiendo a una corrección que le había hecho, me contestó acabando la frase con una coletilla que no vi venir: BRO
6 de agosto 2024
Estaba yo el otro día en el campus de verano de mi club de fútbol rodeado de niños cuando uno de ellos, respondiendo a una corrección que le había hecho, me contestó acabando la frase con una coletilla que no vi venir: BRO
Estaba yo el otro día en el campus de verano de mi club de fútbol rodeado de niños cuando uno de ellos, respondiendo a una corrección que le había hecho, me contestó acabando la frase con una coletilla que no vi venir: BRO.
Pasados mis 30, me apunto a estos campamentos estivales aun sabiendo que me va a tocar hacer de monitor, entrenador, profesor, padre, amigo e incluso bombero, que no son pocos los fuegos a apagar cuando decenas de preadolescentes se juntan en torno a un balón.
Lo que nunca pensé es que podría tocarme hacer de BRO. Y no lo hice. Le dije al chaval que no me volviera a llamar así, que yo no soy su BRO, sino una figura con cierta autoridad sobre él. Lo entendió, lo aplicó, fuimos felices.
Llevaba varias semanas rumiando sobre la ligereza con la que usamos el término familia en todos nuestros círculos y este pequeño evento fue el detonante que me llevó a escribir el texto que estás leyendo.
Me asomo a Instagram y eso está hasta arriba de grupos de amigos que titulan sus fotos con “La familia que uno elige”, “En familia” o incluso algunos valientes que, siendo de Tudela y no habiendo salido de allí, se atreven con un “Family”.
Por no hablar de que todos -absolutamente todos- los equipos de fútbol dicen ser una gran familia, osada afirmación teniendo en cuenta que cada mes de julio hay diez bajas y otras tantas altas.
Hay incluso algún que otro jefe -o peor aún, algún empleado- que va por ahí diciendo que su empresa es una familia; una familia cuyos lazos se cimentan en un contrato, un salario y una jornada laboral. ¡Qué bárbaro!
Decía Álvaro Gálvez Medina que todos somos un contexto. Pues bien, la familia es el contexto universal. Todos nacemos con una serie de vínculos impuestos que podemos cuidar más o menos. De hecho, romperlos es igual de válido que convertirlos en relaciones sanas, pero todos nacemos en familia.
Sumémosle a esto que somos animales gregarios. Necesitamos al grupo y asumimos un rol que satisfaga a amigos, equipo de fútbol y jefe y que nos convierta en imprescindibles dentro de estas estructuras. Por mucho que la posmodernidad y el neoliberalismo nos conviertan en narcisos individualistas, está en nuestra naturaleza unirnos para sobrevivir y por eso nos empeñamos en ver una familia donde muchas veces no la hay.
Así que sigue llamándole familia a lo que te dé la gana y llámame BRO cuantas veces quieras, porque lo contrario es vivir en el desamparo y eso no suena nada agradable.
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