Moretti y lo que hemos llegado a ser
El director no se reivindica a sí mismo sino como una pequeña parte de la gran cultura progresista del siglo XX
31 de marzo 2026
Por Juan Rocchi
31 de marzo 2026El director no se reivindica a sí mismo sino como una pequeña parte de la gran cultura progresista del siglo XX
Me invitan a escribir sobre cine en una revista de España. Okey. Y yo, que en España no estuve más que unos días y no tengo mucha idea sobre el cine, digo que sí. Pienso que quizás puedo presentar algo argentino, dar mi parte como corresponsal. Si de última, de las pocas películas que miro algunas son argentinas. Ahí pienso también que los españoles ya algo intuirán de lo que significa España para unx argentinx, y tendrán sus propios juicios acerca de qué somos nosotrxs. De ser así, ya sabrán que hablar de lo propio a un español puede sentirse de mínima extraño. ¿Qué escribo, y para qué? ¿Por qué interesaría?
Pienso en la experiencia común a la que me remite España: un lugar del que una porción importante de la población argentina llegó hace más de cien años con más pena que gloria, y al que muchos volvieron, o fueron a probar suerte, con similares necesidades. Puede ser una versión no solo simplista sino un poco penosa de nosotrxs mismxs, porque al final siempre somos los fracasados que tenemos que rajar. Nos fuimos hambreados por la guerra, llegamos a la tierra prometida americana, la arruinamos en tiempo record y ahora volvemos a mirar adónde nos reciben con sueldos dignos. Es cierto, en el medio metimos un par de escritores y deportistas, la gloria individual argentina.
También se puede mirar la deserción en su mejor luz. En algún punto, el joven precarizado argentino no se va tanto a España (o a ningún otro lugar) por extrema necesidad. Obviamente, que hay casos, los hay. Pero lo más frecuente en la actualidad es irse a buscar otra vida, un mejor pasar, en un sentido un poco aventurero y no tan burgués. Como si uno estuviera siempre negociando entre lo que tiene acá –sus amigos, su familia, su pertenencia cultural– con lo que podría haber allá (sea el destino que sea): más tiempo libre, menos arraigo y un mundo abierto.
Cada vez que pienso en la posibilidad de irme, o en cómo voy a extrañar a los que lo hagan, pienso en Nanni Moretti. Cuando escribí la frase anterior por primera vez, anoté también “pienso inmediatamente en N.M.”, pero sería falso. Para llegar de la migración y el desarraigo a Nanni Moretti hacen falta algunas mediaciones. Primero, se habrán dado cuenta, porque las películas del italiano suceden siempre en su tierra natal, no hay prácticamente viajes. Los desplazamientos –a menos que sean un paseíto en moto– son impensables, traumáticos; todo tiende a ser un gran canto a la Roma natal. Segundo, porque las películas de Nanni Moretti no tienen nada del arrojo, del deseo de aventura necesario para irse de casa. Más bien la cuestión es el que vuelve, como el cura que vuelve al pueblo en La messa è finita, y no el que fantasea con irse. De hecho, es difícil imaginar un estereotipo menos aventurero que el de los italianos, de quienes se dijo durante la pandemia que los había afectado más gravemente porque solían vivir cuatro generaciones en la misma casa y no querían separarse.
Pero ¡Ojo! Sí hubo unos italianos aventureros. ¡Los nuestros! Me permito ser autobiográfico: mi abuelo llegó a Argentina siendo menor de edad, con dos amigos de su pueblo, dejando allá a toda su familia. Después vinieron sus dos hermanos, uno de los cuales se fue un día también de Buenos Aires para perderse por los campos del sur. Aun cuando a su corta edad mandaba religiosamente giros bancarios a su Ruviano natal, los primos con quienes se crió y que quedaron allá nunca perdonaron al primer desertor. No podían entender que los italianos que partieron, esa otra mitad de la mayoría migratoria argentina del siglo XX, no sólo eran muy pobres; también esperaban algo más de la vida.
¿Y Moretti? Bueno, Moretti es el otro lado de la familia. Son los que se quedaron y extrañan algo que no conocen, hijos de los que no perdonan. O eso me imagino yo, y por eso lo siento tan cercano. Podría ser el primo de mi papá, que cuando mejoró la situación económica y a costa del sacrificio de su propio padre, pudo estudiar y convertirse en un profesional exitoso. Se podría proponer una historia espejada de la clase media argentina e italiana/española, y seguir extendiendo la pasión argentina de pensarnos excepcionales, aun cuando a esta altura este rasgo esté dado sobre todo por nuestros problemas inexplicablemente únicos.
Fíjense, por ejemplo, en la moral pública. Nanni Moretti, como miembro de un socialismo náufrago, reclama moralidad. ¿En nombre de quién? De la clase media, o del progresismo cuya identidad, si no es su consumo, es su profesión. Así, en Tre piani interpreta él mismo a un juez cuyo hijo atropella y mata a una mujer volviendo borracho a casa. Moretti es a la vez juez y padre destrozado, y como resultado aparece la dignidad del ciudadano común que se niega a usar sus contactos o influencias para reducir la inevitable condena. Puede fácilmente compararse con ese corto que integra Relatos salvajes, de Damián Szifron, en que a partir de la misma situación (joven borracho que atropella y mata a una mujer en la noche), el padre decide encubrirlo incriminando a un empleado a cambio de una gran suma de dinero. Tre piani se toma el trabajo, digamos, de hacer la moralidad posible. En sus películas el mundo puede estar pudriéndose, lo que predomina puede ser la corrupción, pero el ciudadano de a pie conserva su dignidad.
Algo similar sucede en Il sol dell'avvenire, donde Moretti encarna a un director de cine mayor cuyo matrimonio se está derrumbando. Su esposa, que fue la productora de todas sus películas, empieza a tomar otros trabajos. Entre ellos, produce el proyecto de un director joven que hace cine de acción. La película que filman es violenta y superficial. Moretti pasa por el set para acompañar a su mujer (se están separando pero todavía se aman) y se indigna al ver un uso tan banal de la violencia. Ve de frente la decadencia del cine y no puede aceptarla. Interrumpe la grabación con sus explicaciones y citas cinéfilas, al punto de que todos se queden dormidos en el set al borde de no poder filmar la escena final.
Tanto haciendo de juez como de director de cine, Moretti se pone como autoridad. Pero en ambos casos (y estos solo son algunos ejemplos de algo más general) se trata de un poder producto de la dignidad y no de la rosca o la herencia. Esto se retrata con humor en una escena en que el personaje de Moretti visita las oficinas de Netflix. El rodaje de la película que está filmando está por fracasar por falta de financiamiento, y en esa entrevista con la superproductora hay una oportunidad de terminarla. Los directivos le empiezan a plantear requisitos formales para la película –a cuántos minutos tiene que haber un clímax, un plottwist, un cliffhanger o no sé qué otras cosas–, pero estos son directamente incomprensibles para él. Se va desvariando, más indignado por el insulto al cine que por no haber conseguido el presupuesto.
Comparemos esto, por ejemplo, con Puan, la película de 2023 en la que fallece un reconocido profesor titular de Filosofía Política de la Universidad de Buenos Aires, y otros dos profesores se disputan su lugar en la cátedra. El primero, interpretado por Marcelo Subiotto, cree merecer el puesto por haber sido el más fiel discípulo, el que continúa su legado; el segundo, por Leonardo Sbaraglia, es un canchero que vuelve con el mérito de haber hecho carrera en Europa (sí, así de grande es el traumita de la periferia en la clase media porteña). En ambos casos, la pretensión de ocupar el cargo tiene que ver con un merecimiento, algo que les deben; en ningún momento aparece, ni siquiera como interpelación a los protagonistas, la perspectiva de ser buenos docentes o hacer algo relevante en su trabajo.
Ahora bien, el hecho de que Moretti se ponga a sí mismo como una autoridad tan digna podría ser megalómano hasta la irritación; si no lo es, es porque no está hablando (solamente) de él. Toda su autovaloración, a veces exagerada al extremo, tiene dos lados, y acá está el gran gesto de Moretti que vuelve a todos sus personajes tan queribles y honestos:1 el director no se reivindica a sí mismo sino como una pequeña parte de la gran cultura progresista del siglo XX. La película que se filma al interior de Il sol dell'avvenire es una oda al Partido Comunista Italiano, pero lo que se retrata realmente es al equipo trabajando en ella, y al personaje de Moretti dirigiendo. Las discusiones y los obstáculos surgen de todas partes, desde los protagonistas estrella que quieren tomar decisiones “creativas” hasta de cuatro elefantes que el director quiere hacer traer, pero como dos son franceses y dos alemanes no consiguen llevarse bien.
Una de las escenas más conmovedoras sucede en un momento ya de hastío, cuando tras discutir con una actriz Moretti ve (o recuerda) a una pareja con sus dos hijos que empiezan a bailar al ritmo de Voglio vederti danzare. Él sonríe, empieza a imitar la “coreografía” (unos giros lentos con los brazos extendidos, como imitando un avión, apto para niños y adultos) y rápidamente el set entero está bailando.
El baile llega en un momento de repunte tras el (aparentemente inevitable) declive de la película: Moretti mostraba signos de senilidad, la unidad con su familia se disolvía, el presupuesto no aparecía. Con la propuesta de unas productoras coreanas que deciden invertir en su proyecto, la película no sólo puede ser llevada a término sino que cambia radicalmente. El destino del protagonista de la ficción, un dirigente del PCI que iba a suicidarse en la última escena, cambia a último momento. Moretti les recuerda a todos “acordate de lo que dijo Calvino: Pavese se suicidó para que todos los demás aprendamos a vivir”. Después de eso, cambia de opinión y decide que ese no puede ser el final. En un almuerzo con el resto del equipo, anuncia el cambio y todos empiezan a hablar entusiasmados, uno encima del otro, de cómo se les ocurre que podría hacerse. El final feliz incluye una marcha que mezcla ambos grados de la ficción: tomadas sus caras en primer plano, caminan hacia adelante los actores de la película ficticia, otros personajes de la película e incluso actores y actrices que trabajaron con Moretti en ocasiones anteriores.
Volviendo a la idea original de que Moretti no se representa a sí mismo, sino a un progresismo muchas veces denostado por bienpensante e idealista, este final es la muestra más explícita de su posición. Por un lado es un gran amor hacia su mundo, el siglo XX que demoradamente se va desintegrando sin dejar en claro que viene atrás. Por otro, es la convicción de que lo bueno de ese mundo con sus esperanzas, sus obras y sus pasiones, fue todo producto de la comunidad, el esfuerzo y la honestidad de gente de a pie, y no de un mundo más benevolente. En ese punto, la nostalgia es perdonada como una característica personal, pero la conclusión es esperanzada: que todo lo valioso “ha llegado a ser” y queda en los que venimos seguir construyendo con cuidado de esa dignidad.
No sé, entonces, si nada de esto resonará con unx lectorx de España. No sé si ese otro lado del charco es relevante para todxs, aunque quizás sí para algunxs. Lo cierto es que cada vez que hablo con mis Morettis, mis italianos que se quedaron y nos extrañan casi sin conocernos, la conclusión es la misma: al final, no somos tan distintos.
1 Escribí hace un tiempo en mi blog, como reflexiones preliminares a esto, sobre la honestidad de Nanni Moretti
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