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Sergio Ramos
Te perdono, Sergio Ramos, te perdono todo. Que le escribas una canción a la Cibeles como le escribo yo los whatsapps a mi ex cuando estoy borracho.
4 de septiembre 2025
Te perdono, Sergio Ramos, te perdono todo. Que le escribas una canción a la Cibeles como le escribo yo los whatsapps a mi ex cuando estoy borracho.
Una pancarta en La Bombonera el día del regreso de Maradona a Boca. “No me importa lo que hagas con tu vida, me importa lo que hiciste con la mía”. Los argentinos y su talento innato para el eslogan.
Estos días, conocedores de mi militancia en el credo madridista, varios cercanos me han preguntado por mis impresiones sobre la canción de Sergio Ramos, “Cibeles”. No se trataba tanto de un interés real en mi opinión sino de una trampa. Una humillación. No me ha quedado más remedio que articular respuestas vagas, ambiguas, como de persona instalada en la corrección política y con el neocórtex prefrontal dañado. “No sabría que decirte…”, o bien “el personaje es así…”, incluso el infame “hasta que no tenga más datos no puedo formarme una opinión sólida”, que es lo que se contesta cuando no tienes ninguna gana de darle el gusto a tu interlocutor, o lo que es lo mismo, la razón. ¿Qué piensas de la canción de Sergio Ramos? Pues mira, no lo sé, pero desde luego lo que sí sé es lo que piensas tú.
Yo también tengo ojos, a ver qué os creéis, y los tengo en la cara. No soy como el monstruo de El laberinto del fauno que se los encaja en la palma de las manos cuando los niños tienen hambre. Y con estos ojitos tristes observo lo mismo que vosotros observáis. Pero no veo culpa ni pecado en él, ya me perdonaréis. No será por tentación, claro está. Yo, como vosotros, he tenido ganas de llamarle hortera, imbécil, niñato. Pero os confieso una cosa. No puedo. No me sale. Soy incapaz. Me declaro incapacitado para juzgarlo como al resto de mortales.
Ante todo, antes que un adulto de incólume código ético, soy un ser humano, con mis afectos y mis pasiones que condicionan, y bien condicionados están, mis juicios de valor, mi percepción maniquea del bien y el mal. Y con él siento una especie de deuda, deuda absurda porque ni siquiera me conoce. El tipo me dio, viva la frivolidad, los mejores y más salvajes años de mi juventud. Y contra eso no hay delito ni crimen ni castigo que pueda competir. El tipo metió el gol de mi vida. El gol de nuestras vidas. ¿Se puede odiar a alguien que te hizo tan feliz?
El tipo es sólo un futbolista, y yo a un futbolista no le pido ni luces ni ejemplaridad. Tampoco soy tan ingenuo como para pensar que los deportistas no tienen una cierta responsabilidad civil, que su ascendencia social no se limita a su actividad deportiva, pero si de algo estoy seguro, si una cosa tengo clara en esta vida es que que cuando tenga hijos no escogeré a Sergio Ramos ni a ningún otro atleta como manual de buen uso y buenas costumbres, que no cargaré en los hombros de los ídolos el peso de la responsabilidad egoísta e invisible de ser los modelos de conducta de mi progenie.
Te perdono, Sergio, te perdono todo. Las extravagancias, las ocurrencias. Que le escribas una canción a la Cibeles como le escribo yo los whatsapps a mi ex cuando estoy borracho. Soy incapaz de odiarte. No te quiero como ejemplo de nada. Lo que hagas con tu vida me es completamente indiferente. A mí me importa lo que hiciste con la mía, que fue mucho, muchísimo, mucho más de lo que yo te vaya a poder dar jamás y que, disculpa por tan ridícula oferta, sólo puedo devolverte con mi cariño perpetuo.
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