Lo malo de ver un partido en Anfield desde la grada visitante es que los pitos te impiden saborear el You’ll never walk alone. Lo bueno es todo lo demás. Burnley, apenas a 65 kilómetros de Liverpool, es un municipio del condado de Lancashire que no supera los 80.000 habitantes. Su equipo, el modesto Burnley Football Club, recién ascendido, penúltimo en la clasificación y prácticamente desahuciado (a ocho puntos de la salvación), jugó el pasado sábado en el mitológico estadio red. Lo hizo, como es costumbre en el fútbol británico, acompañado de una heterogénea masa compuesta por fieles de todo pelaje hermanados en el mismo sentimiento orgulloso e identitario. A los 3.000 aficionados ingleses se les adhirió un grupo de españolitos simulando ser aficionados de un equipo del que no sabían nada, coyuntura inmejorable a mi parecer para desvirgarse en semejante catedral.
La peregrinación hacia el templo vertebra toda la actividad matutina del sábado. Al disputarse el encuentro en un horario prudencial (15:00 horas), no hay más alternativa lúdica que esta. El partido es el plan. English breakfast para darle al estómago algo de argamasa antes de la primera cerveza y rumbo a Anfield Road. El día acompaña y un sol de justicia (británica, pero justicia al fin y al cabo) nos hace más amenas las vistas de la ciudad desde Everton Park. Tiene su puntito Liverpool. Claro que habría que verla gris y lluviosa. El sol, ya sabemos, tiene un efecto sanador en el corazón de los hombres y embellece toda percepción sensorial.
El letrero de un domicilio nos advierte al acercarnos al estadio: All ball games prohibited. La vida tiene estos sinsentidos a veces. Prohibida la pelota, a los chavales sólo les queda drogarse. Algunos de ellos canalizan sus pasiones a través, creo yo, de causas más dignas, como lo es el grafiti. Los aledaños de Anfield están plagados de murales en las casas adyacentes al estadio con retratos hiperrealistas e hipergigantes del santoral red. Leyendas pasadas, ídolos caídos, mitos vivientes, incluso desertores homenajeados antes de serlo* decoran el paisaje.

Faltan dos horas para que empiece el partido y los locales centran su atención en el derby de la odiada ciudad rival. El United - City se retransmite en pantalla gigante en el Hotel Anfield, una especie de fan zone presidida por una pancarta enorme de Bill Shankly loando las bondades del socialismo** y la cual, vivan los milagros, cuenta con barril de Mahou. Entre tanta Stella Artois, Guinness, Madrí, Carling, Budweiser, IPAs de mala muerte y toda la patulea que cabe en ese Babel cervecero que es Liverpool, uno agradece un logo conocido. Salimos de allí de aquella manera, en la antesala del pedo, y ahora ya sí que Anfield parece lo que imaginábamos. Vuelvo a ser víctima una y mil veces de la necesidad del futbolero de girarse cuando pasa un tío con una camiseta de fútbol retro para descubrir qué dorsal lleva. Acabamos tomando la última en The Albert, pub con solera scouser y museo de la mitología red. Moqueta roja empapada por décadas de cerveza, vomitonas y orines derramados, una tele poniendo goles de Ian Rush del año de la polca y otra más allá emitiendo un Liverpool - Derby County de tiempos de Rafa Benítez. En el techo no hay hueco para una bufanda más. Rápidamente identifico una del Madrid, que los cachondos han colocado al lado de otra del Barça. Junto a ellas más bufandas de todos los equipos que uno pueda imaginar. Qué coño hará una del Barakaldo en un sitio como este.
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Apuramos la cerveza y los pises y abandonamos el Albert, que queremos entrar al estadio con tiempo. Lo hacemos camuflados en medio de nuestros futuros mejores amigos de Burnley. Lo bueno de las gradas visitantes en Inglaterra, lo sabe cualquiera que vea Premier, es que no se ubican en lo alto del gallinero, sino que lo hacen justo detrás de una portería. Tienen esa deferencia con el público de fuera. Nuestras localidades, en la fila 26, nos dan una perspectiva del campo inmejorable: evitamos el agobio de las primeras filas —demasiado pegadas al césped, sobre todo para ver el área contraria—, pero sin ninguna sensación de lejanía con respecto al terreno de juego. Se ve de puta madre, siendo menos técnico. Enseguida me llama la atención el brillo del verde del césped. Un rayito de sol se cuela por encima de The Kop, que la tenemos justo enfrente, y nos ilumina, señal premonitoria, instantes antes de que la megafonía tralle el himno más famoso del planeta. Ver atardecer en Anfield ligeramente borrachillos con la luz de los cuadros de Turner es una experiencia salvaje, no se nos irá nunca. Procuro evitar el stendhalazo y trato de centrarme en lo meramente futbolístico, que el balón ya ha empezado a rodar.

El Liverpool se vuelca hacia nuestra portería buscando el primer tanto. Frimpong y Kerkez, que es la versión estilizada de Fran García, percuten una y otra vez hacia línea de fondo, de nuestro fondo. Rápidamente intuyo una escena que me recuerda por qué amo este deporte y que disfrutaré varias veces a lo largo del partido. Es la siguiente. Le cae el balón en la frontal a Szoboszlai, o a Gravenberch, o al que sea. Y todo el estadio se desgañita en un shooooot desesperado, coral y perfecto. Al Liverpool le pitan un penaltito y Szoboszlai, que es el mejor del equipo, lo estrella en el larguero. Hay que estar ahí para paladear cómo suena el larguero ante tamaña hostia. Un buen larguerazo se disfruta más que el propio gol. Al filo del descanso, Ekitike hace la de Benzema en el Calderón, justo ahí, a unos metritos de nosotros, a la orilla del Merseyside. La jugada se embarra pero el balón le cae, don del oportunismo mediante, a Florian Wirtz. Derechazo a la escuadra, 1-0 y sensación de que hasta ahí llegaba el partido para el Burnley.
Es marcar el gol y, aún con el descuento por jugarse, el estadio empieza a vaciarse. En fin, los comepipas de Anfield, que en contra de lo que dice el tópico, también los hay. Se van antes porque tienen sed. En los campos ingleses sólo se puede beber cerveza en los vomitorios, no así en las gradas, con lo que los 60.000 nos apelotonamos en las entrañas del estadio en un sálvese quien pueda y tonto el último universal. Se comentan las jugadas polémicas. Se maldice por ese gol evitable. Los padres, en entrañable escena familiar, animan a sus hijos a insultar a los locales, que están muy creciditos. Qué cerveza de mierda es la Carlsberg.
Los baños son el otro centro neurálgico durante el entretiempo. Cerveza en mano me encuentro a la juventud de la ciudad de Burnley apelotonada en la entrada al servicio. No en el meódromo que nos hermana a todos porque todos tenemos lo mismo ahí entre las piernas, algunos más, otros menos, pero todos meamos con la misma en definitiva. Todos los chavalitos, decía, esperan religiosamente su turno para entrar en la cabina. Se meten de dos en dos, o de tres en tres, o los que quepan. No por el justificado pudor resultante de miccionar entre hombres y vistazos rápidos a las intimidades ajenas, sino para que no les veamos metiéndose cocaína. Muchachos de 14, 15, 16 años. Todos ellos con prendas de Stone Island.
Volvemos al fútbol para constatar un par de realidades que los más avezados siempre hemos sospechado: Armando Broja sigue siendo malísimo y Martin Dubravka es un portero de culto. Algo ha cambiado en el segundo tiempo. Florentino Luis se ha adueñado del partido. No le recordaba tan bueno en el Getafe. Le pasa algo similar al célebre tuitero Usuario Arroba. Nunca sabremos su potencial aquí, me dice. De repente se produce el milagro. El portugués se inventa una jugada donde no la hay y pone mano a mano a Edwards, que se la cruza con la zurda a Alisson para poner el empate. El puto Burnley. La grada estalla —nosotros también— con un yeaaaaah! más british que el fish and chips. Siempre me ha llamado la atención cómo los ingleses celebran los goles alargando la e y no la o como hace el resto del planeta. Más raros que un perro verde hasta para esto. Como si en España dijésemos sííííí en vez de goool cada vez que nuestro equipo marcase.
En Inglaterra el fútbol no se celebra con la afición propia sino contra la rival. Imbuidos en su mismo espíritu hooligan, nosotros también restregamos el empate a los aficionados del Liverpool de la tribuna de encima. Se dedican peinetas, simulan masturbarse, se les llena la boca de fucking wanker, shit, fucking y cualquier combinación que le encuentren a la palabra fuck. La leyenda cuenta que en la Guerra de los Cien Años los franceses, cuando capturaban a un arquero inglés, le cortaban índice y corazón de la mano para que no volviese a tensar un arco en su vida. Y si estos lograban huir victoriosos, desde la distancia, les mostraban ambos dedos, enseñando el dorso de la mano, haciendo la V, como diciendo aquí los tengo, jódete. Y ese es el motivo por el que, seiscientos años después, me veo, firme defensor como soy del allá donde fueres haz lo que vieres, dedicando uves a diestro y siniestro como si en vez de madrileño fuese del pueblo más asalvajado y medieval de Lancashire.
Los dedos han cambiado de objetivo pero no de intención, recordarle al contrario que todavía no nos ha vencido, que va a necesitar mucho más para pasarnos por encima. No es odio, solo folclore y arraigo. Entre tanto insulto y tanto gesto termina el partido y, ahora sí, los del Burnley, los del Liverpool y hasta los españolitos, volvemos al cívico mundo de los adultos. La función ha terminado, toca quitarse el disfraz de hooligans y volver a habitar en los seres educados que dejamos atrás al cruzar Everton Park. Pero antes nos da tiempo a regresar al Hotel Anfield y tomarnos, esta vez sí, la última Mahou del día.
*Cierto lateral derecho que prefirió la banda de Concha Espina a ser One club man en Anfield.
** “The socialism I believe in is everyone working for each other, everyone having a share of the rewards. It's the way I see football, the way I see life.”