Vinicius y el oprobio

Si bailar después de marcar un gol te parece suficiente motivo para llamar mono a un futbolista, amigo, siento ser yo quien te lo diga, eres una persona racista.

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Yo entiendo que caiga mal. Yo entiendo que a veces saque de quicio y que sus actitudes de estrella del fútbol mundial no sean las más ejemplares. El tipo al fin y al cabo no es más que un futbolista saturado de tantas virtudes como defectos. Yo entiendo que les joda que se vaya de seis, marque un golazo y sea decisivo una vez más. Que se bese ese escudo que tanto odio genera y, de postre, por si eso fuera poco agravio, se ponga a bailar en un córner. El muy atrevido. Yo también, en tanto que futbolero, tengo mis filias y mis fobias que me impiden discernir, en la medida de mis luces, los hechos con precisión aséptica despojada de toda mácula irracional. Lo que no puedo entender, y llevo varios años tratando de hacerlo, es la incoherencia en la sensibilidad ajena. La piel finísima, la susceptibilidad por bandera ante los gestos, los bailes, las muecas, toda esa sarta de chorradas que no son más que folclore balompédico y, al mismo tiempo, mientras se exageran las aflicciones, el mirar para otro lado, cuando no justificar directamente, el insulto racista. La vejación por ser negro. El puto mono porque sí. Justificar actitudes cavernícolas porque se lo merece, defender lo indefendible con el manido ya no se puede decir nada, ponerse dignísimo en pos de mi libertad de expresión. Y mientras uno se pone ese traje de don estupendo, convertir un baile en el córner en el paroxismo de la ofensa personal. El oprobio en la anécdota y la banalización en lo esencial. 

No hay mayor detector de racistas que Vinicius Jr. Para muchos el brasileño no es ya un futbolista, sino la legitimación de la xenofobia propia. Vinicius cae mal. Muy mal incluso. De acuerdo. A Vinicius se le puede censurar por no pocas actitudes dentro y fuera del césped. Irrebatible cuestión de la que participa hasta su propio estadio. Hacerlo atacando su color de piel, amparándose en supuestas provocaciones es, sencillamente, un acto execrable sólo concebible en las entretelas de personas manifiestamente racistas. Si bailar después de marcar un gol te parece suficiente motivo para llamar mono a un futbolista, amigo, siento ser yo quien te lo diga, eres una persona racista. Si aún no llamándole mono justificas a quien sí lo hace, porque el futbolista en cuestión se lo ha buscado, amigo, discúlpame otra vez, eres igualmente racista. 

Subyace en todo esto una falta de perspectiva alarmante. No calibrar la dimensión de los hechos en su plano correspondiente. El insulto racista y el baile procaz o hiriente o lo que la mente ultramontana del ofendido considere no forman parte de lo mismo, no están en la misma categoría de injuria. Como el lector de sustrato es adulto no es necesario recordar que hay ciertas situaciones en la vida que requieren de un comportamiento firme, sin vacilaciones. Llamar mono, puto mono, mono de mierda a un negro, creo que convendremos todos, supone una actitud reprobable. Del mismo modo que tolerarlo, justificarlo, hacer escorzos argumentales para otorgarle cierta conmiseración. Es un consenso universal primario de lo que está bien y lo que está mal. Esa pantalla ya la pasamos hace tiempo. La pantalla del Sí pero. Yo no soy machista, pero. Yo no soy racista, pero sacó la lengua. Le llamaron mono, pero es que bailó. Que no baile tanto. Bailar. Su pecado es bailar. Sacrílega ofensa en el credo de las sacrosantas aficiones puritanas. Falsos dilemas para esconder una realidad que no todos queremos asumir: el honor de nuestro equipo sigue estando por encima de los principios más elementales. Yo no soy racista, pero que no me toquen el escudo.

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Si bailar después de marcar un gol te parece suficiente motivo para llamar mono a un futbolista, amigo, siento ser yo quien te lo diga, eres una persona racista.
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No hay mayor detector de racistas que Vinicius Jr. Para muchos el brasileño no es ya un futbolista, sino la legitimación de la xenofobia propia. Vinicius cae mal. Muy mal incluso. De acuerdo. A Vinicius se le puede censurar por no pocas actitudes dentro y fuera del césped. Irrebatible cuestión de la que participa hasta su propio estadio. Hacerlo atacando su color de piel, amparándose en supuestas provocaciones es, sencillamente, un acto execrable sólo concebible en las entretelas de personas manifiestamente racistas. Si bailar después de marcar un gol te parece suficiente motivo para llamar mono a un futbolista, amigo, siento ser yo quien te lo diga, eres una persona racista. Si aún no llamándole mono justificas a quien sí lo hace, porque el futbolista en cuestión se lo ha buscado, amigo, discúlpame otra vez, eres igualmente racista. 

Subyace en todo esto una falta de perspectiva alarmante. No calibrar la dimensión de los hechos en su plano correspondiente. El insulto racista y el baile procaz o hiriente o lo que la mente ultramontana del ofendido considere no forman parte de lo mismo, no están en la misma categoría de injuria. Como el lector de sustrato es adulto no es necesario recordar que hay ciertas situaciones en la vida que requieren de un comportamiento firme, sin vacilaciones. Llamar mono, puto mono, mono de mierda a un negro, creo que convendremos todos, supone una actitud reprobable. Del mismo modo que tolerarlo, justificarlo, hacer escorzos argumentales para otorgarle cierta conmiseración. Es un consenso universal primario de lo que está bien y lo que está mal. Esa pantalla ya la pasamos hace tiempo. La pantalla del Sí pero. Yo no soy machista, pero. Yo no soy racista, pero sacó la lengua. Le llamaron mono, pero es que bailó. Que no baile tanto. Bailar. Su pecado es bailar. Sacrílega ofensa en el credo de las sacrosantas aficiones puritanas. Falsos dilemas para esconder una realidad que no todos queremos asumir: el honor de nuestro equipo sigue estando por encima de los principios más elementales. Yo no soy racista, pero que no me toquen el escudo.

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