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No quiero saberlo todo
¿Acaso no deberíamos simplemente disfrutar del juego?
3 de diciembre 2025
Últimamente meterme en instagram es sinónimo de aprender golfísticamente hablando -o lo que muchas veces entendemos por aprendizaje-. Intento comprender por qué la bola se me va a la derecha, creo identificar la caída de los greenes sacando el dedo índice a pasear y tengo una nueva palabra favorita: disociar. Algo así como un divorcio entre mis hombros y mis caderas para poder pegar la bola como los dioses. Se suma a “comprimir”, que por un momento pensé que era una cooperativa de impresoras, pero muy a mi pesar no. De modo que, con tanta teoría, cada vez que piso una cancha de prácticas mi cerebro implosiona con tanta teoría.
Termino de calentar y por fin me dirijo al tee del uno -para mí jugar es lo más divertido, pero entiendo que para mejorar también hay que pasar horas practicando-. No conozco a mis compañeros de partida, pero con un par de golpes en el primer hoyo consigo descifrar su hándicap. Todos rondamos cifras altas. La mía es 26,2, la de ellos no lo sé con exactitud. La cosa se empieza a ralentizar. Cada vez tardamos más en jugar los hoyos. Es más, los de atrás nos empiezan a pisar los talones. “Qué rápido han jugado estos el hoyo anterior, ¿no?” comenta uno de los jugadores de mi partida, y yo, que con los años me voy volviendo más tímido, me callo y pongo cara de poker.
La verdad es que creo que sí sé la respuesta. En una partida como la nuestra no es viable que haya tres personas con medidor láser, ¿no creen? Tipos que no pegan más de 150 metros con ningún palo buscan una exactitud en el campo que, de momento, es imposible conseguir. Ojalá quedase esto en anécdota, ajolá. Porque de los creadores del medidor ha llegado a nuestras vidas la app del móvil que, a través de GPS, te dice cuántos metros has hecho, te da tu posición exacta y, ya que estás con el móvil abierto, contestas con un sticker gracioso en el grupo de antiguos alumnos del colegio porque antes te había sido imposible.
Así que, damas y caballeros: Ahí van los tech golfers, todo equipados con sus medidores, tirando al aire un trocito de césped para leer el viento, buscando en las notas del móvil qué palo pegaron la última vez que jugaron ese par 3. Limpian la cara del wedge antes y después de pegar con un cacharro que echa espuma que han visto en amazon y abren la cara del palo dependiendo de si la bandera está larga o corta. Y digo yo, ¿acaso no deberíamos simplemente disfrutar del juego? Entender esas cuatro horas del sábado como una forma de conectar con la naturaleza y con nosotros mismos. Buscar sensaciones. Dejar de contar puntos stableford que no sirven para otra cosa que para frustrarnos en una partida con amigos.
La tecnología es información, hasta ahí estamos de acuerdo, pero nuestras abuelas cocinaban de miedo y no necesitaban saber a qué temperatura interior estaba el pollo. Bastaba con insertar un palo o un cuchillo, y si este salía limpio, ea, a comer. Es más sencillo de lo que creemos, ¿no? Hay quienes son esclavos de la exactitud y la tecnología. Yo, de momento, me conformo con no querer saberlo todo y continuar mi reinado como monarca del doble bogey.
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