Por qué me gusta mirar obras

Por
Pau Martí
24/2/2026

Un umarell no ve las obras de pasada, mientras camina con la cabeza en otro lado; llega con pasos pausados, se para junto a la zanja, se pone las manos tras la espalda y observa.

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·

Si usted tiene un algoritmo parecido al mío, es posible que haya visto esta publicación en sus redes sobre el artículo Umarell en la Wikipedia:

El diccionario Zingarelli define el término como «Persona jubilada que deambula, la mayoría de las veces con las manos a la espalda, por las obras de construcción, comprobando, haciendo preguntas, dando sugerencias o criticando las actividades que allí se desarrollan». @depthsofwikipedia en Instagram

En mi sector, desde el otro lado de la valla de obra, muchos ven a los umarells con cierta socarronería; como una molestia jocosa pero también entrañable. Yo creo que tenemos mucho que aprender de ellos.

Cuando era estudiante de Ingeniería Civil, asistí a una exposición en el Museo de Ciencias Naturales de València sobre los dibujos de neuronas de Ramón y Cajal. De entre todos los objetos mostrados, recuerdo que me marcó profundamente leer una carta que tenían expuesta, donde el Nobel exaltaba «la potencia vivificante y dinamogénea de las cosas vistas» al ponderar sobre el valor de las clases prácticas para los estudiantes de Medicina.

Probablemente esté recordándolo mal, ya que sólo apunté esa frase y nunca he conseguido encontrar nada sobre la carta en Internet, pero la verdad es que las palabras de esos dos sabios1 me volvían a la cabeza los pocos días en que el frenesí de exámenes y trabajos de la carrera se detenía para hacer visitas de obra.

Y es que cuando un tiempo después de leer la epístola mi vocación se enfrentaba a la dura realidad de mis notas, era pensar en lo visto aquellos días entre polvo y máquinas lo que me motivaba a sentarme a estudiar pese a todo; incluso a leer a Manterola y a Torroja en mi exiguo tiempo libre. Hablando con mis compañeros vi que no era el único: sentíamos la envidia al astrónomo que escribió Walt Whitman, y volver a los apuntes era nuestro silencioso mirar a las estrellas.2

Porque echar una mañana viendo cómo se construye un puente nos hacía pensar a nosotros, estudiantes profanos e ignorantes, que quizás un día podríamos ser parte de eso. Mirar obras nos daba esa potencia «vivificante y dinamogénea», nos inspiraba a seguir.

Ver saltos ajenos también es tomar carrerilla, escribí en un margen del cuaderno, ingenuo de mí. Luego suspendí, pero la semilla estaba sembrada. Sigo siendo un umarell.

Construcción de la pasarela peatonal sobre el Túria que tras la DANA pasó a ser llamada de la Solidaridad, una de las obras donde pudimos ser público. A la derecha, un minúsculo umarell viendo la misma obra desde otro puente. Elaboración propia

Tuve la suerte de estudiar en València durante cinco años de mi vida. En ese tiempo, el trayecto que realizaba cada mañana entre casa y la universidad se mantuvo por los mismos lugares, pero esos lugares cambiaron inevitablemente; las vallas de obra han sido lo único constante. Algunos cambios son positivos, como cuando le dieron una limpieza a las letras del tejado de la UV; otros duelen un poquito, como cuando sustituyeron los vetustos semáforos con su elegante sombrerito por los espantosos modelos planos que son ahora estándar en la ciudad; otros simplemente son la reparación de un reventón de agua y responden a las necesidades inmediatas.

Construir algo es ver cómo el cambio pierde su abstracción para materializarse. Así como cambiaba el espectáculo tras las vallas metálicas, yo también lo hacía como espectador: el umarell taciturno a la vuelta de un examen especialmente complicado no era el mismo que el enamorado que miraba con cara bobalicona una zanja para la fibra óptica. Quien fui recién llegado a la ciudad era alguien muy distinto a quien se marchó de ella, y la urbe en sí misma también evolucionó y ha seguido haciéndolo en mi ausencia; aunque sigo siendo yo mismo y València sigue siendo València, también seguimos ambos en obras.

Obras vistas volviendo a casa. Hubo algunas mejor ejecutadas que otras —pintaron los cebreados al revés al reasfaltar la calle—, pero también nosotros desacertamos. Elaboración propia

Ver obras ajenas me ha hecho inspirar e inspirarme, coger aliento y verme desde detrás de la valla unos instantes antes de volver al tajo; sea por inspiración, por esa «potencia vivificante y dinamogénea» o por simple envidia cochina. Bajar al lecho del río para ver un puente de cerca no garantizará que los que proyectes tú sean igual de buenos, pero todos los buenos puentes son de ingenieros que se mojaron los pies en su momento.3 Creo que las obras propias comienzan en vallas ajenas.

No obstante, los umarells no somos bichos raros. Las obras ante las que detenerse a mirar no tienen porqué implicar polvo y cemento: algunas se custodian en museos, otras se representan sobre escenarios, hay quien se para en bancos y terrazas, en estadios y miradores… En realidad, no hace falta ni ir a buscarlas, porque vivimos rodeados de ellas; sólo hay que quedarse quieto y contemplar.

Ser umarell también puede ser apreciar el pequeño gesto de un amigo, acompañar a la yaya anotando alguna de sus recetas o fijarse en la manera en la que el sol atraviesa la copa de un árbol.

Y es que un umarell no ve las obras de pasada, mientras camina con la cabeza en otro lado; llega con pasos pausados, se para junto a la zanja, se pone las manos tras la espalda y observa.

Pero, sobre todo, una vez ha tenido suficiente, recupera sus andares tranquilos y se marcha, rumiando para sí sobre lo que ha visto.

En nuestras obras, todos podemos ser albañiles mejores o peores. Basta con cambiar de lado, detenernos junto a la valla para coger algo de aliento y ponernos a construir.

---

1 Es broma.

2 Aunque para muchos su poema When I Heard the Learn’d Astronomer (1865, en Drum Taps) es un alegato romántico contra el cientificismo, siempre lo he interpretado —creo que erróneamente— como una celebración de lo que intento manifestar en este texto.

3 Este hilo del ingeniero Carlos Polimón —alias The General— en Twitter creo que explica muy bien el asunto.

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Si usted tiene un algoritmo parecido al mío, es posible que haya visto esta publicación en sus redes sobre el artículo Umarell en la Wikipedia:

El diccionario Zingarelli define el término como «Persona jubilada que deambula, la mayoría de las veces con las manos a la espalda, por las obras de construcción, comprobando, haciendo preguntas, dando sugerencias o criticando las actividades que allí se desarrollan». @depthsofwikipedia en Instagram

En mi sector, desde el otro lado de la valla de obra, muchos ven a los umarells con cierta socarronería; como una molestia jocosa pero también entrañable. Yo creo que tenemos mucho que aprender de ellos.

Cuando era estudiante de Ingeniería Civil, asistí a una exposición en el Museo de Ciencias Naturales de València sobre los dibujos de neuronas de Ramón y Cajal. De entre todos los objetos mostrados, recuerdo que me marcó profundamente leer una carta que tenían expuesta, donde el Nobel exaltaba «la potencia vivificante y dinamogénea de las cosas vistas» al ponderar sobre el valor de las clases prácticas para los estudiantes de Medicina.

Probablemente esté recordándolo mal, ya que sólo apunté esa frase y nunca he conseguido encontrar nada sobre la carta en Internet, pero la verdad es que las palabras de esos dos sabios1 me volvían a la cabeza los pocos días en que el frenesí de exámenes y trabajos de la carrera se detenía para hacer visitas de obra.

Y es que cuando un tiempo después de leer la epístola mi vocación se enfrentaba a la dura realidad de mis notas, era pensar en lo visto aquellos días entre polvo y máquinas lo que me motivaba a sentarme a estudiar pese a todo; incluso a leer a Manterola y a Torroja en mi exiguo tiempo libre. Hablando con mis compañeros vi que no era el único: sentíamos la envidia al astrónomo que escribió Walt Whitman, y volver a los apuntes era nuestro silencioso mirar a las estrellas.2

Porque echar una mañana viendo cómo se construye un puente nos hacía pensar a nosotros, estudiantes profanos e ignorantes, que quizás un día podríamos ser parte de eso. Mirar obras nos daba esa potencia «vivificante y dinamogénea», nos inspiraba a seguir.

Ver saltos ajenos también es tomar carrerilla, escribí en un margen del cuaderno, ingenuo de mí. Luego suspendí, pero la semilla estaba sembrada. Sigo siendo un umarell.

Construcción de la pasarela peatonal sobre el Túria que tras la DANA pasó a ser llamada de la Solidaridad, una de las obras donde pudimos ser público. A la derecha, un minúsculo umarell viendo la misma obra desde otro puente. Elaboración propia

Tuve la suerte de estudiar en València durante cinco años de mi vida. En ese tiempo, el trayecto que realizaba cada mañana entre casa y la universidad se mantuvo por los mismos lugares, pero esos lugares cambiaron inevitablemente; las vallas de obra han sido lo único constante. Algunos cambios son positivos, como cuando le dieron una limpieza a las letras del tejado de la UV; otros duelen un poquito, como cuando sustituyeron los vetustos semáforos con su elegante sombrerito por los espantosos modelos planos que son ahora estándar en la ciudad; otros simplemente son la reparación de un reventón de agua y responden a las necesidades inmediatas.

Construir algo es ver cómo el cambio pierde su abstracción para materializarse. Así como cambiaba el espectáculo tras las vallas metálicas, yo también lo hacía como espectador: el umarell taciturno a la vuelta de un examen especialmente complicado no era el mismo que el enamorado que miraba con cara bobalicona una zanja para la fibra óptica. Quien fui recién llegado a la ciudad era alguien muy distinto a quien se marchó de ella, y la urbe en sí misma también evolucionó y ha seguido haciéndolo en mi ausencia; aunque sigo siendo yo mismo y València sigue siendo València, también seguimos ambos en obras.

Obras vistas volviendo a casa. Hubo algunas mejor ejecutadas que otras —pintaron los cebreados al revés al reasfaltar la calle—, pero también nosotros desacertamos. Elaboración propia

Ver obras ajenas me ha hecho inspirar e inspirarme, coger aliento y verme desde detrás de la valla unos instantes antes de volver al tajo; sea por inspiración, por esa «potencia vivificante y dinamogénea» o por simple envidia cochina. Bajar al lecho del río para ver un puente de cerca no garantizará que los que proyectes tú sean igual de buenos, pero todos los buenos puentes son de ingenieros que se mojaron los pies en su momento.3 Creo que las obras propias comienzan en vallas ajenas.

No obstante, los umarells no somos bichos raros. Las obras ante las que detenerse a mirar no tienen porqué implicar polvo y cemento: algunas se custodian en museos, otras se representan sobre escenarios, hay quien se para en bancos y terrazas, en estadios y miradores… En realidad, no hace falta ni ir a buscarlas, porque vivimos rodeados de ellas; sólo hay que quedarse quieto y contemplar.

Ser umarell también puede ser apreciar el pequeño gesto de un amigo, acompañar a la yaya anotando alguna de sus recetas o fijarse en la manera en la que el sol atraviesa la copa de un árbol.

Y es que un umarell no ve las obras de pasada, mientras camina con la cabeza en otro lado; llega con pasos pausados, se para junto a la zanja, se pone las manos tras la espalda y observa.

Pero, sobre todo, una vez ha tenido suficiente, recupera sus andares tranquilos y se marcha, rumiando para sí sobre lo que ha visto.

En nuestras obras, todos podemos ser albañiles mejores o peores. Basta con cambiar de lado, detenernos junto a la valla para coger algo de aliento y ponernos a construir.

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1 Es broma.

2 Aunque para muchos su poema When I Heard the Learn’d Astronomer (1865, en Drum Taps) es un alegato romántico contra el cientificismo, siempre lo he interpretado —creo que erróneamente— como una celebración de lo que intento manifestar en este texto.

3 Este hilo del ingeniero Carlos Polimón —alias The General— en Twitter creo que explica muy bien el asunto.

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