El otro autor: cliente y arquitectura
Cualquiera desearía que el promotor entrase por la puerta de su estudio como quien asiste a un restaurante de autor
27 de abril 2026
Cualquiera desearía que el promotor entrase por la puerta de su estudio como quien asiste a un restaurante de autor
Alejandro de la Sota, citando a Víctor d’Ors, decía que una de las máximas del trabajo del arquitecto era dar a sus clientes liebre por gato; esto es, ofrecer siempre algo más de lo que se le pide, incluso llegando al engaño si con ello se consigue tal honorable objetivo. Según esto, para el gallego la profesión del arquitecto no debía limitarse a satisfacer las banales necesidades del promotor en cuestión, sino extenderse en una oportunista generosidad hasta el punto de resolver toda una serie de problemas que ni siquiera este, en el momento del encargo, sabía que tenía. Según esta tradición, el arquitecto aparece como una suerte de profeta con evidentes dotes para la clarividencia, cuyo criterio se impone al de sus clientes y al del resto de los mortales para iluminarlos, en una supuesta defensa de sus verdaderos ―aunque desconocidos― intereses.
En la misma línea, durante la carrera con frecuencia se nos insistía en que el arquitecto debía ser arquitecto, pero también médico, corredor de seguros, alumno, madre o incluso sacerdote, si con esto lograba entender mejor cómo las personas iban a utilizar sus edificios. Luego el arquitecto no solamente tiene habilidades extrasensoriales, sino que además se trata de un ser completamente camaleónico, capaz de adoptar cualquier apariencia.
Sin querer ningunear ninguno de los dos puntos de vista ―que, aunque no defienda, tampoco me atrevo a desmentir del todo―, creo que a los arquitectos de las últimas generaciones se nos ha inculcado esta visión caduca que romantiza la profesión hasta el punto de mitificar la figura del proyectista. El arquitecto es, probablemente, mucho menos que todo eso, y su trabajo es, humildemente, un servicio bastante más terrenal; lo cual no quiere decir que sea sencillo.
Si bien no comparto esta percepción del arquitecto generoso, paternalista y omnipotente, sí me gustaría destacar algo que me parece difícilmente cuestionable, y es que, en la práctica ―casi siempre― el proyecto llega antes que el encargo. El proyectista, como persona emocional y aspiracional que es, por profesionales que sean sus intenciones, no puede desvincularse de su ideología, de su voluntad, de su imaginario ni, por supuesto, de sus pequeñas obsesiones. Con frecuencia, esto se acaba traduciendo en licencias autorales como plantear una diagonal que atraviese medio proyecto, intentar encajar un círculo en una planta de 20m2 o colocar un gresite azul Klein en la cabina de ducha, proyecto sí y proyecto también. Licencias que, aunque en ocasiones rocen la excentricidad, otras no son más que proyecciones del arquitecto en su propia obra ―como haría un pintor en sus cuadros o un escritor en sus novelas―, con toda la legitimidad que aquí quepa.
Porque no nos engañemos, cualquiera desearía que el promotor entrase por la puerta de su estudio como quien asiste a un restaurante de autor: ilusionado, expectante por saber qué platos se van a servir y dispuesto a dejarse llevar por la propuesta del chef en una comunión perfecta con su obra y su buen hacer. En este escenario, el cometido del arquitecto ―ahora con sombrero de cocinero― se limitaría a ejercer su ansiada libertad creativa para ofrecer un servicio cuya única vara de medir serían las expectativas del cliente. Este pacto hedonista entre cliente y chef parece, en principio, muy razonable. Sencillamente, nadie entendería que un comensal exigiese un plato fuera de carta porque le resultase más familiar o porque considerase que las técnicas con las que se ha preparado, en su opinión, son demasiado complejas. Si esto ocurriese, cualquiera pensaría que el cliente ha perdido la oportunidad de descubrir algo diferente para conformarse con la seguridad de lo cotidiano. De modo que sí, en este caso ―el del creador sin ataduras aparentes―, resulta que el chef no solamente da más de lo que el cliente pide, sino que da mucho más de lo que este le sabría exigir. Y no solo eso: la escasa libertad del cliente se traduce en una mejor experiencia para si mismo.
Es cierto que el trabajo del arquitecto no es muy distinto al de un cocinero, al de un diseñador de moda o al de un director de cine. La arquitectura no deja de ser un servicio ofrecido por alguien que, aunque a veces cueste creerlo, no encuentra en el cliente un medio para traer a la realidad sus delirios constructivos ―o, al menos, no debiera ser así―. El arquitecto lo que habitualmente quiere es que te animes a probar su plato ―siguiendo con la referencia del chef― y, además, espera que realmente lo disfrutes.
Por supuesto, esto es una simplificación, ya que hay tantos arquitectos como clientes. Hay tantas formas de enfrentarse a un proyecto como formas de encargarlo. Pero lo que sí es evidente es que el arquitecto no dispone de la dichosa libertad de laque gozan el resto de creadores. En primer lugar, porque la arquitectura, desde el momento que aparece en nuestro mundo, tiene la mala costumbre de pertenecernos a todos como sociedad, y no solo a quien la encarga. En segundo lugar, porque otra de sus malas costumbres es estar diseñada para durar para siempre ―50 años en el caso de la estructura, según el Código Técnico―. Y, en tercer lugar, porque la relación del arquitecto con su cliente no es unidireccional; es decir, el promotor no es un receptor pasivo de su encargo, sino un agente activo que participa en la conversación que es el proyecto de arquitectura. Y el arquitecto, a su vez, no es más que otro de los muchos agentes que son testigos de toda la complejidad del proceso. Incluso en proyectos de escala muy reducida, su rol como genio creador que impone su criterio está absolutamente extinto. El arquitecto no es más que un moderador en todo esto.
Si el proyecto de arquitectura es una conversación, en ella ocurre todo lo que puede ocurrir en un buen debate; porque no siempre es la opinión del arquitecto la que parece querer prevalecer sobre la del resto. El resultado no es mucho mejor en el caso contrario, cuando es el cliente quien utiliza al arquitecto a su antojo, casi como un medio técnico capaz de atender a cualquiera de sus caprichos, convertidos en exigencias. Como suele ocurrir, cuanto mayor es la distancia ideológica entre dos personas, más se eleva el tono de la voz del uno sobre la del otro. De ahí la importancia del cliente en arquitectura, a quien no debiera corresponderle únicamente la función de agente de la edificación ―que es como figura en los libros de Arquitectura Legal―, como si se tratase de un electricista o un técnico municipal, sino el de un interlocutor cuya sensibilidad, decisiones y contradicciones lo convierten, sin duda, en el otro autor del proyecto.
Ahora bien, y como decía al principio, el papel del arquitecto como mediador ―por democrático que sea― no consigue anular su sentimiento de autoría respecto a su obra. Y esta es la idea clave, porque es esta aparente contradicción la que motiva su revancha personal: la de la liebre en lugar del gato. El arquitecto, efectivamente, da siempre más de lo que se le pide. Mucho más. Más horas, más sensibilidad, más solvencia técnica, más creatividad; en definitiva, más dedicación. Solo que no es el altruismo quien impulsa su noble causa, sino su propio regocijo al proyectar sus intereses e inquietudes y ver cómo se materializan. Regocijo entendido como auténtico disfrute, como sentimiento de realización ante un proyecto que, además de resolver estrictamente las necesidades del cliente, da cabida a un aporte extra que el arquitecto hace para sí mismo.
A fin de cuentas, el arquitecto no resuelve esta paradoja en la que vive; simplemente decide habitarla, aceptando moverse en un territorio ambiguo marcado por condicionantes normativas, exigencias técnicas, burocracia administrativa y requerimientos del cliente, pero que también permite desarrollar investigaciones propias, satisfacer inquietudes personales y, en conclusión, proyectarse. Proyectarse, esta vez, en el sentido literal de la palabra, es decir, lanzando hacia delante sus ideas; participando en una conversación eterna entre la tradición cultural heredada y un futuro que intenta anticipar, inevitablemente, desde el presente de su contradictoria profesión.
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