En defensa del postpaquismo

Se me ocurre proponer una reconciliación entre ambas realidades: paquismo y neopaquismo

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Hará cosa de tres meses mis padres se enfrentaron a una de las grandes liturgias que dicta el gusto estético contemporáneo: quitar el gotelé. Rasqueta en mano y dispuestos a empolvar su residencia habitual, fueron desprendiendo cada uno de los pegotes de temple que poblaban sus amarillentos tabiques hasta dejarlos completamente lisos, como mandan los cánones actuales de interiorismo. Ahora sus paredes respiran modernidad y, lo que es mejor, están preparadas para ser pintadas del color que mejor representa la era tecnológica en la que nos encontramos. Por supuesto, me refiero al blanco roto, el color del momento. Lo siguiente será quitar las cornisas de escayola del techo y colocar una tarima laminada sobre el parquet de pino melis, como colofón a tamaña dosis de innovación.

Ironías y retórica aparte, debo admitir que mis padres representan de manera casi perfecta lo que en España hemos bautizado como paquismo, esto es, el arquetipo que describe el gusto por lo estándar y convencional de su época en cuanto a diseño se refiere; lo previsible, lo inmediato, lo mainstream si se quiere. La charca, vaya. Creo que todos reconocemos esta estética del protopaquismo de los años setenta sin necesidad de insistir demasiado en ella: paredes con acné, parquet con barniz en acabado brillo, robustos muebles castellanos, aparadores repletos de vajillas apoyadas sobre baldas forradas de ganchillo, visillos con motivos florales, alfombras sintéticas de inspiración persa, decoraciones en bronce y, sobre todo, fotografías familiares por doquier —en especial, de comuniones y demás sacramentos católicos—. Diríase pues, que mis padres y todos aquellos que se vean reflejados en este reconocible inventario son, en resumidas cuentas, los hijos de su época.

No obstante, sin querer justificar un horror vacui y un anacronismo más que evidente —recordemos que a principios del siglo pasado ya reinaba el movimiento moderno en nuestros países vecinos europeos—, sí cabría decir que, tanto mis padres como toda su generación, tenían un par de motivos que les excusaban de este señalamiento público que hacemos tan interesadamente desde la altura de nuestro altar digital. Ahí van.

El primero es que, en cuanto a su origen, el paquismo nació como consecuencia directa de la España del toldo verde1, es decir, la de las viviendas tardo-franquistas presentes en nuestros barrios obreros de periferia. Las casas paquistas se levantaron con escasísimos recursos técnicos y económicos, ya que formaban parte de un plan mayor que pretendía ofrecer viviendas asequibles a la población que emigró de las zonas rurales a las principales ciudades españolas. Esto se tradujo en unas viviendas seriadas, rápidamente construidas y pésimamente ejecutadas por mano de obra poco cualificada. La voluntad del paquismo fue, precisamente, compensar los defectos arquitectónicos y constructivos de estas modestas viviendas, como bien describe en su muy compartido hilo de Twitter @XMihura. Para ello, se sirvió de los mecanismos decorativos citados, que en realidad cumplían una función bastante específica y no tan caprichosa como pudiera parecer a ojos poco entrenados. Así, el gotelé disimulaba la mala ejecución de sus tabiques de fábrica, las cornisas y rodapiés ocultaban los encuentros entre techos, paredes y pavimentos, las gruesas cortinas mejoraban su comportamiento térmico en invierno —consecuencia del deficiente aislamiento de sus fachadas y la falta de estanqueidad de sus carpinterías—, las celosías de los tendederos aportaban sombra y frescor en verano y otros elementos secundarios, como alfombras y grandes estanterías plagadas de libros, mejoraban la acústica de unos espacios excesivamente compartimentados. El paquismo, por lo tanto, además de mejorar la vida de sus practicantes desde el punto de vista del confort, también devolvió la dignidad a unas viviendas que nunca pudieron presumir demasiado de ella.

El segundo y último motivo tiene más que ver con su actitud tremendamente utilitarista. Los paquistas se limitaban a comprar aquello que les parecía asequible y duradero entre una oferta que entonces era bastante limitada. Eran pragmáticos, conservadores y conformistas, pero también funcionales, resilientes y, además, ecológicos. Es posible que no estuviesen al día de las últimas tendencias estilísticas que ya triunfaban en Europa y Estados Unidos, pero también es cierto que, casi todo lo que compraban y colocaban en sus casas, tenía la calidad suficiente como para llegar en un estado de conservación bastante decente hasta nuestros días —examen que dudo que vayan a aprobar los muebles suecos de nuestros pisos de alquiler—.

En definitiva, está claro que el paquismo no trataba de responder a una estética determinada, sino que ésta aparecía como consecuencia de una actitud o, mejor dicho, una filosofía de vida muy concreta. El paquismo no era bonito, ni pretendía serlo, pero tampoco era aparente ni pretencioso.

Sin embargo, nosotros, neopaquistas, amantes de nuestras kallax y bestås, defensores del tablero aglomerado chapado en melamina de imitación madera, abanderados de la lisura del pladur y de nuestras impolutas puertas lacadas, no podemos decir lo mismo. Si una generación ha tenido a su disposición referencias e inspiración procedentes de cualquier rincón del mundo, libros, revistas, la IA y un sinfín de recursos, esa es la nuestra. ¿Y qué hemos hecho con toda esa información? Copiar el japandi avainillado que aparece en nuestros tibios tablones de Pinterest2. En lugar de rebelarnos contra el empacho ornamental y la pesantez decorativa del paquismo mediante un minimalismo radical a lo Adolf Loos en Ornamento y Delito —por citar un caso relevante— o a lo Campo Baeza en sus casas blancas —si preferimos un ejemplo más cercano—, nos hemos quedado en sustituirlo por la timidez de una aparente depuración formal. Nos hemos desecho de los mármoles y maderas naturales de nuestros abuelos para decidirnos por porcelánicos y laminados de imitación en pos de una supuesta renovación estética. Los paquistas, al menos, con sus debilidades y pequeñas incoherencias, decoraban sus viviendas dejándose influir por familiares y amigos, bajo el manto de una corriente que sí les era propia, y no por lo que les dictaba el influencer de turno, un desconocido tan neopaquista como sus seguidores del otro lado de la pantalla. Si el paquismo era el paradigma del costumbrismo, el neopaquismo lo es de la performance instagrameable.

Ante esta desesperada dicotomía no se me ocurre proponer otra cosa que una reconciliación entre ambas realidades, una suerte de corriente que recupere los valores del paquismo para reinterpretarlos con una mirada desprejuiciada, desinhibida y, a fin de cuentas, contemporánea, sin caer en los errores efectistas de su actual sucesor. Aprovecho el espacio que se me brinda para proponer un heptálogo personal, más sugerente que imperativo, que describa la intencionalidad de lo que me he tomado la licencia de bautizar como postpaquismo.

Primero. Es necesario redefinir la idea de patrimonio. Patrimonio es aquello que nos es propio y que heredamos de nuestros predecesores, que explica lo que somos y de dónde venimos, lo que en ningún momento significa que sea intocable. El toldo verde es tan patrimonial como una iglesia románica, que no quiere decir que tenga el mismo valor transgeneracional —si acaso existe tal cosa—. No se trata, por lo tanto, de romantizar el paquismo, sino de asumirlo como propio y, a partir de ahí, empezar a trabajar con él. Las tradiciones no se veneran; se actualizan. De lo contrario seremos testigos directos de su desaparición.

Segundo. Nuestras casas deben representar nuestra individualidad pero, sobre todo, el conjunto de todas ellas debe producir un panorama que nos identifique a todos como sociedad. Creo que el momento cultural en el que nos encontramos es mucho más rico y complejo que lo que nos ofrece Sklum en su insistente newsletter. Me gustaría pensar que el neopaquismo no refleja con precisión los valores de nuestro tiempo. Espero no estar demasiado equivocado.

Tercero. Reivindico la convivencia de lo industrial con lo cuasi artesanal. El paquismo construía viviendas con ladrillo cara vista porque el precio de la mano de obra era inferior al de los materiales empleados. Hoy esto no es así. En nuestros PAUs han triunfado las fachadas ventiladas de paneles cerámicos porque su instalación es mucho más rápida que la de cualquier otro sistema, aunque el metro cuadrado de material sea más costoso. Esto no quiere decir que tengamos que retroceder y encarecer nuestros edificios, sino utilizar la técnica y la industrialización como lo que es: una herramienta. Si no logramos que la tecnología trabaje en una dirección intencionada, terminaremos por prefabricar soluciones genéricas y alienantes.

Cuarto. Usemos materiales de verdad. No hay nada tan ecológico como aquello que dura lo suficiente como para transmitirse entre generaciones. Reutilicemos estos materiales, heredemos los parquets de tablillas, las encimeras de mármol y los muebles macizos y atrevámonos a reinventarlos. Echo de menos que la gente presuma de la buena calidad de sus adquisiciones. Los muebles terminan siendo objetos que nos acompañan durante buena parte de nuestras vidas. Elijámoslos bien.

Quinto. Volvamos a especializar nuestros espacios. No es que abogue por una compartimentación excesiva, pero cuando los espacios se piensan con una finalidad, la experiencia de habitarlos es mucho más intensa. Para esto no es necesario especificar el uso de cada estancia de nuestras viviendas, basta con pensar cómo queremos que éstas sean vividas. Por ejemplo, podríamos empezar porque nuestras salas de estar verdaderamente valgan para eso, para estar, y no para ser presididas por un televisor —al que cada vez hacemos menos caso—perfectamente alineado con un sofá en el que las personas difícilmente pueden hablar unas con otras. Definamos cómo queremos vivir en nuestras casas.

Sexto. El color siempre ha impregnado nuestra tradición arquitectónica. Desde el mencionado toldo verde hasta el azul manchego, pasando por el andaluz color albero, nuestros edificios siempre tuvieron color. La ausencia del mismo, de nuevo, se convierte en una imposición caprichosa y esclavizante. No es necesario que las cosas peguen entre sí ni que su gama cromática esté perfectamente afinada. En los pequeños objetos que nos rodean encontramos una dispar cantidad de colores y no nos preocupa en absoluto si desentonan. Hagamos lo mismo con los grandes.

Séptimo. Abracemos la complejidad. Atrevámonos a mezclarlo todo, seamos eclécticos. Quizás, entonces sí, encontremos un estilo que realmente nos represente. La cocina de caoba con la encimera de acero inox, azulejos de flores con aluminio cepillado, el suelo de terrazo con las paredes de gresite, el iPad sobre la mesa de mármol Alicante... todos estos elementos podrían convivir en una amalgama encantadora en la que nos viésemos identificados y reconociésemos como propia.

El diseño sin duda mejora la calidad de vida, reafirma nuestra individualidad y nos ayuda a expresarnos y a comprendernos mejor a nosotros mismos. Yo, como mis padres, también quitaría el gotelé, pero mantendría la encimera de granito.

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1 Pablo Arboleda y Kike Carbajal, Toldo verde, 2024

2 Yo creo que ya vale con el microcemento y con la oda a lo rústico. En serio, ya fue. Vivimos en ciudades contemporáneas, no en aldeas campestres, y aunque así fuera, tampoco sería la actitud. Igual que no tendría sentido fabricar el nuevo iPhone en acabado madera envejecida, tampoco lo tiene forrar en ratán de imitación una silla que ni siquiera es de madera. Eso no es wabi-sabi, es no haber entendido nada.

3 Xavier Monteys y Pere Fuertes, Casa collage. Un ensayo sobre la arquitectura de la casa, 2001

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Hará cosa de tres meses mis padres se enfrentaron a una de las grandes liturgias que dicta el gusto estético contemporáneo: quitar el gotelé. Rasqueta en mano y dispuestos a empolvar su residencia habitual, fueron desprendiendo cada uno de los pegotes de temple que poblaban sus amarillentos tabiques hasta dejarlos completamente lisos, como mandan los cánones actuales de interiorismo. Ahora sus paredes respiran modernidad y, lo que es mejor, están preparadas para ser pintadas del color que mejor representa la era tecnológica en la que nos encontramos. Por supuesto, me refiero al blanco roto, el color del momento. Lo siguiente será quitar las cornisas de escayola del techo y colocar una tarima laminada sobre el parquet de pino melis, como colofón a tamaña dosis de innovación.

Ironías y retórica aparte, debo admitir que mis padres representan de manera casi perfecta lo que en España hemos bautizado como paquismo, esto es, el arquetipo que describe el gusto por lo estándar y convencional de su época en cuanto a diseño se refiere; lo previsible, lo inmediato, lo mainstream si se quiere. La charca, vaya. Creo que todos reconocemos esta estética del protopaquismo de los años setenta sin necesidad de insistir demasiado en ella: paredes con acné, parquet con barniz en acabado brillo, robustos muebles castellanos, aparadores repletos de vajillas apoyadas sobre baldas forradas de ganchillo, visillos con motivos florales, alfombras sintéticas de inspiración persa, decoraciones en bronce y, sobre todo, fotografías familiares por doquier —en especial, de comuniones y demás sacramentos católicos—. Diríase pues, que mis padres y todos aquellos que se vean reflejados en este reconocible inventario son, en resumidas cuentas, los hijos de su época.

No obstante, sin querer justificar un horror vacui y un anacronismo más que evidente —recordemos que a principios del siglo pasado ya reinaba el movimiento moderno en nuestros países vecinos europeos—, sí cabría decir que, tanto mis padres como toda su generación, tenían un par de motivos que les excusaban de este señalamiento público que hacemos tan interesadamente desde la altura de nuestro altar digital. Ahí van.

El primero es que, en cuanto a su origen, el paquismo nació como consecuencia directa de la España del toldo verde1, es decir, la de las viviendas tardo-franquistas presentes en nuestros barrios obreros de periferia. Las casas paquistas se levantaron con escasísimos recursos técnicos y económicos, ya que formaban parte de un plan mayor que pretendía ofrecer viviendas asequibles a la población que emigró de las zonas rurales a las principales ciudades españolas. Esto se tradujo en unas viviendas seriadas, rápidamente construidas y pésimamente ejecutadas por mano de obra poco cualificada. La voluntad del paquismo fue, precisamente, compensar los defectos arquitectónicos y constructivos de estas modestas viviendas, como bien describe en su muy compartido hilo de Twitter @XMihura. Para ello, se sirvió de los mecanismos decorativos citados, que en realidad cumplían una función bastante específica y no tan caprichosa como pudiera parecer a ojos poco entrenados. Así, el gotelé disimulaba la mala ejecución de sus tabiques de fábrica, las cornisas y rodapiés ocultaban los encuentros entre techos, paredes y pavimentos, las gruesas cortinas mejoraban su comportamiento térmico en invierno —consecuencia del deficiente aislamiento de sus fachadas y la falta de estanqueidad de sus carpinterías—, las celosías de los tendederos aportaban sombra y frescor en verano y otros elementos secundarios, como alfombras y grandes estanterías plagadas de libros, mejoraban la acústica de unos espacios excesivamente compartimentados. El paquismo, por lo tanto, además de mejorar la vida de sus practicantes desde el punto de vista del confort, también devolvió la dignidad a unas viviendas que nunca pudieron presumir demasiado de ella.

El segundo y último motivo tiene más que ver con su actitud tremendamente utilitarista. Los paquistas se limitaban a comprar aquello que les parecía asequible y duradero entre una oferta que entonces era bastante limitada. Eran pragmáticos, conservadores y conformistas, pero también funcionales, resilientes y, además, ecológicos. Es posible que no estuviesen al día de las últimas tendencias estilísticas que ya triunfaban en Europa y Estados Unidos, pero también es cierto que, casi todo lo que compraban y colocaban en sus casas, tenía la calidad suficiente como para llegar en un estado de conservación bastante decente hasta nuestros días —examen que dudo que vayan a aprobar los muebles suecos de nuestros pisos de alquiler—.

En definitiva, está claro que el paquismo no trataba de responder a una estética determinada, sino que ésta aparecía como consecuencia de una actitud o, mejor dicho, una filosofía de vida muy concreta. El paquismo no era bonito, ni pretendía serlo, pero tampoco era aparente ni pretencioso.

Sin embargo, nosotros, neopaquistas, amantes de nuestras kallax y bestås, defensores del tablero aglomerado chapado en melamina de imitación madera, abanderados de la lisura del pladur y de nuestras impolutas puertas lacadas, no podemos decir lo mismo. Si una generación ha tenido a su disposición referencias e inspiración procedentes de cualquier rincón del mundo, libros, revistas, la IA y un sinfín de recursos, esa es la nuestra. ¿Y qué hemos hecho con toda esa información? Copiar el japandi avainillado que aparece en nuestros tibios tablones de Pinterest2. En lugar de rebelarnos contra el empacho ornamental y la pesantez decorativa del paquismo mediante un minimalismo radical a lo Adolf Loos en Ornamento y Delito —por citar un caso relevante— o a lo Campo Baeza en sus casas blancas —si preferimos un ejemplo más cercano—, nos hemos quedado en sustituirlo por la timidez de una aparente depuración formal. Nos hemos desecho de los mármoles y maderas naturales de nuestros abuelos para decidirnos por porcelánicos y laminados de imitación en pos de una supuesta renovación estética. Los paquistas, al menos, con sus debilidades y pequeñas incoherencias, decoraban sus viviendas dejándose influir por familiares y amigos, bajo el manto de una corriente que sí les era propia, y no por lo que les dictaba el influencer de turno, un desconocido tan neopaquista como sus seguidores del otro lado de la pantalla. Si el paquismo era el paradigma del costumbrismo, el neopaquismo lo es de la performance instagrameable.

Ante esta desesperada dicotomía no se me ocurre proponer otra cosa que una reconciliación entre ambas realidades, una suerte de corriente que recupere los valores del paquismo para reinterpretarlos con una mirada desprejuiciada, desinhibida y, a fin de cuentas, contemporánea, sin caer en los errores efectistas de su actual sucesor. Aprovecho el espacio que se me brinda para proponer un heptálogo personal, más sugerente que imperativo, que describa la intencionalidad de lo que me he tomado la licencia de bautizar como postpaquismo.

Primero. Es necesario redefinir la idea de patrimonio. Patrimonio es aquello que nos es propio y que heredamos de nuestros predecesores, que explica lo que somos y de dónde venimos, lo que en ningún momento significa que sea intocable. El toldo verde es tan patrimonial como una iglesia románica, que no quiere decir que tenga el mismo valor transgeneracional —si acaso existe tal cosa—. No se trata, por lo tanto, de romantizar el paquismo, sino de asumirlo como propio y, a partir de ahí, empezar a trabajar con él. Las tradiciones no se veneran; se actualizan. De lo contrario seremos testigos directos de su desaparición.

Segundo. Nuestras casas deben representar nuestra individualidad pero, sobre todo, el conjunto de todas ellas debe producir un panorama que nos identifique a todos como sociedad. Creo que el momento cultural en el que nos encontramos es mucho más rico y complejo que lo que nos ofrece Sklum en su insistente newsletter. Me gustaría pensar que el neopaquismo no refleja con precisión los valores de nuestro tiempo. Espero no estar demasiado equivocado.

Tercero. Reivindico la convivencia de lo industrial con lo cuasi artesanal. El paquismo construía viviendas con ladrillo cara vista porque el precio de la mano de obra era inferior al de los materiales empleados. Hoy esto no es así. En nuestros PAUs han triunfado las fachadas ventiladas de paneles cerámicos porque su instalación es mucho más rápida que la de cualquier otro sistema, aunque el metro cuadrado de material sea más costoso. Esto no quiere decir que tengamos que retroceder y encarecer nuestros edificios, sino utilizar la técnica y la industrialización como lo que es: una herramienta. Si no logramos que la tecnología trabaje en una dirección intencionada, terminaremos por prefabricar soluciones genéricas y alienantes.

Cuarto. Usemos materiales de verdad. No hay nada tan ecológico como aquello que dura lo suficiente como para transmitirse entre generaciones. Reutilicemos estos materiales, heredemos los parquets de tablillas, las encimeras de mármol y los muebles macizos y atrevámonos a reinventarlos. Echo de menos que la gente presuma de la buena calidad de sus adquisiciones. Los muebles terminan siendo objetos que nos acompañan durante buena parte de nuestras vidas. Elijámoslos bien.

Quinto. Volvamos a especializar nuestros espacios. No es que abogue por una compartimentación excesiva, pero cuando los espacios se piensan con una finalidad, la experiencia de habitarlos es mucho más intensa. Para esto no es necesario especificar el uso de cada estancia de nuestras viviendas, basta con pensar cómo queremos que éstas sean vividas. Por ejemplo, podríamos empezar porque nuestras salas de estar verdaderamente valgan para eso, para estar, y no para ser presididas por un televisor —al que cada vez hacemos menos caso—perfectamente alineado con un sofá en el que las personas difícilmente pueden hablar unas con otras. Definamos cómo queremos vivir en nuestras casas.

Sexto. El color siempre ha impregnado nuestra tradición arquitectónica. Desde el mencionado toldo verde hasta el azul manchego, pasando por el andaluz color albero, nuestros edificios siempre tuvieron color. La ausencia del mismo, de nuevo, se convierte en una imposición caprichosa y esclavizante. No es necesario que las cosas peguen entre sí ni que su gama cromática esté perfectamente afinada. En los pequeños objetos que nos rodean encontramos una dispar cantidad de colores y no nos preocupa en absoluto si desentonan. Hagamos lo mismo con los grandes.

Séptimo. Abracemos la complejidad. Atrevámonos a mezclarlo todo, seamos eclécticos. Quizás, entonces sí, encontremos un estilo que realmente nos represente. La cocina de caoba con la encimera de acero inox, azulejos de flores con aluminio cepillado, el suelo de terrazo con las paredes de gresite, el iPad sobre la mesa de mármol Alicante... todos estos elementos podrían convivir en una amalgama encantadora en la que nos viésemos identificados y reconociésemos como propia.

El diseño sin duda mejora la calidad de vida, reafirma nuestra individualidad y nos ayuda a expresarnos y a comprendernos mejor a nosotros mismos. Yo, como mis padres, también quitaría el gotelé, pero mantendría la encimera de granito.

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1 Pablo Arboleda y Kike Carbajal, Toldo verde, 2024

2 Yo creo que ya vale con el microcemento y con la oda a lo rústico. En serio, ya fue. Vivimos en ciudades contemporáneas, no en aldeas campestres, y aunque así fuera, tampoco sería la actitud. Igual que no tendría sentido fabricar el nuevo iPhone en acabado madera envejecida, tampoco lo tiene forrar en ratán de imitación una silla que ni siquiera es de madera. Eso no es wabi-sabi, es no haber entendido nada.

3 Xavier Monteys y Pere Fuertes, Casa collage. Un ensayo sobre la arquitectura de la casa, 2001

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