Subía unas estrechas escaleras metálicas cuando, nada más poner un pie sobre la terraza en la que todo el mundo iba por la segunda lata de cerveza, me gritaron “Larra, no mires twitter”. No hacía ni diez minutos que los allí presentes conocían que Diane Keaton había muerto a la edad de 79 años. Sabida mi afición por el cine de Woody Allen, se hicieron unos pocos comentarios cariñosos sobre su carrera y figura, a la par que algún que otro comentario ofensivamente cómico, o cómicamente ofensivo, sobre los escándalos protagonizados por el director neoyorquino.
Estábamos empezando aquella fiesta, y era normal que nadie quisiera pensar, menos incluso hablar, de una actriz vieja y ya desaparecida de esta tierra, que únicamente parecía representar un puñado de recuerdos vagos enfrente de una pantalla. Por muy bellos que sean para mí esos recuerdos, yo tampoco volví a pensar en Diane Keaton el resto de la noche. Esto constituye un acto profundamente egoísta y desconsiderado viniendo de alguien que posee un póster de “Annie Hall” (1977), de un tamaño nada desdeñable, 70 centímetros de largo por 100 centímetros de alto, en el salón de su propia casa. Sin duda alguna, y pese a la opinión contraria de quienes me ayudaron a colgarlo en la pared, lo mejor que jamás he comprado en Wallapop.

Cuando desperté, con la cabeza todavía dando vueltas por la resaca, Diane Keaton estaba ahí, impresa en un papel amarillo desgastado y finísimo, con las marcas de haber sido doblada decenas de veces. En esa pared, Diane Keaton casi mide los 100 centímetros de altura del póster. Aparece sonriendo debajo de un sombrero. Sonreía aquel día y también el anterior, sonríe mientras escribo (me he tenido que asegurar), y sería extraño, verdaderamente terrorífico, que no apareciese sonriendo mañana, cuando vuelva a mirarla de reojo mientras salgo disparado hacia la oficina. Pero aquella mañana, enfrente de Diane Keaton, me detuve a pensar. Pensé en cuánto tiempo hacía que no me detenía a pensar. Pensé en el acto de pensar. Pensé que ya no pienso nunca. O, al menos, pensé que ya nunca pienso sobre mí. Por supuesto, pienso todos los días un millón de veces. En realidad, pienso en demasiadas cosas todos los días. Pienso sin descanso en el trabajo, de camino a él, y de vuelta del mismo. El resto del tiempo no pienso. No pensé aquella noche ni pienso en ninguna de las demás, esté solo o acompañado. Ciertamente, ya nunca pienso sobre mí, que es algo muy distinto a pensar en mí. Pensar sobre mí es pensar en por qué soy quién soy, y no soy otra persona cualquiera. Y yo, concluí tras pensar, soy la suma de las miradas de muchos otros.
Hace muchos años que me convertí en un ladrón de miradas, a ser a través de ojos distintos, a recoger y hacer mío lo que me enseñaron que podía conmoverme, la belleza de las cosas que, inexplicablemente, me importaban más que otras, y también aquello que significa todo lo contrario. Años de vorágine de letras, de largos paseos en soledad volviendo de una sala oscura, de apellidos raros en otros idiomas, impronunciables, de no dejar de tragar porque la inseguridad de no saber absolutamente nada del mundo se hacía insoportable.
Luego debe de llegar un momento en el que te crees que ya eres algo parecido a ti mismo, y todo se vuelve más lento. No es consciente, casi nada lo es, pero sucede con tanta naturalidad que uno es incapaz de encontrar el momento exacto en el que se perdió. Coincide en el tiempo con el igualmente inexacto instante de convertirse en adulto, obligarse a ser adulto o, al menos, haber sido empujado a vivir entre adultos. Porque la razón principal de sentirse perdido es que, mientras todo se vuelve lento dentro de uno mismo, se escapa desbordantemente veloz a tu alrededor.
La superioridad de las obligaciones es tan aplastante que las ideas del mundo se marchitan. Y queriendo volver a uno mismo, encuentro necesario recurrir otra vez a las miradas de otros, porque la consecuencia de la lentitud es que las miradas ajenas ya no sirven para hacerme, sino para recordarme, y eso es, en última instancia, encontrarse otra vez. Esa es la verdadera importancia del arte y de todos sus creadores, por la que debo agradecer la inagotabilidad de quienes un día decidieron mirar y compartir el resultado de lo que vieron.
Por ello fue terriblemente injusto no pensar aquella noche en Diane Keaton, no pensar en “Annie Hall”, no pensar en todo lo que significa aquel viejo chiste, el del tipo que va al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos”. Porque es verdad, eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, que son totalmente irracionales, locas y absurdas; pero que luchamos por mantenerlas porque la mayoría necesitamos los huevos.
Definitivamente, debo de mirar más a menudo el póster de “Annie Hall”, ese en el que aparece Diane Keaton sonriendo debajo de su sombrero, de un tamaño nada desdeñable, 70 centímetros de largo por 100 centímetros de alto, colocado en el salón de mi propia casa, porque es en él donde vuelvo a recordar que el mundo existe.