Costumbres

Taca-Taca. Observaciones sobre el cambio de postura

En su nueva posición, mi hija descubre el placer de mirar las cosas desde arriba.

27 de julio 2026


No esperaba un efecto tan magnético. Me quedé conmovida, casi atónita, cuando la vi de pie dentro del agujero. Ella dio un gritito agudo y largo, como si con él quisiera resaltar la importancia del nuevo gesto. Luego abrió mucho los ojos y me miró risueña, pidiendo casi permiso. Enseguida apoyó sus pies diminutos en el suelo frío. Luego un pequeño titubeo, como un tambaleo de borracho, un impulso, un suspiro bajito, y el sonido de las ruedas acompañando su movimiento. Ta-ca-ta-ca. Mi bebé se puso de pie y caminó en una verticalidad asistida por una especie de platillo volante de plástico blanco y botones verdes y naranjas. Dejaba casi diez meses de vida estrictamente horizontal y estrenaba un nuevo punto de vista. 


Todo cambia cuando somos capaces de cambiar de postura. En su nueva posición, mi hija descubre el placer de mirar las cosas desde arriba. Con la verticalidad se gana altura, velocidad y conciencia. La observo avanzar y me pregunto qué significa realmente tener altura. ¿Significa poder dejar a las cosas caer? ¿Aceptar que no siempre se llega? Quizás también tenga que ver, eso de tener altura, con la gestión de una distancia, la que existe, tan grande tantas veces, entre el deseo y su satisfacción. La niña quiere la maraca con forma de pato apoyada sobre la mesa del salón y se desplaza y la coge y la celebra. Pero también quiere un libro de la estantería y se organiza para ponerse a su nivel, erguida, y acariciar el lomo y meter sus dedos finos entre los huecos. Intenta sacar el volumen rojo de Kate Zambreno pero pesa mucho para ella y su delicado desequilibrio. No puede, pero no se conforma con su impotencia. Todavía cree en la altura de su deseo. 


Con la verticalidad también aumentan los riesgos de las fracturas y de las caídas. Hace un par de días, mi hija se inclinó tanto que se cayó de bruces por la borda del taca-taca y le salió un moratoncito en la frente. El primero de los muchos que pintarán su cuerpo y su corazón. También en la verticalidad aprende a andar de puntillas. Me digo que eso, sobre todo, nos pertenece a las mujeres, portadoras históricas del sigilo y la discreción. Porque la verticalidad pura es tan masculina, tan ruidosa y razonable, tan jerárquica, viciosa y ambiciosa. Su tope parece ser solo el cielo, y si no que se lo pregunten a los ególatras que gobiernan el mundo. 


En la horizontalidad, en cambio, está el bebé que se acuna, la madre enferma a la que se le acaricia la frente, el lamido en la boca del animal que juega y el amor con otro cuerpo, y con el propio. Porque la posición horizontal es la más propicia para la vulnerabilidad, que es en realidad la condición humana fundamental, y la primera de todas, la de los niños, aunque luego intentemos camuflarla bajo distintos rictus asociados a la adultez. 


Cuando mi hija se cansa de su verticalidad, da un grito seco y aprieta los puños. Es su señal para decirme que quiere volver a la otra postura, a la del descanso, el acurruque en mis brazos, a ese lugar donde no tiene que sostener nada. Lo mismo hacemos los mayores. Pero nuestros gritos casi siempre son mudos y solemos esconder los puños dentro de los bolsillos, para que no los vea nadie. 




Este es uno de los dos textos ganadores de La Columna, taller impartido por Marta Peirano y Jacobo Bergareche, y que publicamos en calidad de artículos invitados.

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