Música

Un recorrido por el Primavera Sound 26

Me fui dando cuenta de algo bastante obvio que a veces olvidamos: la mayor parte de las experiencias musicales se disfrutan mucho más cuando las compartes con alguien.

9 de junio 2026


El día de antes de viajar a Barcelona rumbo al Primavera Sound 2026 me di cuenta de que las tres ocasiones que he ido a dicho festival coinciden con los años del mundial de fútbol desde el 2018. Mi primer año surgió fruto de un concurso de MANGO que ganamos mi amiga Eva y yo. 

Con diecinueve años y en plena época de exámenes pensaba en este festival como una experiencia completamente inaccesible, una especie de fever dream en el que se juntarían todos los artistas que tenía guardados en mi respectiva plataforma de streaming. La grandiosidad de este festival es en gran parte lo que genera unas expectativas inabarcables al proyectar lo que ocurrirá en el recinto. 

Sin embargo, la experiencia al final te avisa de que normalmente aquello a lo que más ganas tienes de ver suele ser lo menos emocionante, y que lo más divertido termina siendo el encontrarte con cosas que no conocías o que habías olvidado. Por ejemplo, creo que muchas pensábamos en el concierto de My Bloody Valentine, y en cómo iba a ser una experiencia sónica cuyos bajos y sonido ambiente nos harían volar por los aires cual pájaro shoegaze, aunque tal vez el momento más anticipado del festival fue el concierto de Cameron Winter y Geese.

Ahora bien, lo primero que no te habrías esperado que ocurriese en la primera jornada del festival es la gran lluvia torrencial que justo empezó durante la primera mitad del concierto de Geese. No tengo claro si es que yo no estaba en la posición idílica en el público, o si el viento que ya empezaba a arrancar movía al sonido de tal forma que la mezcla no llegaba correctamente al exterior del escenario, pero desde mi experiencia casi nada se escuchaba bien más allá de la batería. Cameron además parecía nervioso e inquieto, consciente de que la gente se estaba empezando a mojar y con poca energía para sacarnos del hoyo en el que nos estaba empezando a empujar la lluvia. En un primer momento, la gente se sacaba el chubasquero de plástico y se reía pensando en lo épico del momento en el que se veía entrar la lluvia en el escenario y cómo Cameron Winter continuaba cantando mientras se le mojaba el flequillo. La broma dejó de hacer gracia cuando tuvieron que terminar un poco antes y el agua comenzaba a calarnos los calcetines. 

Ya con la ropa empapada, la gente aún parecía motivada y muchos nos movimos al escenario del anfiteatro para ver a Oklou, quien parecía haber abierto el cielo con el sonido de su flauta dulce luminiscente durante los escasos 45 minutos en los que dejó de llover. En este momento alcé la mirada y recuerdo una foto que hice con la cámara desechable que traje en 2018. 

Al terminar Oklou voy al baño y en la cola me hago amiga de dos guiris, y uno de ellos me regala un paquete de pañuelos altamente útil para mear con la linterna del móvil puesta en el interior del baño portátil, del que salgo a una nueva situación de caos en el que vuelve a llover pero esta vez con una ferocidad que imposibilita que se sequen las manos. 

Ante la cancelación de Mac Demarco y Alex G el grupo con el que voy decide salir del recinto hacia algún sitio techado y acabamos en un kebab (al que al día siguiente no supimos volver) y secarnos al calor del torno de la carne. Durante la estancia se va la luz y el bar canta el cumpleaños feliz. Volvemos a entrar al recinto, pero nos perdemos por la identificación errónea del color de chubasquero de nuestros amigos y por ir mirando hacia abajo para que la lluvia no cayese en la cara.

El resto de la noche es irrelevante, pero al subirme al bus de vuelta me encuentro de cara a una persona con la que hablé al buscar la entrada de prensa del festival. Pienso en las casualidades de encontrarte a gente en el Primavera y en las energías que nos conectan, siendo casi más probable cruzarse con la misma persona varias veces que chocarte con una diferente cada vez. 

Arrancamos el viernes con el concierto de New Dad en uno de los escenarios principales y al fin se consigue alcanzar ese momento de entusiasmo con las gafas de sol puestas y el cielo despejado. Dicho esto, parece que algunas de las complicaciones derivadas de la lluvia aún estaban dando problemas técnicos y durante “Angel” —probablemente la canción más conocida del grupo— se corta el sonido en el momento del riff del final del tema y la banda continúa rockeando sin darse cuenta de lo que ha ocurrido hasta un par de minutos después de terminar la canción. Aun así, el directo de New Dad es uno de los más emocionantes del festival, con la energía implacable de la cantante y un sonido que reúne referencias del garage de Irlanda y UK de los 90 y 2000s. 

Ya interiorizando el frenetismo de los conciertos, continuamos con Slowdive en el escenario de al lado, pero ante el decepcionante sonido de las primeras canciones y habiéndoles visto varias veces en el pasado, nos movemos hacia la otra zona del festival a la que arrastro a mis amigos para ver a Rilo Kiley, una de las bandas que más recuerdo escuchar en el coche durante mi infancia. Además de ser los intérpretes de la canción que suena cuando se conocen Meredith y Derek en Anatomía de Grey, Rilo Kiley forman parte de la escena de pop-rock alternativo que apareció a mitad de los 2000 junto a artistas como Camera Obscura o Bright Eyes. Además, Jenny Lewis colaboró en el disco de The Postal Service, el otro proyecto de Ben Gibbard, cantante de Death Cab For Cutie.

Después vino el concierto de Britney Spears encarnada en Addison Rae, con una escenografía y coreografía non stop que dejó a todos los fans de The Cure esperando en el escenario de al lado con los ojos como platos. Al terminar, mis amigos se reían pensando en el meme de la casita rosa junto a la negra, y nos imbuimos en dos horas y media de concierto con un tierno y emocional Robert Smith que suena exactamente igual que hace treinta años. Después vemos a Pink Pantheress desde lejos, apretados entre la gente que se mueve de un lado a otro, y al terminar nos quedamos con la sensación de haber visto un tiktok muy largo. Con intenciones de ir a Viagra Boys, finalmente Javi me lleva a Raya Diplomática (a veces hay que dejarse llevar y perder la batalla) y terminamos la noche viendo a Javi Calvo dar saltos y golpear la cabeza en el aire con una camiseta de tirantes muy apretada. 

Empiezo el último día nerviosa durante la comida, sabiendo perfectamente que no voy a llegar a ver a Adiós Adiós en el escenario showcase de Adidas, aunque consigo escuchar las tres últimas canciones, la última la canción homónima, la primera del disco que acaba de sacar titulado La cuchara caliente, La sopa fría. De los conciertos de este escenario recomiendo no perder de vista a Mondo du plantis, cuyo directo me perdí el día anterior por confusión de horas en los horarios. 

A continuación me dirijo de vuelta a uno de los escenarios-catedral para ver a Big Thief, que resultó ser uno de los mejores conciertos de toda la semana, habiendo tocado clásicos del grupo como “Shark Smile” y terminando con una versión acústica de uno de sus nuevos singles “Incomprehensible”. Al terminar veo a la gente llorando a mi alrededor, incluyendo a la chica que tenía al lado, que hablaba con total normalidad con su amiga mientras las lágrimas le corrían por la cara.

Little Simz sale con una camiseta de la selección española (quizás no la mejor idea estando en Cataluña), ofreciendo un directo bailongo y emocionante en momentos, un concierto que podría haber funcionado incluso mejor si hubiese ocurrido más tarde. 

Esperando para My Bloody Valentine, Javi se hace amigo de un heavy que nos saca una bolsita zip con tapones de oídos de distintos tamaños y nos quedamos cerca de él pensando en que habrá que pedirle que nos los preste en algún momento. Sin embargo, el concierto arranca a un volumen sorprendentemente bajo y los tapones resultan innecesarios. Durante el concierto me fijo en unos globos que llevan merodeando entre el público del escenario de la izquierda desde el día anterior, y me pregunto si es alguna estrategia del festival para entretener al público más joven como si fueran niños o simplemente alguien que los soltó ahí. El sonido se regula progresivamente, pero la bajona de las expectativas ya estaba instalada y nos vamos para asomarnos a Olivia Rodrigo


Dijon fue probablemente el concierto que más disfruté de todo el festival —aunque cantó Many Times a una velocidad tan frenética que era imposible seguirle el ritmo—, con un micrófono de diadema al estilo de Addison Rae, el cantante se movía por el escenario y se doblaba sobre sí mismo mientras sacaba las letras crudas y desoladas de sus discos, rodeado de un porrón de músicos bajo unas lámparas de papel que lograban crear un espacio de intimidad sobre el escenario. En Gorillaz nos tumbamos en el césped artificial detrás de las barras (sorprendentemente nadie nos pisó) y al terminar dimos vueltas otro rato hasta despedimos.

El Primavera es un festival frenético y acelerado en el que existe poco margen para sentarse a charlar o intercambiar opiniones sobre los conciertos, pero aún con la sobrecarga de estímulos y la cantidad de guiris concentrados en un mismo recinto, en esta ocasión resultó un ambiente medianamente tranquilo, sin los agobios de gente de otros años en el que el aforo parecía aplastar. 

El festival te ofrece diversos momentos para soltar tensiones —pensemos en los conciertos de Wet Leg, Addison Rae y Little Simz incitando al grito pelado—, o descubrir nuevos artistas si decides ir a alguna de las diversas islas de las marcas patrocinadoras. Pero mientras me encontraba dando vueltas por los recorridos del festival pensando en si debería irme sola a ver x o a y, me fui dando cuenta de algo bastante obvio que a veces olvidamos: la mayor parte de las experiencias musicales se disfrutan mucho más cuando las compartes con alguien.

El Primavera Sound ofrece una infinidad de opciones de experiencias, pero para mí personalmente me sirvió como una oportunidad de reencontrarme con amigos, y sentirme parte de algo, aunque sea solo en la duración del fin de semana. Volver a este mismo lugar también hace recordar a quienes te acompañaron por esos mismos espacios en el pasado y dónde están ahora, qué lugar ocupan en tu vida y cómo ha cambiado todo desde entonces. 

El domingo me subo al tren a Madrid a las 20:20, después de haberme zampado un arroz con bogavante y un helado de regaliz y frambuesa, con el aire acondicionado puesto a tope y una chica sentada delante comiéndose el plástico del tapón del boli bic, empiezo a anotar este texto; y al ver por la ventana que, aún siendo tarde, el sol sigue brillando con intensidad, por un momento tengo la sensación de que este sentimiento va a durar para siempre.

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