Costumbres

A favor de beber en la calle

La prohibición es básicamente por joder. Por manifestar poder.

23 de junio 2026 · 4 comentarios


En España se bebe. Mucho o poco son paradojas de sorites en las que no me bañaré, pero es posible visualizar este fantasma que recorre las calles de Madrid y tantas y tantas ciudades: la plaga de las terrazas. Uno pasea por la calle y tiene que esquivar rebaños aglutinados en torno a una mesa pimplando. Cuando llega primavera la dificultad para encontrar una mesita en la que estar augusto se reducen, y lamentablemente no existe un carnet de socio para aquellos que nos curramos la permanencia todo el año, llueva o truene, desafiando la hipotermia en invierno. Sale el sol y crecen los hongos sedientos. Y para que quede claro —por todo lo que diré después— no lo duden: me encantan los bares. Son una maravilla del progreso y símbolo de lo que es esta época; rajar y rajar acaloradamente en torno a unos cacharros para que no pase nada. Precioso Gatopardo en pedo. 


¿Alguien me puede explicar por qué es ilegal beber en la calle? Cuanto más lo hablo, menos lo pillo. Existe una frontera real a dos pasos de la última mesa de la terracita, que separa este espacio sagrado, festivo, exento, de la ilegalidad realizando el mismo acto. ¿Puede uno imaginarse otro acto donde ocurra lo mismo? Para más inri la cosa no queda ahí. La administración de turno cede la calle, nuestro espacio, a espacios privados, negándonos la oportunidad de realizar un acto tan intrínseco en nuestra sociabilidad. Es el mundo al revés. ¿Se imagina uno no poder merendar en la calle y que sólo sea posible hacerlo en restaurantes? Es de locos. ¿Cómo hemos llegado a esto? La privatización de los sectores públicos no terminó sino que siguió avanzando con esa voracidad propia de un capitalismo que quiere engullirlo todo y encerrarlo en su barriga: la sanidad, el sistema de pensiones, la educación, la calle. Alguno pensará que esto es una exageración, pero cada centímetro toca pelearlo, reconquistarlo y protegerlo porque es nuestro derecho y así lo queremos. Esta es sólo una trinchera más. Menos crucial que las otras, evidentemente, pero como bien afirma Villaroya el ocio es revolucionario. 


La justificación más escuchada para su prohibición es el ruido y la suciedad que genera. Los que así lo hacen parecen olvidarse de que ambas cosas son punibles, tanto si tiro basura en cualquier lado como si conecto mis altavoces SUPERBOOM a todo trapo a las 4:00 am en una plaza. Ya existe una regulación y un control al respecto, independiente de la actividad que lo rodee, así que seguimos. 


Personalmente practico el lateo porque creo en el desuetudo (la inoperancia de la ley escrita por medio de su incumplimiento), pero muchos de mis amigos son temerosos de dios y no quieren exponerse a romper la ley y acabar pagando multas de 100 a 600 euros por beber, por beber que es algo que vamos a hacer de todas formas. Así que es un miedo cerval el que nos arrastra a sentarnos en los bares y sus terrazas. 


Además lo que decidirá si soy multado o no por pasearme con una lata abierta por Malasaña será la discrecionalidad del policía. Y hay pocas cosas peores que depender de la buena voluntad de un agente: habla la experiencia. Prefiero a los jueces y a los perros atados por la ley para no tener que confiar en la buena voluntad de los tipos con placa. Se llama garantía jurídica y fundamenta el estado de derecho. Besos. 


Porque, como decía antes, amo los bares. Y cuando voy a uno lo hago por un motivo la mayoría de las veces. Por la callecita a la que da, la tapa que ponen, por cómo se ve el atardecer, por lo bien que la tiran o porque me cae bien el camarero. No concibo los bares —al igual que hace mucho hostelero de hoy— como la única excepción para beber fuera de casa. Pagar 3 o 4 pavos, ¡a veces casi 5!, por una cerveza que ahora llamamos doble porque la caña la mataron, y que me pongan unas patatas fritas de bolsa y chao, billetera andante, gracias por su visita, gracias puta. 


Además, el bar se ha convertido en una expresión de clase. ¿Quién puede tomarse algo después del trabajo, de manera frecuente, con esos precios? Sólo los imbéciles como yo y otros privilegiados. Veo a los obreros de mono azul, con su lata verde, a la puerta del chino exponiéndose a la multa y me hierve la sangre. Porque yo querría que existieran lugares en la ciudad –que no hay necesidad de inventar, son las plazas de toda la vida– donde pudiera producirse un encuentro intergeneracional-interclase-intercultural y todos los intra-extra que se quieran, unidos por lo que nos hace mediterráneos y gente, en general, amante del buen vivir: el placer de tomarse algo al sol y compartir, conectar si se desea. Pero eso sólo puedes hacerlo si no bebes alcohol. No importa que bebas mónster asesino o la droga que sostiene a los pobres del capitalismo: el café. ¿Qué diferencia abismal existe entre estas bebidas y las fermentadas? Que alguien me lo explique. 


Otro fundamento que escucho por ahí es el económico, porque quién irá a los bares si se puede beber en la calle. Y si los bares cierran, se cae España. ¿Habéis estado en Berlín? Allí la gente bebe sola por la calle, bier in manu, de camino a algún plan, y luego hay bares, restaurantes y lo que tú quieras. Los bares seguirán existiendo, sin duda. Lo que pasa es que se salvarán aquellos que se lo curren. Los que cuiden la forma de servir, de darnos de beber y comer. Prefiero un modelo en el que nuestros bares existan porque tienen algo que ofrecer, en lugar de un modelo que existe porque goza del monopolio del uso de la vía pública. ¿No sería más hermoso ir a este o aquel bar porque tienen oreja, ensaladilla rusa, setas empanadas? En lugar de porque sí, porque no hay otra. Incluso pudiera producirse aquello que sucede cuando no tienes más remedio: evolucionar. Aparecerán nuevas formas de experimentar la bebida para atraer clientes, como el ser humano ha hecho desde siempre, buscarse la vida. Además, no niego que la economía de los propietarios importe, pero ¿qué hay de la nuestra? Compara los precios de una lata en el súper (60-80 céntimos), con una en un alimentación (0,90-1.2 ), con una en un bar (3-4,5 eur.) Y no hemos considerado otras opciones hermosas como hacer nuestra propia bebida. Todo llegará, hermanos. 


Entonces, ¿por qué es ilegal? Después de estos argumentos uno llega a la conclusión de que es básicamente por joder. Por manifestar poder. Por no meterse en líos. Por no tener que explicarle a la gente la diferencia entre beber en el parque y ensuciar el parque. Por vagancia pura. Porque es una manifestación precisa de cuál es el estado de cosas actual. No devolverle al ciudadano ningún gramo de poder. Operando un mecanismo de control social, cada vez más frecuente, a través del poder blando, inasible, donde no hay un control férreo, sino que eres tú solo el que se coloca en el sector que quieren que te corresponda. Los niños en el parque, los adolescentes en su casa, los chavales en bares a rebosar y los no tan jóvenes en algo más exclusivo. Así uno sólo se junta con los de su ralea.  


El peor fundamento que queda es que a nadie le importa. Asumimos que esto es así y que no se puede cambiar. ¿Para qué complicarnos jugando a ser autónomos de nuestros espacios cuando es más fácil asumir, servir y callar? En estos gestos que ordenan nuestra vida cotidiana veo un rasgo servil de la sociedad actual. Además de una falta de voluntad política por hacer más fácil y más divertida la vida del ciudadano. Pequeños gestos que indican dónde estamos y en qué barco nos movemos. Es igual. Tú pide otra y no te compliques.  

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