A mí Joyce me come el coño (literal)

Podríamos cambiar la idea de tradición por la de mitología

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·

«Pobre del poeta que no tenga una tradición.»

Ensayos, T. S. Eliot

«Entonces lameré hacia arriba más y más deprisa como un perro rabioso hasta hacer de tu coño una masa densa y chorreante de corrida y babas y tu cuerpo se estremecerá hacia uno y otro lado fuera de sí.»

Cartas, James Joyce

«Precisión, espontaneidad y misterio, son las cualidades de mis poetas “favoritos” —no los que me parecen los mejores, sino favoritos en el sentido de ser como mis “mejores amigos”.»

Prosas, Elizabeth Bishop

«Todo mito es un patrón ornamental, una proposición de dos caras que permite al usuario decir una cosa y significar otra.»

La belleza del marido, Anne Carson

En la Feria del Libro de Madrid del año ya pasado escuché a una escritora actual decir con un cabreo importante: “A mí Joyce me come el coño”. Exabrupto que puntualizó con un: “pero me come el coño literal”.

El sentido de fondo de la figura sexual era mostrar una actitud de displicente rechazo hacia la idea de canon occidental, representada la totalidad en la síntesis del autor irlandés, paradigma del elitismo literario, la megalomanía machirula y la complejidad gratuita de la tradición literaria oficial.

Siendo esa la intención y siendo el Ulises una obra que pretende reunir y resolver en sus mil páginas el arco que va de Homero a las vanguardias, pasando por Dante, Shakespeare y Cervantes, la elección de atacar a Joyce como papa de los santones me pareció acertada. Aunque problemática.

La frase con tanto gancho venía a cuento de una conversación ya tópica en contra de leer a los clásicos. Hartas la mayoría de las personas presentes en la charla de los escritoros de siempre con sus tópicos, prejuicios, y violencias, se negaban en bloque a leer otra vez la misma forma de ver el mundo propia del hombre blanco cishetero aristócrata/burgués.

La misma escritora había expuesto cómo una de las grandes limitaciones de la tradición literaria oficial era su concepción del mundo “oculocéntrica”.

Tengo que reconocer que yo no conocía la palabra y me sonó a culo.

Después, un poco por contexto, un poco por etimología, entendí que se refería a que la mayoría de nuestra literatura más engalanada (y masculina y blanca y heterosexual) estaba muy centrada en el sentido de la vista, en el ojo (óculo), y ponía como ejemplo la representación del sexo en la novela moderna por parte de la heterosexualidad masculina como algo básicamente visual, una erótica de lo que se ve y lo que no se ve, hilo que esto mantenía con la presente pornografía mainstream hiperexplícita, hiperdepilada, hiperacrobática, donde el sexo es pura imagen brutal, sin olor, ni sabor, ni tacto. Motivo por el cual, la autora decía no tener el más mínimo interés en leer a esos señoros tan aburridos y poco sensitivos, despreciando siempre los sentidos no intelectuales, olfato, gusto y tacto, declaración que culminó instando al borracho irlandés a practicarle un cunilingus.

En todo caso, no pude evitar preguntarme si esa escritora habría leído el Ulises. ¿Por qué elegía a James Joyce, el autor hombre heterosexual que más ha escrito sobre la viscosidad de las corridas, el sabor férreo de las menstruaciones, el olor ácido de los pedos, como representante de la literatura oficial para ser condenado al paredón del sexo oral por “oculocéntrico”? O realmente significaba culo o no parece el más pertinente.

Y al mismo tiempo, ¿no era precisamente la demanda de esa autora no tener que leerse el puto Ulises? ¿Hace falta leer el canon para descartarlo? ¿Hay que distinguir entre las preferencias, el rechazo y el ataque? ¿Por qué molestan tanto y dan tanta rabia ciertos clásicos universales?

James Joyce and Nora Barnacle, seated on a wall in Zurich. Image from the UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York (Pillada a nuestros amigos de la Paris Review)

*

T. S. Eliot escribe en 1919, tres años antes de la publicación del Ulises, el artículo “Tradición literaria y genio individual” en el que fija la idea del sofisticado escritor contemporáneo como un esforzado estudioso de sus predecesores, los clásicos y los modernos, para, recogiendo lo que ya se ha hecho, aportar algo de su genialidad a esa línea de acumulación. Una idea bastante pesada de la literatura, por qué no decirlo, y que de una forma u otra sigue funcionando.

En muchos círculos (diría que en todos menos tres o cuatro babas reaccionarios) desde hace ya al menos cuatro o cinco décadas, esa tradición, que cada autor debe conocer, recibir y articular para poner su pequeña aunque brillante piedra, se encuentra en revisión. Cada grupo, desde su perspectiva y sus preocupaciones particulares, revisa y reescribe el contenido de esa tradición, de ese canon. Ahora bien, la idea de Eliot queda intacta.

La literatura feminista tiene su canon, y no conocerlo te desacredita como intelectual, poeta y activista seria. La literatura queer tiene su canon, y no conocerlo te invalida para la práctica y comentario de las experiencias corporales y sexuales emancipadas. La literatura poscolonial tiene su canon, y no conocerlo te convierte en un neocolonialista cultural y literario. Y así podríamos seguir con cada uno de los colectivos que se han visto infrarrepresentados en el tradicional Canon Occidental y que con mucha razón y afortunadamente han hecho la tarea de desenterrar del olvido, del silenciamiento y de la violencia, las autoras y escritores geniales que evidentemente ya estaban ahí desde hace siglos y construyen otra historia, otra tradición.

Cada tradición necesita dibujar un canon para explicarse y comprenderse, para disfrutar y dialogar, para seguir aportando visiones nuevas y saber ponerlas en juego con las clásicas. Pero, ¿sería posible una literatura sin canon ninguno, sin contenido previo, sin tradición?

*

Yo ya no sé si esta idea se la escuché a Ernesto Castro o a Andreu Jaume o a Georges Steiner (un señor, eso seguro): los griegos son los niños, la antigüedad clásica de la Antigua Grecia es la infancia de nuestra cultura, el origen de nuestra tradición; y nosotros, los presentes, con todos los siglos posteriores a la espalda, con Roma, con la larga y aún misteriosa Edad Media, con el Renacimiento, y el Barroco, y el Romanticismo, y la explosión vanguardista, y el cine, collage, performance, tenemos una memoria de anciano, los del hoy somos la ancianidad de occidente. Incapaces de movernos con tanta cultura a las espaldas, perdidos y confusos en nuestro océano de recuerdos con los que ya no podemos hacer nada más que perdernos entre la confusión.

Pero Grecia, origen y punto de partida de nuestra tradición, es un pueblo sin tradición. Eso le echa en cara el milenario Imperio Egipcio, cargado con sus largas dinastías de faraones y su profunda historia, se burla del brutal y desmemoriado pueblo del norte, esos salidos, borrachos y horteras de las islas del Mar Egeo que por no saber no saben ni el nombre de sus antecesores. Por eso apenas sabemos nada de la Grecia Arcaica, porque no les importaba una mierda.

Sabemos que el imaginario contemporáneo de aquella civilización, cuna de la política, la filosofía, y el arte clásico, es una invención del romanticismo alemán, y el ideal clásico a partir de la sobriedad caliza de las ruinas que reconstruye Winckelmann, y la lírica hímnica y elíptica al estilo de Píndaro recuperada por Hölderlin. Pero aún nos cuesta interiorizar el partenón lleno de colores y brillantes kitsch, Safo como una poeta narrativa y repetitiva y seguramente cursi, la tragedia como un rito etílico y sacrificial al dios Dionisio en la oscura noche sagrada, a Sócrates y Platón como dos pedófilos borrachos y reaccionarios, el uno viejo, gordo y calvo haciendo juegos de palabras, el otro un gymbro de tomo y lomo.

Es Roma, al acoger ciertas figuras, tipos y proporciones griegas como modelo, la que crea la idea de tradición, la idea de canon previo y modelo clásico, y a partir de ahí todo se va a la mierda. Bueno, no a la mierda. Pero es una exigencia leer todo lo anterior, casi científicamente, casi enterrándose en academia erudita, en una batalla de egos engordados con lecturas bulímicas, casi siempre más impostadas que gozadas, para ver quién cita más de memoria, ya sea a Shakespeare, ya sea a Lorde (Audre o la otra, da igual).

Grecia es el origen de la tradición, parece que inventó todo, porque realmente inventó todo, de cero, sin saber hacerlo, sin preocuparse de cómo lo hicieron los antiguos maestros. Como los Beatles, que cuando les preguntaron que cómo tuvieron la irreverencia de revolucionar la música rock americana siendo tan jovencitos respondieron: es que no teníamos ni idea de música y no sabíamos que eso no se podía hacer.

¿Y si pudiéramos ser griegos? ¿Y si pudiéramos olvidarlo todo, empezar de cero? ¿Ser horteras, kitsch, ordinarios, borrachos y un poco cursis y un poco gymbros? Pedófilos no, ¿pero, lo demás?

Podríamos mandar a todo el canon a comernos el coño, la verdad, pero a comernos el coño literal. Quiero decir, una relación sexual con los clásicos. Pero no sexual, guarra. Liberación libidinal de la Biblioteca. El capítulo de Luna Miguel precisamente sobre el Ulises de Joyce en Leer mata podría servir de carta fundacional. El ensayo “Contra la interpretación” de Sontag como Antiguo Testamento. 

Una literatura sin necesidad de canon, ni de tradición, ni de altares, pero sí de mitos, con sus héroes, bestias y toda clase de criaturas metamórficas. Un vasto olimpo de dioses y diosas diversos, poliamorosos, eróticos y violentos. Una literatura oculocéntrica, pero esta vez sí de culo.

Los griegos no tenían tradición, pero sí tenían mitología, un cosmos de arquetipos, formas y fuerzas para relatar y relatarse y fluir entre sus identidades, y por lo que tengo entendido estaban todo el día comiéndose los coños, las pollas, los culos y todo lo que podían. Podríamos cambiar la idea de tradición por la de mitología.

Me gusta la frase de la escritora: A mí Joyce me come el coño, pero literal, literal. Y si no me corro, lo dejo y leo otra cosa

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Ensayos, T. S. Eliot

«Entonces lameré hacia arriba más y más deprisa como un perro rabioso hasta hacer de tu coño una masa densa y chorreante de corrida y babas y tu cuerpo se estremecerá hacia uno y otro lado fuera de sí.»

Cartas, James Joyce

«Precisión, espontaneidad y misterio, son las cualidades de mis poetas “favoritos” —no los que me parecen los mejores, sino favoritos en el sentido de ser como mis “mejores amigos”.»

Prosas, Elizabeth Bishop

«Todo mito es un patrón ornamental, una proposición de dos caras que permite al usuario decir una cosa y significar otra.»

La belleza del marido, Anne Carson

En la Feria del Libro de Madrid del año ya pasado escuché a una escritora actual decir con un cabreo importante: “A mí Joyce me come el coño”. Exabrupto que puntualizó con un: “pero me come el coño literal”.

El sentido de fondo de la figura sexual era mostrar una actitud de displicente rechazo hacia la idea de canon occidental, representada la totalidad en la síntesis del autor irlandés, paradigma del elitismo literario, la megalomanía machirula y la complejidad gratuita de la tradición literaria oficial.

Siendo esa la intención y siendo el Ulises una obra que pretende reunir y resolver en sus mil páginas el arco que va de Homero a las vanguardias, pasando por Dante, Shakespeare y Cervantes, la elección de atacar a Joyce como papa de los santones me pareció acertada. Aunque problemática.

La frase con tanto gancho venía a cuento de una conversación ya tópica en contra de leer a los clásicos. Hartas la mayoría de las personas presentes en la charla de los escritoros de siempre con sus tópicos, prejuicios, y violencias, se negaban en bloque a leer otra vez la misma forma de ver el mundo propia del hombre blanco cishetero aristócrata/burgués.

La misma escritora había expuesto cómo una de las grandes limitaciones de la tradición literaria oficial era su concepción del mundo “oculocéntrica”.

Tengo que reconocer que yo no conocía la palabra y me sonó a culo.

Después, un poco por contexto, un poco por etimología, entendí que se refería a que la mayoría de nuestra literatura más engalanada (y masculina y blanca y heterosexual) estaba muy centrada en el sentido de la vista, en el ojo (óculo), y ponía como ejemplo la representación del sexo en la novela moderna por parte de la heterosexualidad masculina como algo básicamente visual, una erótica de lo que se ve y lo que no se ve, hilo que esto mantenía con la presente pornografía mainstream hiperexplícita, hiperdepilada, hiperacrobática, donde el sexo es pura imagen brutal, sin olor, ni sabor, ni tacto. Motivo por el cual, la autora decía no tener el más mínimo interés en leer a esos señoros tan aburridos y poco sensitivos, despreciando siempre los sentidos no intelectuales, olfato, gusto y tacto, declaración que culminó instando al borracho irlandés a practicarle un cunilingus.

En todo caso, no pude evitar preguntarme si esa escritora habría leído el Ulises. ¿Por qué elegía a James Joyce, el autor hombre heterosexual que más ha escrito sobre la viscosidad de las corridas, el sabor férreo de las menstruaciones, el olor ácido de los pedos, como representante de la literatura oficial para ser condenado al paredón del sexo oral por “oculocéntrico”? O realmente significaba culo o no parece el más pertinente.

Y al mismo tiempo, ¿no era precisamente la demanda de esa autora no tener que leerse el puto Ulises? ¿Hace falta leer el canon para descartarlo? ¿Hay que distinguir entre las preferencias, el rechazo y el ataque? ¿Por qué molestan tanto y dan tanta rabia ciertos clásicos universales?

James Joyce and Nora Barnacle, seated on a wall in Zurich. Image from the UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York (Pillada a nuestros amigos de la Paris Review)

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T. S. Eliot escribe en 1919, tres años antes de la publicación del Ulises, el artículo “Tradición literaria y genio individual” en el que fija la idea del sofisticado escritor contemporáneo como un esforzado estudioso de sus predecesores, los clásicos y los modernos, para, recogiendo lo que ya se ha hecho, aportar algo de su genialidad a esa línea de acumulación. Una idea bastante pesada de la literatura, por qué no decirlo, y que de una forma u otra sigue funcionando.

En muchos círculos (diría que en todos menos tres o cuatro babas reaccionarios) desde hace ya al menos cuatro o cinco décadas, esa tradición, que cada autor debe conocer, recibir y articular para poner su pequeña aunque brillante piedra, se encuentra en revisión. Cada grupo, desde su perspectiva y sus preocupaciones particulares, revisa y reescribe el contenido de esa tradición, de ese canon. Ahora bien, la idea de Eliot queda intacta.

La literatura feminista tiene su canon, y no conocerlo te desacredita como intelectual, poeta y activista seria. La literatura queer tiene su canon, y no conocerlo te invalida para la práctica y comentario de las experiencias corporales y sexuales emancipadas. La literatura poscolonial tiene su canon, y no conocerlo te convierte en un neocolonialista cultural y literario. Y así podríamos seguir con cada uno de los colectivos que se han visto infrarrepresentados en el tradicional Canon Occidental y que con mucha razón y afortunadamente han hecho la tarea de desenterrar del olvido, del silenciamiento y de la violencia, las autoras y escritores geniales que evidentemente ya estaban ahí desde hace siglos y construyen otra historia, otra tradición.

Cada tradición necesita dibujar un canon para explicarse y comprenderse, para disfrutar y dialogar, para seguir aportando visiones nuevas y saber ponerlas en juego con las clásicas. Pero, ¿sería posible una literatura sin canon ninguno, sin contenido previo, sin tradición?

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Yo ya no sé si esta idea se la escuché a Ernesto Castro o a Andreu Jaume o a Georges Steiner (un señor, eso seguro): los griegos son los niños, la antigüedad clásica de la Antigua Grecia es la infancia de nuestra cultura, el origen de nuestra tradición; y nosotros, los presentes, con todos los siglos posteriores a la espalda, con Roma, con la larga y aún misteriosa Edad Media, con el Renacimiento, y el Barroco, y el Romanticismo, y la explosión vanguardista, y el cine, collage, performance, tenemos una memoria de anciano, los del hoy somos la ancianidad de occidente. Incapaces de movernos con tanta cultura a las espaldas, perdidos y confusos en nuestro océano de recuerdos con los que ya no podemos hacer nada más que perdernos entre la confusión.

Pero Grecia, origen y punto de partida de nuestra tradición, es un pueblo sin tradición. Eso le echa en cara el milenario Imperio Egipcio, cargado con sus largas dinastías de faraones y su profunda historia, se burla del brutal y desmemoriado pueblo del norte, esos salidos, borrachos y horteras de las islas del Mar Egeo que por no saber no saben ni el nombre de sus antecesores. Por eso apenas sabemos nada de la Grecia Arcaica, porque no les importaba una mierda.

Sabemos que el imaginario contemporáneo de aquella civilización, cuna de la política, la filosofía, y el arte clásico, es una invención del romanticismo alemán, y el ideal clásico a partir de la sobriedad caliza de las ruinas que reconstruye Winckelmann, y la lírica hímnica y elíptica al estilo de Píndaro recuperada por Hölderlin. Pero aún nos cuesta interiorizar el partenón lleno de colores y brillantes kitsch, Safo como una poeta narrativa y repetitiva y seguramente cursi, la tragedia como un rito etílico y sacrificial al dios Dionisio en la oscura noche sagrada, a Sócrates y Platón como dos pedófilos borrachos y reaccionarios, el uno viejo, gordo y calvo haciendo juegos de palabras, el otro un gymbro de tomo y lomo.

Es Roma, al acoger ciertas figuras, tipos y proporciones griegas como modelo, la que crea la idea de tradición, la idea de canon previo y modelo clásico, y a partir de ahí todo se va a la mierda. Bueno, no a la mierda. Pero es una exigencia leer todo lo anterior, casi científicamente, casi enterrándose en academia erudita, en una batalla de egos engordados con lecturas bulímicas, casi siempre más impostadas que gozadas, para ver quién cita más de memoria, ya sea a Shakespeare, ya sea a Lorde (Audre o la otra, da igual).

Grecia es el origen de la tradición, parece que inventó todo, porque realmente inventó todo, de cero, sin saber hacerlo, sin preocuparse de cómo lo hicieron los antiguos maestros. Como los Beatles, que cuando les preguntaron que cómo tuvieron la irreverencia de revolucionar la música rock americana siendo tan jovencitos respondieron: es que no teníamos ni idea de música y no sabíamos que eso no se podía hacer.

¿Y si pudiéramos ser griegos? ¿Y si pudiéramos olvidarlo todo, empezar de cero? ¿Ser horteras, kitsch, ordinarios, borrachos y un poco cursis y un poco gymbros? Pedófilos no, ¿pero, lo demás?

Podríamos mandar a todo el canon a comernos el coño, la verdad, pero a comernos el coño literal. Quiero decir, una relación sexual con los clásicos. Pero no sexual, guarra. Liberación libidinal de la Biblioteca. El capítulo de Luna Miguel precisamente sobre el Ulises de Joyce en Leer mata podría servir de carta fundacional. El ensayo “Contra la interpretación” de Sontag como Antiguo Testamento. 

Una literatura sin necesidad de canon, ni de tradición, ni de altares, pero sí de mitos, con sus héroes, bestias y toda clase de criaturas metamórficas. Un vasto olimpo de dioses y diosas diversos, poliamorosos, eróticos y violentos. Una literatura oculocéntrica, pero esta vez sí de culo.

Los griegos no tenían tradición, pero sí tenían mitología, un cosmos de arquetipos, formas y fuerzas para relatar y relatarse y fluir entre sus identidades, y por lo que tengo entendido estaban todo el día comiéndose los coños, las pollas, los culos y todo lo que podían. Podríamos cambiar la idea de tradición por la de mitología.

Me gusta la frase de la escritora: A mí Joyce me come el coño, pero literal, literal. Y si no me corro, lo dejo y leo otra cosa

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