Yo diría que el párrafo de Reliquia se sostiene en una lógica lírica, no narrativa. No encadena coherencia de hechos, sino afinidades afectivas y sonoras entre imágenes desgajadas, sin acabar, detalles, recortes, parciales, conectadas a nada, reflejan ese tipo de fisura emocional del recuerdo suelto, del trauma incomprendido, en la frase suelta.
“Y que en el amor, decía, no hay ni una maldita cosa que esté mal, pero que uno ha de saber liberar a la bestia de la propia jaula, soltarla sin buscar domador alguno ni nadie que venga a abrirle la puerta de par en par: la soledad es algo terrible, le escribía, y por eso hay que gritar a tiempo, hablar cuando sea necesario.” (p. 12)
Yo creo que liberar a la propia bestia, desatar al minotauro, que con su abrazo mata a sus visitantes, es peligroso e injusto. Este párrafo roza lo inmoral, o al menos trata a la bestia de forma banal. A la vez es cierto y me siento cerca emocionalmente de esa afirmación. Es una tensión problemática, compleja. Creo que eso está bien.
Yo pienso que este libro no se ajusta a la coherencia, y ahí reside su fuerza. Es errático en la información que da, pero cada error en el dato matiza una emoción dada, cada vez más densa, y profunda, y certera. No explica, por eso los datos dispares van sedimentando capas de vida que resultan coherentes por su contradicción. Va yuxtaponiendo elementos sin coserlos, y parche a parche el collage es más rico en lugar de más errático.
Yo diría que es una de las escrituras más reconocibles hoy. Es grandioso y concreto, lírico, infernal y material, cotidiano, tenebroso y sonriente. No es fácil ser varias cosas sin ser torpe, cursi, copiota o vulgar. En este libro se conjugan con rigor y no ceden a la estructura, ni de la frase, ni del párrafo, ni del capítulo tan convencional y estandarizado en estos días. Solo eso ya es una resistencia literaria considerable en este sistema, aunque debería ser la condición de necesidad para cualquier escritor que nos parezca reseñable literariamente.
“Habían pasado miles de años. La calma del lugar era viva. El aire se paseaba ingenuo entre los pinos y el verdor opaco de los cipreses ocultaba las palomas. No había pasado nada. El mundo era inmenso. Solo el trozo de cuerda cortada indicaba que aquella noche había existido con certeza”. (p. 21)
Yo definiría este libro como una carta en segunda persona, en que no le dice nada a su padre que no le quiera decir. Como ocurre en las cartas sinceras, solo se dice lo necesario, lo que uno necesitaba contar al otro y para lo que se puso a escribir la carta. Si se emociona, se emociona, si necesita comparar compara, lo mismo que en un diálogo con un muerto, no hay literatura, solo necesidad, las palabras que necesita. Y es muy difícil saber lo que uno necesita.
Yo pensaba que el suicidio era el lugar donde el lenguaje se bloquea. Este libro opera ese bloqueo. A veces son frases muy simples las más difíciles de encontrar.
Yo me pregunto, ¿por qué este no es sencillamente un libro macabro y morboso? ¿Por qué esto es calidad literaria y no exhibicionismo barato en frases cortas y simples? Propongo su desarticulación no explicativa, no reconfortante, no redentora. Intuyo el proceso material con las palabras duras, sin otro horizonte basado en el discurso o la moral. Solo el trabajo textual de la grieta biográfica. No explica, por ejemplo, la disonancia entre la creencia familiar, que se comenta de pasada, de que su padre se ha pegado un tiro en la cabeza, y la cierta soga al cuello en el sótano. Por eso funciona y duele. Ahí reside su fuerza y honestidad. No explicar.
Yo creo que es un libro bello y complejo, no solo escabroso. Aunque quizá su redención de lo escabroso como material literario válido, no utilizado como reclamo o seducción amarillista, sino como objeto de trabajo válido, esta reivindicación, digo, quizá sea uno de sus grandes valores. Igual que antes se recuperó el chiste o ahora lo cursi, lo escabroso es una posibilidad; es el tratamiento siempre lo que determina su valor. Coge lo morboso para hacerle las preguntas más importantes, allí donde es más difícil: en el centro del dolor, y no en sus experiencias más vistosas o seductoras.
“Una carta de amor con el intento frustrado de recuperar el cuerpo, con el deseo de tocarlo, y el desafío de atravesar el tiempo: ¿puedo volver a vivir contigo los años que no compartimos?” (p. 41)
Yo siento en este texto subrayable cada frase, no sé si eso es bueno, también eso lo hace agotador, en un sentido profundo, pero es muy difícil de conseguir, hay que tener mucho estilo.
“Nos queríamos como quisiste tú y enterrábamos los fantasmas ruidosos en el punto más lejano de nuestro descampado.” p. 43
Yo me pregunto ahora, que veo esas frases que subrayé con tanta convicción, en la anterior por ejemplo, qué me pareció tan impactante en esa línea, y el hecho de que descontextualizadas y fuera de su página no resulten tan certeras me parece una prueba de que no son frases de tuit efectista, sino oraciones que en su discurso literario, si vienes de las páginas anteriores, resuenan con una fuerza armónica o disonante, pero solo entendible dentro del texto, y para mí eso es una virtud.
Yo señalaría que es un buen libro porque las emociones y deseos son confusos y problemáticos, pero las palabras son claras y concretas para hallar y señalar esa confusión problemática. En este libro las imágenes y reflexiones son lo contrario al lugar común sobre la herida, el suicidio o el yo, pero suenan tan naturales como si fueran verdades y dudas compartidas. Por eso pienso también que ciertas citas no terminan de funcionar fuera del libro.
“«Espero que algún día Pol lea mis poemas y me considere a su altura, me considere digno de él, porque eso sería un elogio muy grande, sería algo que me haría sentir digno de haber vivido.» […] Mentiría si dijera que me gustan tus poemas. Quisiera decir que sí…” (p. 44).
Yo veo en este libro una serie de problemas literarios y políticos complejos acerca de la autoficción y los criterios que codifican el género, hasta cierto punto nuevos.
Yo creo que aquellos que hemos vivido un suicidio y luego hemos sido felices tenemos que habitar la insoportable idea de que esa persona podría haber vivido esta felicidad con nosotros y quizá le habría salvado; pero tenemos que explorar una idea aún más insoportable, como es que quizá con el suicida todavía presente entre nosotros, todavía vivo, esta felicidad podría no haber llegado; la insoportable idea de que el suicida tuviera razón: “es mejor así”. Y este libro deja entrever esa insoportable duda y no recuerdo haberla leído antes.
“Quisiera saber a qué te referías cuando escribiste que viviéramos la vida que no habías sabido vivir.” (p. 47)
Yo pediría que atendiéramos a los verbos de Pol Guasch, deberíamos pensar mucho en los verbos de Pol Guasch.
Yo envidio el lenguaje de la emotividad, el de la lengua privada y la palabra común, el léxico familiar como acuñó Ginzburg, ese doble movimiento de lo familiar, que es por un lado lo sencillo para todo el mundo, pero por otro lado lo familiar entendido como lo más propio, privado e idiosincrásico de cada familia, y ese extrañísimo equilibrio que es dominio de los mejores poetas en su lengua, lengua materna, lengua familiar, e intransferible. Otro motivo para lamentarme de no poder acceder a ese lenguaje y a este libro en catalán.
Yo digo que lo que se dice de cualquier suicida es una estupidez porque no se les puede preguntar acerca de aquella decisión que reescribe el significado de una vida y de esa decisión misma. ¿Lo reescribe? Reliquia propone lo contrario, dice que no debemos leer la vida de nadie como suicida, y es estimulante, pero ¿no es este libro precisamente la lectura de una vida con el suicidio como clave de lectura de esa misma vida del suicida?
“...leí que, cuando un suicida decide matarse, el dolor desaparece, recupera la calma, lo invade una especie de cansancio feliz, cierta claridad pasajera, como un descanso que llega después de mucho tiempo dudando. Está tranquilo. […] En la última foto que tenemos juntos, ya lo has decidido. No sabes cuándo, quizá ni siquiera sabes cómo, pero ya lo has decidido.” (p. 71).
Yo no veo bien resuelto el capítulo 6, el de la noche de fiesta con Berta. Entiendo la intención de dar aire a la densidad dramática del libro, entiendo la relevancia de Berta para el protagonista, entiendo la necesidad de dar al protagonista una escena totalmente propia donde se construya su desvinculación del padre y del trauma, pero me parece que las noches de fiesta millenial aún no están bien representadas en nuestra literatura. Si alguien tiene algún ejemplo lo agradecería mucho. A mí se me desinfló el libro aquí, y creo que después le cuesta remontar (aunque lo consigue por momentos) precisamente por haber perdido esa radical tensión sostenida con lo insoportable, para mí es su gran éxito formal.
“…bailamos como si trabajáramos, con el cansancio del ir y venir y las ganas de volver a casa, con el miedo al día siguiente y a saber que la noche terminará como han terminado todas las noches hasta ahora, convencidos de que cada vez tiene menos secretos que revelarnos, la noche, que solo hay un rato muy breve, impuro, casi desnudo, en el que todo es posible, que a veces no llega ni a existir, ese momento, y que volveremos a casa solos, que cuando uno quiera irse el otro querrá más, que nos dará pereza pagar un taxi y cruzaremos la ciudad a pie calladamente, con la tristeza esa que duele en el pecho cuando la noche se cierra y el día comienza, y la gente que va a trabajar nos mirará con envidia y furia, y sentiremos que el corazón nos late con nerviosismo: el miedo que indica que los días de juventud se empiezan a acabar. […] Primero pensé en Berta y luego no, primero no lo miraba a los ojos, a aquel chico, y luego sí, nos arrimamos poco a poco y no fue difícil entender qué queríamos el uno del otro, porque el deseo, si quema fuerte, niega el misterio, y el resto, pues el resto tiene que ver con las cosas que no tuviste tiempo de decirme.” (p. 75)
Yo señalaría las escenas de poetas suicidas como el acertado elemento que cose y da aire al crudo ejercicio de escritura sobre el padre suicida.
Yo creo que también es un libro rencoroso y también creo que está bien salvar el rencor como emoción operativa, que no hace falta ponderar, ni aprender a “situar la emoción”, que puede ser productiva en su irresolución. Aquí el rencor encuentra verdades necesarias.
“En el aeropuerto, os reciben los padres de mamá y sus tíos. También tus padres. Todas las personas que esperabais. Todas las personas que dentro de dieciséis años empezarán a olvidarte”. (p. 116)
Yo pienso que la literatura del yo es una estética de época como otra cualquiera, y que hasta ahí es igual que la novela realista del XIX o la poesía mística medieval, ni buena ni mala, sino un formato propio de su tiempo.
Yo pienso que toda estética en su presente termina resultando repetitiva, porque si lees los libros de tu presente todos se te parecen y es difícil distinguir los buenos de los malos, pero si te leer las novelas de adulterio del XIX, o a los experimentos vanguardistas de entreguerras, solo vas a llegar a las obras maestras porque las otras se perdieron, y por eso parecen todas únicas y todas necesarias, pero en su tiempo también habría una sobreabundancia de propuestas parecidas y mediocres. No todos los folletines eran Dickens y todas las señoras ricas modernistas eran Gertrude Stein.
Yo pienso que en este libro, Reliquia, ese formato de la literatura del yo amplía horizontes y se abre hacia lugares nuevos, problemáticos y ricos.
Yo apunté todo esto mientras leía este libro así según me salía sin darle muchas vueltas, pero recordé algo que leí en internet (y escuché, antes, en el CBA).