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Mañana sale la nueva novela de David Uclés, La ciudad de las luces muertas (Destino, 2026), un libro que jamás se tomaría en cuenta entre las páginas de crítica de un campo literario sano porque esto no es literatura, es un producto de consumo, y sin embargo aquí estamos.
Pero la culpa no es de Uclés (y demás malos escritores actuales que se aprovechan de la situación y se los presenta como “gran literatura”, etiqueta que hoy vende), la culpa fue de Juan Benet (y aquellos buenos escritores de los 80 que pervirtieron el sistema literario español y jugaron al juego del mercado y el estado).
Si hoy no somos incapaces de distinguir el preparado comercial de un Premio Planeta de un periodista de la Ser que saca un libro y le hace la pelota al PSOE, de un académico rancio de la RAE que juega a ser la pluma armada del neoliberalismo fascistoide, de un escritor que construye una obra y una propuesta literaria para representar, pensar y juzgar nuestro tiempo, es por culpa de aquellos que se dejaron llevar por los cantos de sirena del oro socialdemócrata (le robo la expresión y la idea al siempre certero Chirbes) y todo empezó por una apuesta con los amigos y la puñetera OTAN.
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Dos fueron los gestos de Benet que sentenciaron nuestro sistema literario hace ya cuarenta años.
Se cuenta que todo empezó como una apuesta con sus amigos, que le provocaban diciendo que no era capaz de escribir una novela fácil, y así Benet preparó en unos meses una novelita titulada El aire de un crimen en la que condensaba sus tópicos y simplificaba su estilo en un formato entretenido y digerible.
En 1980 todo el mundo entendía que el Premio Planeta y las novelas de consumo no eran algo a tener en cuenta literariamente, que la literatura tenía intenciones estéticas y políticas, de crear algo nuevo y denunciar el poder establecido, que buscar la sofisticación y la profundidad era un valor de los mejores autores, despreocupados de asuntos como la fama o las ventas.
Y, de repente, uno de los mejores novelistas de la década anterior, quizá el más difícil, se presentaba al premio más comercial que existía para ni siquiera ganarlo (quedó finalista) y empezar a mezclarlo todo. En un golpe de mano, literatura y mercado se llevaban bien.
Años después, ya en 1986, cerca del final de la primera legislatura de Felipe González, el presidente del gobierno que había ganado las elecciones bajo el eslogan “OTAN, en principio no” le da la vuelta antes del referéndum prometido para decir ahora “Vota SÍ en interés de España”. Hacer tragar una organización tan mal vista entre los sectores socialistas iba a requerir una fuerte campaña de legitimación externa. Es ahí donde aparece de nuevo Benet.
Continuando una iniciativa de Javier Pradera, Juan Benet impulsa y redacta un manifiesto defendiendo el sí a la OTAN que consigue que firmen gran parte de la intelectualidad del país, escritores de su generación y líderes culturales de la izquierda española, que tan críticos habían sido con las contradicciones y manipulaciones del felipismo (entre otros, Gil de Biedma, Juan Marsé, Luis Goytisolo, Álvaro Pombo, Jorge Semprún, Carlos Bousoño e incluso su amigo el descreído Rafael Sánchez Ferlosio, firma de la que se arrepintió toda la vida en público y en privado).
De repente, comunistas, socialistas, sindicalistas, gente que había estado en la cárcel o el exilio durante la dictadura, poetas del realismo social, perros viejos antitodo, eran orgánicos al poder establecido y favorables a una organización militar, con Juan Benet a la cabeza.
Y así, se empezó a enfangar el asunto. Si el gran Benet se presentaba al Planeta, ¿por qué iban a ser tan vulgares escritores los otros candidatos? Si el sofisticado Benet apoyaba al gobierno en favor de la OTAN, ¿por qué otros gacetilleros arribistas chupópteros del estado no iban a poder ser bien considerados intelectuales de alto vuelo? En el nuevo sistema literario todo era muy tolerante y horizontal: gusto popular y socialdemocracia.
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Este ha sido precisamente el argumento de Uclés (último paradigma de la literatura oficial y comercial) de los últimos meses cuando ha visto que se juzgaba su obra literaria. También el de su escudero Manuel Vilas. Exactamente el mismo argumento de Juan del Val (compañero de grupo editorial de ambos): si el mayor valor de un escritor es llegar al lector común, ser popular, ¿cómo no va a ser gran literatura aquella que gusta a cientos de miles de personas? Y cuidado con quien diga lo contrario, que es un elitista snob que se quiere distinguir del vulgo despreciando al lector medio y los libros para el pueblo.
Al final, el alegato antintelectualista de María Pombo: “leer no te hace mejor persona” es la reflexión más compleja y el ataque más certero a estos fantoches que vienen a decir que gracias a sus libros, tan buenos y entretenidos, la gente “por fin lee”, siendo así ellos, que han “salvado la literatura y a la sociedad”, los más soberbios y pedantes. Solo la Pombo ha sabido responder a esta perversa estrategia en que se confunde intencionadamente “gustar” con “vender”, y “popularidad” con “marketing” (perversión ante la que el resto del sistema callamos).
De este modo, aceptando los sobornos de grandes corporaciones empresariales y siendo útiles a una retórica oficial y buenista, con el paraguas de lo popular y lo sencillo como valor democrático, nuestra literatura se ha visto liderada por voces mediocres, discurso orgánico, literatura mala y en ocasiones ni siquiera literatura.
Solo así se puede entender que Luis García Montero y Almudena Grandes sean considerados el canon de la poesía y la novela española actual, que Pérez Reverte o Rosa Montero sean (todavía hoy) las voces públicas más autorizadas de nuestro periodismo, que Manuel Vilas (por favor, ¡Manuel Vilas!, que no es que no sepa escribir, es que no sabe ni hablar) o Manuel Jabois pasen por como escritores introspectivos y profundos. Esta es la literatura oficial, tolerante y popular. Y es imposible que construyamos otra, si ya no puede haber otros medios legitimadores o sancionadores de la calidad literaria que no sea “lo que quiera el pueblo”, es decir, lo que venda El Corte Inglés.
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No es verdad, no es gusto popular, es capitalismo. Es un objeto de consumo, no literatura. Puede que si empezamos a decir en público lo que todos comentamos en privado algunas cosas cambien, porque de hecho las cosas ya están cambiando y se está empezando a decir. Porque, parece obvio, la gente está ya un poco harta de mercadotecnia, buenismo cancelador e hiperexposición del autor vedette (le robo el término a la despiadada y acertada Lorena G. Maldonado). Y quizá así podamos dejar de atender al fin ciertos libros, que está excelente que existan para quien quiera un producto de entretenimiento fácil, pero no son literatura y no hay por qué perder el tiempo.
Quedan fuerzas resistentes, sectores y autores que entienden que el viejo apaño les funciona y quieren alargar este juego de disfrazar de tolerancia y éticas del cuidado lo que son lógicas de mercado e interés privado. David Uclés lidera la estrategia con un proyecto basado en llegar al público más que en escribir; en responder en sus redes como si fueran lo mismo a insultos fascistas y homófobos totalmente intolerables, que a cualquier comentario negativo sobre su obra para así, metiendo todo en el mismo saco, bloquear cualquier crítica tiñéndola de ataque moral; y todo ello basado en un relato, tanto político como literario, orgánico y tópico, que en esta última entrega (Premio Nadal mediante) llega a unos niveles de simplificación fastbook que rozan la prosa clickbait. Es un modelo que está calando, autores que con solo una o dos novelas parecen haber renunciado ya a seguir pensando lo literario, a trabajar en su estilo, a tensar el arco en el debate público. Ellos prefieren uniformidad del discurso y celebración incondicional.
Otros tenemos ganas de hablar de textos, de discutir propuestas y que nos discutan nuestros argumentos, de pelearnos un poco pero sobre literatura y de buen humor, de seguir leyendo, trabajando, escribiendo, probando, fallando, pero con un campo abierto al debate, y que sepa distinguir preparados industriales de folios entre tapas y obras literarias.
Cada quien que elija qué prefiere: leer a Benet, o copiarle el gesto.