Cuando alguien dice que hoy en día no puede haber nada transgresor porque en nuestra sociedad no hay dogmas ni nada que transgredir, yo imagino que esa persona no ha leído a Angélica Liddell.
Angélica Liddell devuelve a la literatura su orden ritual. Las palabras no se usan comunicativamente o de forma utilitaria, sino como conjuro. El uso particular de unas palabras para un sentido otro. En el rito lo sagrado se invoca por la vía del sacrificio. Liddell es el propio cordero de su sacrificio y se sacrifica en holocausto por nosotros en cada una de sus páginas. Esta sociedad aséptica y esterilizada quiere el revestimiento sagrado sin sus páginas contenido visceral, así que repudia a la sangrante y berreante Liddell. Provocadora, la llaman.
Lo único que provoca Liddell es una fuerte conmoción humana, un sentido vital trágico, nuestra mejor literatura desde Valle-Inclán, Santa Teresa y Calderón; es la vergüenza de todo el resto de nuestra literatura, de todo el resto de nuestra cultura, de toda nuestra sociedad en general.
Cuando digo que Angélica Liddell recupera el sacrificio, que está en el centro de lo sagrado y nos obliga a contemplar el horror, no lo digo condescendiente y alegre. Lo digo al borde del vómito y con la repugnancia profunda que me produce cada página de Angélica. Solo con la última página del primer cuento me dio ganas de romper el libro y mandar a esta viciosa a la mierda. Qué necesidad había de escribir esa salvajada, de construir tanto dolor, qué necesidad de violar y matar un bebé ahogado bocabajo con la lengua hinchada. Qué necesidad de semejante sacrificio, qué necesidad el arte, qué necesidad vivir.
La mejor escritora viva de nuestro país nos recuerda que en el centro de lo sagrado está el sacrificio. Que la santidad necesita de la sangre. Que Dios reclama muerte, siempre la reclama.
En nuestra sociedad, vacunada de horrores, de moral profiláctica, utiliza un laico “Dios proveerá”1 de economía de mercado sin saber qué significa.
Como hoy somos ateos, o mejor, agnósticos, estamos muy tranquilos y seguros lejos de esoterismos rancios y pensamientos tan castos y subyugados a fanatismos arcaicos. Nos preocupamos muchísimo cuando creemos ver un repunte del cristianismo en LUX o Los domingos. Ingenuos, pensamos que no tenemos Dios, que se puede vivir sin Dios, que no reclama cualquier Dios, sea el que sea, sus sacrificios humanos y animales, que la vida no está sedienta de muerte.
No se preocupen. Ya está aquí Angélica Liddell para recordarnos los sacrificios, rituales, vísceras y muerte que exige: el feminismo; la ecología; el culto al cuerpo; la ética de los cuidados; el autocuidado; la socialdemocracia.
Si quieren verlos, leanlo. Seguramente prefieran apartar la mirada. No es agradable, de hecho resulta insoportable, dan ganas de vomitar al verlo. ¿Qué es lo que vemos? Al humano siendo humano. A nosotros mismos violando y matando niños en nombre de nuestros dioses posmodernos. Y no, claro que no es agradable.
Y además es peligroso. También sabemos por los viejos dioses que no hay Dios que permita contemplar su horror. Que uno debe sacrificar a su hijo en obediencia al Señor y apartar la vista cuando este arrasa el mundo.
Sabemos que todo el peso y el castigo de nuestro Dios caerá sobre nosotras si miramos su sádica destrucción, la propia socialdemocracia nos condenará si osamos mirar sus horrores. El castigo lo soporta Angélica por nosotros. ¿Qué vieron esas mujeres al echar la vista2 atrás en el instante anterior a ser condenadas? ¿Qué horrible fuerza les llamaba a contemplar el horror aún sabiendo que sería su última mirada? ¿Qué dice de nosotras la belleza de la entraña encarnada en nuestros vicios una vez apartados los ropajes mugrientos de la cultura?
En ese misterio se esconde el sentido del rito, lo sagrado y el sacrificio. Hoy muy pocas se atreven a invocarlo. Angélica Liddell es la papesa3 de todas ellas.
No voy a decir que este sea el libro más despiadado de Angélica. Son muchos sus libros con los que yo he sentido ganas de vomitar de asco y de miedo4. Pero, como en La casa de la fuerza, quizá cuando Liddell se enclava en los géneros más convencionales y aburridos (aquí el relato, allí el teatro) es cuando más nítido se ve su gesto terrible, cuando más clara se enfoca su tan brutal transgresión. En otros libros más híbridos y autoficcionales que a mí me interesan más, como el tríptico del luto, se puede aceptar esa masa inmunda como bilis regurgitada de veras por una vida sufrida. Aquí, formateado y configurado en patrones vulgares que el público entiende y reconoce la imagen del cadáver putrefacto (como siempre pasa con la ficción) se vuelve mucho más infecta y maloliente que en la realidad misma, y no hay quien lo soporte.
De veras en ocasiones querría comerme el libro entre llantos o reventarlo a golpes hasta que me sangraran las manos.
Eso produce la literatura de Liddell, enajenación, pasión y miedo. Grito, vida, deseo de muerte. No creo que se pueda alcanzar nada más hondo con el arte.
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1 La frase proviene del pasaje bíblico del sacrificio de Isaac. Cuando este sube junto a su padre Abraham al monte para sacrificar un cordero en nombre de Dios, el hijo le recuerda al padre que han olvidado llevar el cordero, y es entonces cuando el padre le responde “Dios proveerá”. El cordero del que Dios va a proveer, como todos sabemos, o quizá ya lo hayamos olvidado también, es Isaac. El padre va a matar al hijo en nombre de Dios, porque así se lo ha pedido su Dios.
2 Sabemos que Eurídice pudo escapar del Inframundo, pero cayó de nuevo al echar la vista atrás para ver por última vez los horrores sufridos por sus compañeros de condena. Igual que la mujer de Lot, convertida en estatua de sal por girarse a contemplar la destrucción de Sodoma.
3 Gran Papesa Angélica, te odio por cada uno de los niños asesinados, violados, desahuciados, maltratados y asfixiados de este tu último libro.
Y te odio también por recordarnos que en el centro de la literatura, en el centro de lo sagrado, siempre está el sacrificio del cordero, y que el cordero siempre es aquello que más veneramos y adoramos, y que sin ese horror no hay lo sagrado, ni la literatura, ni nada.
Te odio, gran papesa, te odio y quiero que mueras degollada en la plaza pública y tu cuerpo desnudo se pudra a la vista de todos para que la sociedad civil reunida celebremos tu ridícula descomposición.
Y así la sociedad civil reunida veamos al fin el horror y al mirar quedemos todos convertidos para siempre en estatua de sal fijados en nuestra escultórica perfección inerte, para siempre, para siempre en nuestra perfección.
4 Ambas hacia mí principalmente.