Descubrí recién, vía la filósofa no académica Malén Denis, un simpático apelativo entre mujeres rioplatenses, que encierra, a su vez, una valiosa categoría cultural: cornuda. ¿Qué significa que alguien te diga cornuda; cornudo? «Cornuda» implica una manera de estar en el mundo, y su sentido real alcanza una magnitud mucho más vasta que su connotación más primitiva (nada que ver con líos de cama). Éticamente, el sujeto cornu —en principio, el término es acuñado para referirse a mujeres, pero pronto descubres la universalidad de su alcance— se caracteriza por una premeditada desconexión con ciertos aspectos de la realidad (un sesgo pragmático y de supervivencia; en corto: no ver lo que no se quiere ver; o ver solo lo que se quiere; una desviación delulu); además de una cierta joie de vivre y una indisimulada atracción por el azúcar, lo chato y lo cheesy. Cornudas, para que se entienda, son las velas navideñas de Zara Home con forma de casita de waffle y aroma salted caramel. Cornudas son las hamburguesas Vicio. Cornudas son las clases de spinning de Lapso Studios y, desde luego, sus discursos motivacionales finales. Cornuda es Soho House and so on and so on. Pensé en esta categoría antropológica —que a mi parecer amerita un ensayo en sí mismo, como el texto de Sontag sobre lo camp— ahora que empecé a ver una de mis series favoritas de Netflix, Emily in Paris (ahora Emily in Rome), quees toda una Capilla Sixtina de la cornudez, además de un bombón genético que permitirá a los historiadores del futuro descifrar cómo era la vida, y sobre todo el inconsciente, de nuestro tiempo.
«Si te gusta la caca, te gusta la caca», me dijo la persona con la que empecé a ver la serie, que, como todos mis amigos, conoce bien mi honda incultura cinematográfica, que no escondo.
En 1953 llegaba a los cines Roman Holiday, la película protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck, que acuñaba una simbología hoy reconocida como cultura popular en todo el mundo: la experiencia romántica de recorrer la capital italiana en Vespa. La cinta no solo fue una cuña publicitaria sin par que disparó las ventas de Vespa, el vehículo ideado por el industrial Enrico Piaggio para reconvertir su fábrica de armas después de la II Guerra Mundial (probablemente, Vespa no existiría hoy sin la peli esa); también es un ejemplo de lo que podríamos referir como simulacro pre-posmoderno: esa Roma jamás tuvo referente real, es decir, que no existió, y, sin embargo, expidió un sinfín de reproducciones que llegan a hoy, y que van desde emprendimientos como las motos eléctricas de Yego (hoy uno puede pasearse por París o Barcelona en una simulación de Vespa verde eléctrica, alquilada a través de una app de móvil, sabiendo, o no, que está participando en una sucesión de ficciones sin referente real) hasta varias de las escenas de Emily in Rome, que reproducen toda esa iconografía romántica, mientras el espectador experimenta una tibieza abismal. Ni un solo fotograma, en un océano de cuerpos e imaginarios normativos, puede excitar la imaginación erótica de quien mira. Un síndrome de Stendhal de la indiferencia.
So what?
Básicamente, lo anterior explica una pastilla difícil de tragar por casi toda la crítica cultural de nuestro tiempo, que es que la realidad no existe. La primera resistencia a una producción como Emily in Paris es que es poco realista o distorsiona la realidad; inconveniente que se alivia cuando uno descubre que su pacto con el espectador está más cerca de los mundos de Tolkien que del naturalismo de Pardo Bazán. Todo es un disparate. Nadie, si no una víctima de la psicosis, reconocería como aspiracional la rueda de cócteles de Aperol que constituyen el trabajo de la protagonista. Es como si hubieran decidido convertir un banner de Vueling en una serie de infinitas temporadas. Si funciona, yo creo, es porque exprime hasta la última gota la neurosis colectiva que sufrimos en relación al concepto de autenticidad: manifestamos rechazo a cualquier signo de gentrificación (la serie retuerce una y otra vez gags sobre el social media, el fomo y la destrucción del espacio público), mientras, a su vez, nos morimos de ganas por experimentar lo auténtico de los otros («¡el Nápoles de Sorrentino!», «¡el neorrealismo mágico de las escritoras latinoamericanas actuales!», «¡la literatura cozy japonesa de gatos y librerías!», «¡aaaaaaAAAAAAaa!»). En esa tensión, a nuestras ciudades les sucede lo que los escritores de ficción sufren en sus promos. Recientemente, leí del escritor Daniel Saldaña París en Substack lo siguiente: «¿Cuenta como autoficción si era ficción cuando lo escribí pero después hago todo lo que pasa en el libro?»; enunciado que Aixa de la Cruz reproducía afirmando que «la ficción es un conjuro, y al final se cumple». No puedo estar más de acuerdo. Y, más o menos, eso es lo que ocurre con el simulacro. En mi opinión, anclada en la fe absoluta en el aceleracionismo como última salvación escatológica (cada quién piensa desde sus prejuicios), llegará un día en que hacerse una foto delante de la Fontana di Trevi será una acción autorizada por Byung-Chul Han, pero eso es harina de otro costal.
Signo de época: el cringe-watching; mirar compulsivamente imágenes que nos causan vergüenza ajena (un amigo que intenta ser influencer; un adversario/ un ex/ un familiar que nos cae mal que pierde los papeles en público; alguien que manifiesta evidentes signos de limitación cognitiva…). Si hubiese que definir el cringe, sería incompletitud de lenguaje. Se le ven las costuras. Sus intenciones transpiran. La gramática es burda. Psicoanalíticamente, no atiende al superyó. Está más allá del bien y del mal. Por eso lo envidiamos. En su puerilidad, lo deseamos para uno. El cringe remata el límite que separa la indignación de la admiración. Nos sume en un estado de embriaguez y confusión. ¿Qué es esto que estoy sintiendo? ¿Y por qué no puedo dejar de mirar? Todo Emily in Paris es una orgía del cornucringe. Ver Emily in Rome, de hecho, en Netflix, con tu pareja, en una festividad cualquiera —quizá los dos vais vestidos con jerséis navideños, quizá no—, en un salón que huele a cirios derretidos de Zara Home, debajo de una manta, es, lo mires por donde lo mires, una monstruosidad civilizatoria; un iceberg antropocénico a la deriva, camino a su extinción, y que nos recuerda que el final de temporada está cerca (¡o no!). En el fondo, una buena noticia.
Feliz 2026.