A finales de 2025, Demis Hassabis, CEO de DeepMind y Premio Nobel de Química, y Yann LeCun, uno de los padres fundadores de la Inteligencia Artificial y ex científico jefe de IA en Meta, protagonizaron un intercambio que bien podría convertirse en el debate intelectual de nuestro tiempo —una especie de Foucault versus Chomsky para el siglo XXI—. El tema en disputa era la propia noción de inteligencia: ¿qué es? Para LeCun, la inteligencia general no existe, ya que la inteligencia en el ser humano está físicamente condicionada por su propia biología, perspectiva según la cual existen realidades que no podemos percibir. Hassabis, en cambio, le afeaba a LeCun esta confusión entre inteligencia general, la capacidad de resolver una amplia clase de tareas, e inteligencia universal, noción que postula sistemas capaces de aprender cualquier cosa computable, dado el tiempo y los recursos adecuados. Independientemente de la postura que adoptemos (en sí mismo, el debate echa raíces que llegan a Heidegger, Husserl o Kant, como poco), al fondo encontramos una pregunta incómoda por muchos motivos: ¿es posible programar un dispositivo lingüístico que nos conmocione de una manera artística? Que es como decir: ¿puede una máquina producir arte o pensamiento —o, por lo menos, la clase de contenido que un ser humano pueda reconocer como tal...?
En los sesenta, Joseph Weizenbaum, científico del MIT, desarrolló una especie de chatbot de IA primitivo que básicamente se dedicaba a reescribir la información que el usuario le proporcionaba: si tú le decías que te sientes solo, la máquina te preguntaba por qué te sientes solo, lo cual causaba una sensación de calidez entre sus interlocutores. Cuenta la leyenda que la secretaria de Weizenbaum, al ser pillada en conversación con el ordenador, le pidió si le podía, por favor, dejar a solas con la máquina. En realidad, es una precuela de lo que ya estamos viviendo con los distintos LLMs: la mayoría de la gente está usando la IA como compañía conversacional, en lugar de como herramienta de operaciones, que es para lo que se inventaron, en realidad.
Pero si le preguntas a una mayoría de intelectuales, su respuesta será que su obra resulta irremplazable, y que el arte o el pensamiento son, por definición, humanos.
¿Seguro?
Entre 1751 y 1772, Diderot y d’Alembert impulsaron el proyecto de la Enciclopedia, o el Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios. Símbolo preclaro de la Ilustración, la Enciclopedia constituía una especie de nuevo género literario orientado a centralizar el conocimiento humano. A finales del siglo XX, era habitual que los padres adquiriesen estas colecciones de libros con el propósito de garantizar un saber universal en las casas. Ya en el siglo XXI, superada la edad dorada de Encarta1, empezó a extenderse, de manera más o menos inconsciente, el consenso de que la acción colectiva en Wikipedia resultaba más útil que la dirección individual de este tipo de proyectos (el modelo de Diderot y d’Alembert) —a pesar de que: ¿quién no recuerda la amenaza de profesores y tutores sobre los peligros de buscar información en Wikipedia…? Independientemente de la necesaria comprobación de datos que los lectores más educados llevan a cabo hoy, empieza ya a ser más habitual buscar artículos enciclopédicos a medida a través de LLMs, que previamente ya han procesado toneladas de información (incluida Wikipedia). He aquí un ejemplo claro sobre cómo una máquina no solo puede reemplazar al ser humano en el desarrollo de todo un género, sino mejorarlo. La imagen, también, explica un concepto que produce un temblor comprensible:
Humanidades posthumanas.
Si aceptamos que una máquina puede ya reemplazar a un ser humano en la elaboración de un artículo enciclopédico, un artículo periodístico o una traducción, ¿podríamos pensar entonces que existen géneros literarios más humanos que otros…? ¿O, simplemente —siguiendo el razonamiento de Hassabis—, es cuestión de tiempo y recursos entrenar un sistema de computación capaz de escribir obras que reconozcamos como literarias —de la misma forma que ya reconocemos obras enciclopédicas o periodísticas que son el resultado de una máquina…?
Tirando del hilo, uno pensaría que es más probable que una máquina escriba antes un buen ensayo que un buen poema: si el primero tiende a componerse de una orden de silogismos racionalmente encadenados, el segundo se asoma a las profundidades del lenguaje de una manera que resulta más difícil de explicar. Pero, entonces, ¿por qué un lector formado puede reconocer con facilidad la literatura epigonal? ¿Por qué quien advierte el deslumbramiento en la poesía de, pongamos por caso, Octavio Paz, también puede reconocer la repetición de patrones que existen en la poesía de su discípulo, Homero Aridjis, uno de los últimos candidatos mexicanos al Nobel de Literatura; que es algo que, inevitablemente, atenúa —pero no apaga— la admiración ante la obra? ¿Será que, en efecto, incluso las grandes obras tienen patrones? ¿Acaso no sería Aridjis, en palabras de Hassabis, un algoritmo entrenado —con el suficiente tiempo, contexto, memoria y recursos— para replicar la sensibilidad de Paz —que, además, según la teoría del gusto y la creatividad más extendida hoy, tampoco respondería a un golpe de genio divino, sino a una suma de talentos y habitus (gusto) socialmente aprehendidos y refinados…?
Lo anterior insinúa una hipótesis que, por cierto, va en consonancia con la dirección de la propia historia de la humanidad, que no es otra cosa que la historia del progresivo empequeñecimiento del ser humano en relación al cosmos. Freud, a principios del siglo XX, enumeraba tres grandes acontecimientos históricos que habían significado «golpes al orgullo humano». La primera gran herida sería la revolución copernicana, donde descubrimos que la Tierra no es el centro del universo. El segundo es Darwin, que nos descubrió que el ser humano no es una creación especial, sino resultado de la evolución del resto de animales. El tercero es el propio Freud, que introdujo la idea del inconsciente, según la cual nuestra conducta está determinada por procesos mentales que no controlamos.
¿Estaremos ya acaso dentro de la cuarta gran sacudida...?
Pero es que basta un zoom out en forma para entender que la historia de la literatura no es, en realidad, más que el agregado de la historia de diversos movimientos y géneros literarios, y que el propio entendimiento de lo literario muta constantemente: nada tiene que ver el sentido del poema en Alejandra Pizarnik, Friedrich Schiller o Torquato Tasso, por no hablar de las tradiciones no occidentales como el haiku. La noción de lo bello, la intención de la escritura (política en unos casos; estética en otros) o la importancia de la autoría (nula en el haiku) son parámetros que difieren de manera atronadora. Lo mismo ocurre en prosa. La escritura de Tolstoi en Ana Karenina —destartalada y apresurada por los deadlines, e inspirada por la vocación realista de representar el mundo— nada tiene que ver con San Agustín, que es lo que hoy llamaríamos un bello propagandista; o con las secuelas del monólogo de Molly Bloom, donde la novela, arrinconada, empieza a plegarse ad infinitum sobre sí misma. Si la línea de tiempo sigue su curso, el próximo gran salto cuántico no vendrá de la escritura de ninguna obra, sino de la escritura del código que sirva de exoesqueleto para elaborar una mejor literatura y un mejor pensamiento: si lo piensas, se trata de una vuelta a los orígenes en puridad (la primera obra literaria de la historia occidental fue un trabajo de edición, de hecho, y no un original, en el sentido que lo entendemos hoy). He aquí el punto de fuga al cual van a parar no solo las fantasías de Donna Haraway, sino también del propio Homero, si existe.
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1 Enciclopedia digital multimedia lanzada por Microsoft en 1993