Cuando vengas a Madrid, chulona mía
Siento si este texto te aliena y no te sientes representada en todo este madridcentrismo. Yo también me siento alienada y por eso lo escribo.
13 de abril 2026 · 1 comentario
Siento si este texto te aliena y no te sientes representada en todo este madridcentrismo. Yo también me siento alienada y por eso lo escribo.
Uno de mis grandes temas últimamente es dónde una se ubica con respecto a la ciudad. Ciudad para decir centro cultural o sitio donde pasan las cosas o the place to be o el lugar de referencia o allí donde siempre habrá quien sea como tú. En mi caso, esto siempre ha sido Madrid. Madrid como lugar al que se va porque es allí donde pasan cosas, porque es ahí donde se hace la cultura, porque es ahí donde hay que estar si quieres hacer algo, si quieres ser alguien. Porque es dificilísimo hacer cosas en un pueblo de catorce mil habitantes en el que siempre eres el outsider porque te gustan cosas extrañas como la poesía o las ideas políticas de izquierdas o no comer animales. Go figure. A ser rara a la gran ciudad.
Y entonces una va a la gran ciudad porque lo que no va a hacer es dejar de ser una rarita ni dejar de querer ser alguien (whatever the fuck that means) ni dejar de querer encajar. Por eso de ser seres sociales o cosas parecidas. Entonces una coge autobuses o trenes y memoriza horarios de buses y trenes y pierde autobuses y trenes y maldice su pueblo y la red de trasporte público de la Comunidad de Madrid y la distancia geográfica y cultural y su pueblo y etcétera. Una maldice mucho porque tiene mal genio y es mal hablada y, también, porque los horarios de los interurbanos lo merecen.
No soy de la España vaciada pero sí de la España ciudad-dormitorio. Vivo cerca de las montañas pero no en las montañas, vivo cerca de la capital pero tampoco en la capital. Vivo en un lugar que está relativamente cerca de todo pero lo suficientemente lejos de todo como para ser un lugar poco práctico. Porque el pueblo sirve para estar en el pueblo pero no para estar en el estrellato y a mí lo único que me interesa es el estrellato así que el pueblo con su política de o coges el último autobús a las diez de la noche o te buscas la vida y su política de te miraré fatal si me preguntas si hay leche de soja y su política de, bueno, ser un pueblo y ser tan palpablemente algo que no es Madrid… pues me molesta. Porque el estrellato está claramente en la capital y a mí eso me pilla lejos. Todo un drama.
Y luego una se muda a un lugar que sigue sin ser la capital y está igual de lejos pero ¡tiene Metro! Y la vida cambia drásticamente y de repente la Revolución Industrial es algo a lo que dar las gracias. Gracias, gracias. Porque al estrellato se puede llegar mediante la línea 12, lo tengo claro. Y una sigue sin ser madrileña de verdad pero ahora puede quedarse en Madrid hasta más tarde y de repente una puede participar en la vida cultural que evidentemente solo pasa en Madrid porque lo que no pasa en Madrid no existe. Pero esto ya lo sabemos todos. Nos lo dicen los telediarios y los periódicos. Todo lo importante está en Madrid y si no está en Madrid no nos interesa. Pues vale. Pues me cojo el Metro y voy.
Y entonces tengo una conversación sobre todo esto con alguien que es asquerosamente de Madrid y veo una diferencia cultural entre nosotros que nunca antes había visto. Es curioso. La primera vez que digo tenemos perspectivas diferentes es cuando hablamos sobre lo que Madrid significa para nosotros. Porque no es lo mismo ir a Madrid que salir de Madrid. No es lo mismo tener un punto de salida que de llegada. Tú eres de Madrid y yo soy de la periferia. Wow.
Yo digo, de manera solo ligeramente irónica, que Madrid es como un genio que te da un número infinito de deseos si tienes el dinero suficiente para pagarlos. Que si quieres una croqueta de heura habrá dónde comerla en Madrid y que, de hecho, habrá un lugar dedicado únicamente a venderte croquetas de heura. Que si quieres una cerveza artesana o un garito que solo ponga hyper-post-punk-techno-jazz-postmoderno lo encontrarás en Madrid, y si quieres aprender a hacer tazas de cerámica que se parezcan mucho mucho a la Idea platónica de Bien… habrá quien te venda un curso.
A mí la cerveza artesana y las croquetas de heura y sobre todo el platonismo me dan igual. Pero lo que no me da igual es la oferta cultural y sobre todo la posibilidad de ser una estrella. No me da igual la oferta de slams y micros abiertos y jams de poesía y tertulias literarias y ferias y eventos y etcétera etcétera etcétera. No me da igual que en Madrid se materializa la posibilidad de hacer de la literatura algo colectivo. De sacar a una chavalita que escribe de su habitación propia pero solitaria y ponerla sobre un escenario, rodeada con gente que entiende, gente a la que le importa, gente que genuinamente desea escuchar. Gente que quiere escucharte no por quién eres para ellos, sino por lo que escribes. Gente a la que se la sudas pero que desea leerte, o, incluso, escucharte. Eso debía ser la gloria.
Es enero de 2022 y yo busco en Internet Poetry Slam Madrid. En ese momento pienso que el Poetry Slam es algo que solo se hace en EEUU pero también pienso que, de estar en algún sitio en España, estará en Madrid. Y resulta que tengo razón. Y aparece una página web y yo me apunto y subo a recitar y mi vida cambia drásticamente. Y luego me entero de que hay Slam en toda España. En toda Europa. En todo el mundo. No solo para los gringos. ¡Nosotros también hacemos Slams! ¡Qué bien! ¡Qué jolgorio! (No hay un ápice de ironía en esto.) Gracias otra vez más a la Revolución Industrial por la globalización y el Spoken Word. (En esto sí.)
El Slam lleva a un micro abierto y ese micro abierto lleva a muchos otros micros abiertos y el Slam lleva a ser invitada a otros Slams y a representar a Madrid y Getafe en el Slam Nacional y probablemente también, de manera indirecta, a publicar un libro. Un día te apuntaste a un Slam y has conseguido recitar en el Teatro del Barrio y eso lleva siendo tu sueño mucho tiempo. Y de repente han pasado tres años y llevas meses con eventos literarios todas las semanas y todo, todo, se lo debes a la ciudad. A la cercanía con la ciudad. A poder estar allí donde suceden las cosas. Porque las cosas suceden. Porque tú las estás haciendo. Las estás viendo pasar. Eres parte de la escena. You are living the dream y probablemente es todo gracias a Madrid.
No se me escapa que esto es una romantización que se debe a, por fin, haber encontrado un lugar en el que encajar. Porque Madrid también es la ciudad que ha votado a Ayuso y Madrid también es la ciudad que tala árboles y propone una planta por balcón y que recorta el presupuesto de las universidades públicas y quiere hacerle cosas terribles a la plaza del dos de mayo. Todo esto, también, es Madrid. Madrid no es la bohemia, ni mucho menos. Pero eso quizá cabe en Madrid y no ha cabido en ningún otro espacio que he habitado en el pasado. Así que me sabe a gloria. Gloria y contaminación, pero, oye, gloria.
Y ni siquiera te hablo de todo Madrid. Escribo desde un profundo rechazo a ciertas zonas, a las torres altas, a todo lo que huele a cryptobro y a aquí estamos diseñando el futuro, lo que siempre pienso que se traduce en estamos teniendo un meeting para ver cómo venderles vapers a bebés. Todo eso es terrible y lo odio y lo critico y me revuelvo y pongo mala cara. Te lo imaginas porque soy otra modernita medio-jipi más y hago exactamente lo mismo que esperarías que hiciera. No me gustan las cuatro torres pero Malasaña me pone contenta. Pues vale. Esto ya te lo imaginabas porque tengo un septum.
Pero Malasaña tampoco es lo que yo me imagino, por supuesto. Primero, porque yo he pisado Madrid como tres veces en mi vida así que nada se corresponde con lo que yo me imagino porque yo me imagino lo que me da la gana y la realidad tiene una terrible manía de no ser lo que a mí me da la gana. Segundo, porque Malasaña es más un paraíso de Aribnbs que la bohemia. Porque quizá la bohemia no existe. Yo que sé. Yo me la invento y digo mmmm aquí, esto era.
Pero aunque sea entre Airbnbs y hoteles que se construyen en lo que son las ruinas del parque donde mi novio jugaba de pequeño (porque existen niños en Madrid, aparentemente), está la cultura. O la parte de la cultura que a mí me interesa. Entre todo lo terrible y todo lo bonito están los bares donde se recita poesía. ¡Qué bien! Por fin, un lugar en el que entrar y decir mi manada.
El concepto de manada también tiene lo suyo y es especialmente revisable dados todos los problemas que hay y de los que se está hablando últimamente dentro del sector. No tengo muy claro lo que significa manada y ni siquiera tengo claro que me parezca un término positivo. Solo sé que yo un día entré en un bar y dejé de sentirme fuera de lugar. Sé que empecé a ir a ciertos lugares a los que iba gente que era excéntrica de manera un poco parecida a mí. Gente que decidía utilizar sus tardes contándole su movida a otros y escuchando la movida de otros. Era todo nuevísimo y revolucionario. ¡El fin del atomismo! ¡El individuo se hace en comunidad! ¡Les leo mis poemas a otros porque la poesía no la hago en soledad! ¡Yupi!
Porque en Madrid hay de todo. Hay votantes del pepé, como en mi pueblo, y gente rarita como yo, pero en mi pueblo no hay lugar designado para reunirnos. Así que me acerco y me acerco y rechazo el pueblo. Rechazo el pueblo porque me cansa que no quieran venderme matchas a siete euros o me molesta que la tradición no la revistan de revival y me cobren el triple por ello o algo así. Y me voy a Madrid y recito sobre un escenario y luego me como una puta croqueta de heura y me bebo un café de especialidad y soy tan palpablemente el problema y encima me gusta. Manda huevos. Escribo textos solo ligeramente revolucionarios sentada en una cafetería del centro en la que me puedo comer un bizcocho vegano y tomarme un ginger shot o algo por el estilo y lo disfruto profundamente. Lo disfruto con un poquito de culpa porque pienso que seguro que este lugar que vende ginger shots a precio de oro trata fatal a sus trabajadores y seguro que aquí antes había algún negocio que era mejor (más virtuoso) aunque yo no podría saberlo porque yo de Madrid no soy así que no tengo ninguna sensación de continuidad. Madrid es el cambio constante y la oferta eterna y la promesa de todo aquello en lo que podrías convertirte si se te da bien buscar en el Humana y no coger sarna.
Y hago todas estas gilipolleces —gilipolleces porque a mí las croquetas me dan igual y porque podría irme a una biblioteca— precisamente porque esto solo es posible aquí. Porque con mi matcha con leche de avena me siento muy cosmopolita. Chavalita alternativa de la capital. Chavalita que, por fin, siente que pertenece. Que aquí puede encontrar un pequeño recoveco, un pequeño lugar lleno de gente que la entienda. Aunque sea solo parcialmente. Aunque sea solo por un ratito. Pero, por ese ratito, en esa parcela de la realidad y en esa parcela de lo que soy, no me siento ajena.
A mí me dan igual las croquetas pero si se venden croquetas de heura es porque hay quien las consume, es porque hay quien quiere alternativas a la carne. Hay quien lo hace y aquí no es una tontería. La gente habla tu idioma —más o menos— y no eres una rarita, o lo eres de la misma manera en la que lo son todos. El horrible edificio de Schweppes pero también Lavapiés y recitales en centros sociales y micros abiertos en los que nos entendemos y nos abrazamos y restaurantes veganos a los que llevo a los chicos que me gustan. En mi pueblo ser vegana es solo una molestia pero aquí es algo que puedo enseñarte. Te invito a mi mundo. Mira qué restaurante más chulo. Te invito a una cena vegana y te guiño el ojo y te seduzco y eso solo es posible en Madrid: seducir mediante el veganismo. ¡Qué suerte!
La croqueta de heura no por lo que es sino por lo que simboliza. No porque lo simbólico pese más que lo material sino porque, en este caso, esta croqueta material simboliza una realidad material mucho más grande y mucho más importante que su pequeña concreción croquetil.
Ojalá que podamos hacer de la cultura, de este viaje al estrellato, algo que no solo pase en Madrid o las grandes ciudades. Ojalá estos lugares de encuentro, de pensamiento, de creatividad, en la España vaciada y en la España ciudad-dormitorio. Contruyámoslo. Quizá es – y esto me lo digo a mí – el momento de dejar de buscar matcha lattes y croquetas de heura y montar algo con los vecinos. Ahí, donde vives, donde estás. No la gran ciudad, no. En tu pueblo. Hacer algo. Y que ese algo no sea, quizá, buscar el estrellato, sino acercar la cultura a los lugares que no prometen estrellato. Eso también es importante. Mucho más que beberme otro café de especialidad.
Siento si este texto te aliena y no te sientes representada en todo este madridcentrismo. Yo también me siento alienada y por eso lo escribo. Estoy intentando dejar de ser una wannabe y pasar a ser otra cosa. Está en construcción.
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