Nada hay más serio que un niño cuando juega, nada a lo que se le preste más atención, ganas, ímpetu e ilusión. Los niños son capaces de dotar de vida a unos simples monigotes de plástico, recreando con ellos mundos y aventuras tantas veces más reales que la vida misma. Otorgan a una piedra o a una lata vacía la facultad de ser un balón con el que jugarse al último gol, al “quien marque gane”, un trofeo más inmenso que un Mundial; o con un vasto mantel de papel y unas pinturas concebir un reino ideal poblado de seres fantásticos.
Cuando son muy pequeños, ese tiempo tan interesante en el que aún no conocen la escuela y fluyen salvajes y puros, no es que no entiendan o no sepan las cosas, es que aún no han aprendido los resortes necesarios para manifestarlo con palabras, de aquí el llanto y los dibujos como salida primera. Ya lo escribió Jabois: “Hace años alguien escuchó en las calles de Madrid a un padre preguntarle a su hijo de cinco años en qué pensaba cuando aún no podía hablar. «Que te quería mucho y que no podía decírtelo»”.
Veo cómo ahora, cada vez más, los niños también juegan a las cocinitas. Y ya no es algo tan exclusivo de niñas o que te tocaba -así me tocó a mí, y ha pasado tiempo, pero no tantísimo- cuando te juntabas con amigas y primas y no quedaba otra. Además, se está imponiendo la tendencia de que cocinen y se acerquen a los fogones con pocos años, de que sepan cómo se prepara eso que les gusta tanto o aquello otro que les desagrada, pero siempre con conocimiento de técnica y de causa. Junto con llevarles a comer fuera, es una formación importantísima para su futuro, porque ahora que a la gastronomía la convierten en arte y en signo distintivo y exclusivo, que sepan cuanto antes de lo que va y lo que se mueve. Quizá así tengan la suerte de no acabar convertidos en uno de estos influencers de comida sin modales en la mesa, que todo les sorprende porque no saben comer y masuñan todo mientras mastican con la boca abierta.
Del juego al conocimiento, de la copia a la innovación, del repetir a la creación, de la diversión a la diversión, pasando siempre por la felicidad y el disfrute que debería ser siempre ponerse a cocinar o reunirse junto a una mesa.