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Las mudanzas
Llegar a un sitio, vivirlo, contarlo e irse.
11 de marzo 2026
Uno piensa que el mundo confabula contra él hasta que se percata de que su vida cabe en un maletero. Y es ahí cuando se da cuenta de que nada es tan importante. O sí.
Las mudanzas son una forma de recuerdo. Un ejercicio memorístico de quién fuiste, qué leíste y cómo vestiste en un sitio y un tiempo concreto. Una selección natural de lo que realmente importa. Un casting material. Un “qué bien me viniste en esta ciudad pero qué poco te voy a necesitar en la próxima”. Y de pronto aquel objeto que era imprescindible ya no lo es. Y sabes que vas a poder vivir sin él, pero ay, ¿y lo bien que os lo pasasteis juntos?
En el momento en el que la última caja que arrastras por el rellano traspasa la puerta de la casa en la que despertabas, esta deja de ser tuya para siempre (en realidad nunca lo fue). Pasará a otras manos. Serán otros pies los que dejen huellas en el parquet de esa cueva que habitaste como el nómada que eres. La cocina se llenará de más especias. El congelador guardará la comida casera de otra familia. Pero tranquilo, seguro que el medio limón que dejaste en la nevera sigue teniendo su papel fundamental. Así que un trocito de ti se quedará a vivir en ese techo (casi) para siempre. Algo es algo.
Recientes estudios de la Universidad Pontificia de Nostálgicos aseguran que desprenderse de una habitación arrendada es mucho más fácil de lo que creemos. Que lo magnificamos todo pero que, como dijo aquel: “tampoco es pa’ ponerse así”. Pasa lo mismo con los amores de verano y las bolas de golf. No hay que encariñarse demasiado de nada porque todo se acaba yendo.
Héctor Abad Faciolince recogió en El olvido que seremos unos versos de Quevedo dedicados a la fugacidad de la existencia que dicen así: “Ayer se fue, mañana no ha llegado, / hoy se está yendo sin parar un punto, / soy un fue, y uun será, y un es cansado”.
Las mudanzas van y vienen. Y yo con ellas. Y a veces me divierto pensando que el no encontrar cuál es tu sitio en el mundo es vivir la vida de corresponsal que siempre soñé. Llegar a un sitio, vivirlo, contarlo e irse.
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