Luis, entre copla y copla

El ir y venir de Luis por la tienda me incita al espionaje, hace que me olvide por un momento del traqueteo incesante de mi cabeza y del scroll que es mi vida.

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Luis está andando de aquí para allá, "¿crees que Almudena Grandes se sigue vendiendo?", me enseña sus tres últimas novelas. Le digo que sí, pero que yo quiero leer las primeras, que últimamente me ha entrado curiosidad. Me gusta su tienda porque siempre soy bienvenida, porque puedo curiosear y no le parece raro si me pongo a hablar, le pregunto cosas y me siento en el sofá a leer. A veces me parece que le resulta demasiado familiar, como si ya conociera otras Matildas. 

Cojo un librillo de coplas, revuelvo entre unos llaveros, toqueteo las láminas. Me siento a leer el librillo de coplas: "A las mujeres del beatnik no las publicaron, lo que han hecho es un batiburrillo de ediciones cutres para salir del paso, pero ahí hay mucha literatura sin explorar". Levanto los ojos, mira una estantería, y sigue hablando: "Este pavo con el que monté la editorial es un chorizo". Tiene una forma de hablar muy madrileña, va pasando por todas las sílabas con un extraño estilo de perro viejo. Como si tuviera la palabra Chamberí atascada en la laringe. 

Una copla que leí mientras escuchaba a Luis. Francamente atrapada por esta recomendación del librero.
Una copla que leí mientras escuchaba a Luis. Francamente atrapada por esta recomendación del librero. Pienso en lo visceral de las coplas, en que para mi también son valiosas las palabras descarnadas.

Tiene muchos años, Luis. Creo que nació en los 50, por alguna cosa que me ha contado, pero viste con chaqueta vaquera como si no existieran los catarros y las neumonías. Lleva dos aros en la oreja y anda con las manos en los bolsillos. Me recuerda un poco a Filemón, pero no se lo he dicho. Yo entro en su tienda haciendo ruido con mi plumas verde y me siento una ordinaria.

A veces no sé cómo mantiene la tienda, si cada vez que voy me regala más cosas de las que compro. "Toma, llévate esta postal que sé que te mola la música", "mira, este librillo lo hizo el que proyecta pelis en la Sala X, llévatelo", "a ti que sé que te cae bien Héctor, tengo una tira de sus tebeos, cógetelos están ahí en el cajón de la cómoda", "si el próximo día no se han llevado este disco te lo quedas". A veces, cuando me aburro por las tardes, ando hasta la tienda para entretenerme un rato. Ir ahí es mejor que visitar cualquier museo, porque además de que es gratis y no hay cola, aprendo muchas cosas y me regala muchas otras. En una ciudad en la que ya nada es gratis: ni los sobres de Kétchup, ni sentarte en la terraza, ni querer bolsa, se agradece esa generosidad dicharachera de Luis.

Su último pensamiento rumiante es que Trump no se entera de que se va a morir, dice también que los del PNV han sido los únicos espabilados y que en la movida madrileña había poco pensamiento. Cree que los comunistas de hoy son una fanfarronada, que no son los que había antes, igual los anarquistas y fascistas y demás. Dice que hay que olvidarse de la guerra y hace un cálculo rápido: "90 años hace de eso, mi padre era del 18, de los chavalines que lucharon en la guerra, y ya nada de eso debería importar más". Le digo que yo creo que la memoria es importante, que hay que hacer por ver si nuestro olvido es responsable. Y gira la cabeza, es que parece que le molesta el tema. 

Me gusta la consistencia con la que habla de las cosas, pero nunca me obliga a pensar como él y tampoco a creer en lo que dice. Luis me cae bien porque siempre asume que sé algo, le pone nombre a todo y nunca duda de que sé. Y yo asiento con la cabeza, con mucha insistencia así de arriba abajo con los ojos entrecerrados. Sí, Luis, está claro que las mujeres del beatnik no han tenido en España alguien que haga justicia a su obra. A su tienda me gusta ir a soñar, a ver fotos de señoras con cancán y rulos, señoras futuristas enseñando las tetas a una autopista, sellos descoloridos, toquetear los llaveros de comercios de antes, olfatear los libros carcomidos y escuchar el soniquete imparable de la voz de Luis. 

Él es uno más en su museo, rodeado de memoria regenta su mundo. Su universo construido con libros viejos, láminas, cuadros, objetos pequeños y raros, postales, fotos, llaveros, figuritas, discos, pósters, planos, revistas antiguas, periódicos, catálogos. Todo son cosas que no caben en mi habitación. 

Luis vive en un mundo sin patinetes eléctricos, sin Marcos Llorente y sus gafas amarillas, sin muebles de Ikea y sin aplicaciones de música con anuncios camuflados. En su tienda no hay nada hecho con IA y tampoco existen los trasplantes de pelo en Turquía. Ni el fast food, ni el afterwork, ni los onboardings, ni el pinkwashing, ni el greenwashing, ni el netflix and chill, ni el Hinge, ni el bubble tea, ni el matcha, ni la Airfryer, ni la láser diodo. En definitiva, en el mundo de Luis no existen los anglicismos y los periódicos siguen siendo en papel. 

No todo es perfecto en el mundo de Luis. Seguro que él también tiene enemigos y cuentas pendientes, seguro que alguien espera su llamada y que faltó a alguna función escolar. 

Lo mejor de su tienda es que en Internet pone que su horario es: cerrada, de lunes a domingo. Yo no sé qué hago que siempre la encuentro abierta. 

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El libro al que pertenecen las fotos: Cien coplas por soleá

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Luis está andando de aquí para allá, "¿crees que Almudena Grandes se sigue vendiendo?", me enseña sus tres últimas novelas. Le digo que sí, pero que yo quiero leer las primeras, que últimamente me ha entrado curiosidad. Me gusta su tienda porque siempre soy bienvenida, porque puedo curiosear y no le parece raro si me pongo a hablar, le pregunto cosas y me siento en el sofá a leer. A veces me parece que le resulta demasiado familiar, como si ya conociera otras Matildas. 

Cojo un librillo de coplas, revuelvo entre unos llaveros, toqueteo las láminas. Me siento a leer el librillo de coplas: "A las mujeres del beatnik no las publicaron, lo que han hecho es un batiburrillo de ediciones cutres para salir del paso, pero ahí hay mucha literatura sin explorar". Levanto los ojos, mira una estantería, y sigue hablando: "Este pavo con el que monté la editorial es un chorizo". Tiene una forma de hablar muy madrileña, va pasando por todas las sílabas con un extraño estilo de perro viejo. Como si tuviera la palabra Chamberí atascada en la laringe. 

Una copla que leí mientras escuchaba a Luis. Francamente atrapada por esta recomendación del librero.
Una copla que leí mientras escuchaba a Luis. Francamente atrapada por esta recomendación del librero. Pienso en lo visceral de las coplas, en que para mi también son valiosas las palabras descarnadas.

Tiene muchos años, Luis. Creo que nació en los 50, por alguna cosa que me ha contado, pero viste con chaqueta vaquera como si no existieran los catarros y las neumonías. Lleva dos aros en la oreja y anda con las manos en los bolsillos. Me recuerda un poco a Filemón, pero no se lo he dicho. Yo entro en su tienda haciendo ruido con mi plumas verde y me siento una ordinaria.

A veces no sé cómo mantiene la tienda, si cada vez que voy me regala más cosas de las que compro. "Toma, llévate esta postal que sé que te mola la música", "mira, este librillo lo hizo el que proyecta pelis en la Sala X, llévatelo", "a ti que sé que te cae bien Héctor, tengo una tira de sus tebeos, cógetelos están ahí en el cajón de la cómoda", "si el próximo día no se han llevado este disco te lo quedas". A veces, cuando me aburro por las tardes, ando hasta la tienda para entretenerme un rato. Ir ahí es mejor que visitar cualquier museo, porque además de que es gratis y no hay cola, aprendo muchas cosas y me regala muchas otras. En una ciudad en la que ya nada es gratis: ni los sobres de Kétchup, ni sentarte en la terraza, ni querer bolsa, se agradece esa generosidad dicharachera de Luis.

Su último pensamiento rumiante es que Trump no se entera de que se va a morir, dice también que los del PNV han sido los únicos espabilados y que en la movida madrileña había poco pensamiento. Cree que los comunistas de hoy son una fanfarronada, que no son los que había antes, igual los anarquistas y fascistas y demás. Dice que hay que olvidarse de la guerra y hace un cálculo rápido: "90 años hace de eso, mi padre era del 18, de los chavalines que lucharon en la guerra, y ya nada de eso debería importar más". Le digo que yo creo que la memoria es importante, que hay que hacer por ver si nuestro olvido es responsable. Y gira la cabeza, es que parece que le molesta el tema. 

Me gusta la consistencia con la que habla de las cosas, pero nunca me obliga a pensar como él y tampoco a creer en lo que dice. Luis me cae bien porque siempre asume que sé algo, le pone nombre a todo y nunca duda de que sé. Y yo asiento con la cabeza, con mucha insistencia así de arriba abajo con los ojos entrecerrados. Sí, Luis, está claro que las mujeres del beatnik no han tenido en España alguien que haga justicia a su obra. A su tienda me gusta ir a soñar, a ver fotos de señoras con cancán y rulos, señoras futuristas enseñando las tetas a una autopista, sellos descoloridos, toquetear los llaveros de comercios de antes, olfatear los libros carcomidos y escuchar el soniquete imparable de la voz de Luis. 

Él es uno más en su museo, rodeado de memoria regenta su mundo. Su universo construido con libros viejos, láminas, cuadros, objetos pequeños y raros, postales, fotos, llaveros, figuritas, discos, pósters, planos, revistas antiguas, periódicos, catálogos. Todo son cosas que no caben en mi habitación. 

Luis vive en un mundo sin patinetes eléctricos, sin Marcos Llorente y sus gafas amarillas, sin muebles de Ikea y sin aplicaciones de música con anuncios camuflados. En su tienda no hay nada hecho con IA y tampoco existen los trasplantes de pelo en Turquía. Ni el fast food, ni el afterwork, ni los onboardings, ni el pinkwashing, ni el greenwashing, ni el netflix and chill, ni el Hinge, ni el bubble tea, ni el matcha, ni la Airfryer, ni la láser diodo. En definitiva, en el mundo de Luis no existen los anglicismos y los periódicos siguen siendo en papel. 

No todo es perfecto en el mundo de Luis. Seguro que él también tiene enemigos y cuentas pendientes, seguro que alguien espera su llamada y que faltó a alguna función escolar. 

Lo mejor de su tienda es que en Internet pone que su horario es: cerrada, de lunes a domingo. Yo no sé qué hago que siempre la encuentro abierta. 

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