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Mándelos a Barajas
Hay edificios que necesitan instrucciones. La T4 se explica sola.
13 de agosto 2026
Hay edificios que necesitan instrucciones. La T4 se explica sola.
Si dieran un euro por leer a un Toribio escribiendo sobre arquitectura en sustrato, ya se podrían conseguir dos euros. Tampoco da para retirarse, pero ya es coincidencia. Toda una anomalía estadística.
En otro orden de cosas, el otro día asistí a una de las grandes liturgias que dicta la madurez en la modernidad tardía: la celebración de un trigésimo cumpleaños, el de mi amigo Tom. Una cita arriesgada, abarrotada de arquitectos treintañeros y de extranjeros, dos colectivos curiosamente dados a la sobreintrospección, pero felizmente aligerada por la presencia de amigos. Ocurrió en Ámsterdam, una ciudad a la que yo regresaba por enésima vez. Libre ya de la urgencia neurótica por ir tachando hitos en mi lista mental de turista, pude permitirme el lujo de simplemente estar. Experimenté de primera mano, como apuntaba Dean MacCannell en The Tourist, el backstage de la ciudad: no su fachada turística ni esa «autenticidad» empaquetada que nos alegramos de haber creído encontrar, canales de postal e infraestructuras hipergestionadas para el consumo masivo (e hipercongestionadas), sino el ritmo ordinario de sus espacios cotidianos. Más prosaicamente: me tomé unas cervezas, compré en un mercado, celebré y me perdí por un par de barrios residenciales.
Con todo, el verdadero acontecimiento del viaje ocurrió por pura necesidad logística. O, al menos, eso fue lo que me repetí para justificar el reencuentro con uno de mis grandes amores inconfesables: la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.
Hay quien sigue volando con Iberia por una mezcolanza de comodidad y nostalgia, por el sentimiento de cercanía con algo que aún percibimos como inequívocamente español, aunque la realidad societaria del grupo IAG lleve tiempo empeñada en otra cosa. Yo, sencillamente, lo hago porque opera desde la T4. Lo considero un pequeño peaje sentimental abonado con tal de no terminar atrapado en las terminales antiguas, un laberinto de techos bajos, suelos dudosos y un olor a café rancio que podríamos encontrar igual en el aeropuerto de Luton.
Siento mis llegadas a la T4 como encuentros clandestinos. Si Madelon Vriesendorp hubiera tenido que ilustrarlos, probablemente habría dibujado al Rockefeller Center irrumpiendo en la habitación para sorprenderme en la cama con la T4. La escena apenas diferiría de la portada de Delirious New York: bastaría con sustituir a uno de los protagonistas por una estructura de acero pintada de amarillo.
Hay algo inevitablemente sentimental en la relación del arquitecto con las grandes infraestructuras. Acabamos atribuyéndoles personalidad e incluso una capacidad de seducción que, vista desde fuera, solo puede interpretarse como una muy abultada deformación profesional. Rara vez hablo de esto con gente ajena al gremio. Existe entre nosotros un auténtico delirio por la megaescala que cuesta trasladar al profano. Sé que a cualquiera el aeropuerto de Madrid le puede parecer un espacio deslumbrante, no pretendo apropiarme del asombro ni reclamar su monopolio, pero cuesta explicar por qué emociona tanto un lugar concebido, en apariencia, para algo tan normalizado ya como embarcar en un avión.
Puede ser que tenga que ver con la masa ondulante de bambú, flotando sobre nuestras cabezas; o con cómo la estructura enseña sus tornillos antes que esconderlos tras un aburrido falso techo de pladur. O tal vez sea algo tan tonto como el color amarillo… Qué sé yo. Quizá solo sea que los arquitectos desarrollamos vínculos afectivos bastante difíciles de justificar. Empiezo a sospechar que la arquitectura es especialista en generar relaciones tóxicas; en el fondo, cada vez que compro un billete desde Madrid me pregunto en qué momento exacto permití que mi propia vanidad intelectual tuviera una conexión tan directa con mi cuenta corriente.
Resulta curioso que viajemos miles de kilómetros para visitar una catedral del siglo XIII y atravesemos sin pestañear algunos de los edificios más extraordinarios construidos en el XXI. Seguimos haciendo turismo arquitectónico con categorías heredadas de otra época. Peregrinamos a monumentos donde ya casi no sucede nada e ignoramos los lugares donde transcurre buena parte de nuestra vida. Hacemos cola en palacios, iglesias y museos mientras pasamos de largo por las infraestructuras que, probablemente, expliquen mucho mejor cómo vivimos hoy.
Seguimos cayendo en la trampa de la imagen, dando por bueno únicamente aquello que impresiona por lo vistoso y despreciando lo que no parece un monumento. Olvidamos que apreciar la arquitectura no debería exigir formación superior ni capacidad para fijarse en detalles técnicos reservados a los arquitectos: deberíamos poder decir que un edificio es bueno cuando el espacio resulta intuitivo, cómodo para la actividad que acoge y te remueve algo por dentro. Llevamos demasiado tiempo reservando la palabra arquitectura únicamente para los edificios a los que uno decide ir, o en los que reside.
Al historiador y crítico de arquitectura Reyner Banham le habría divertido esta discusión. El tipo se pasó media vida intentando convencer a arquitectos y críticos de que dejaran de mirar exclusivamente a los monumentos, y de que empezaran a prestar atención a las infraestructuras que organizan la vida contemporánea. Sospecho que la T4 le habría interesado bastante más que la decimoquinta rehabilitación de una manzana en un casco histórico europeo. Al fin y al cabo, pocas tipologías condensan tan bien nuestro tiempo como un aeropuerto: movilidad, tecnología, logística, comercio, representación nacional y varios miles de personas intentando no perder un vuelo.
La T4 nunca intenta disimular esa complejidad. El arquitecto principal del proyecto, Richard Rogers, pertenecía a una generación que dejó de esconder cómo estaban hechos los edificios. Frente a la obsesión por ocultar las tripas, hemos aprendido que el esqueleto de las construcciones también es arquitectura. El estilo gótico ya se dio cuenta de esto: siglos después hemos redescubierto la rueda. En Barajas, la lógica sobre la que se levantó el Centro Pompidou de París, también de Rogers, aparece ligeramente domesticada. La estructura ya no grita, susurra. Los tornillos están a la vista, no para presumir de sinceridad constructiva, sino porque simplemente pertenecen al lugar.
Hay edificios que necesitan instrucciones. La T4 se explica sola. La luz entra donde tiene que entrar, las columnas cambian discretamente de color y el espacio va haciendo su trabajo sin necesidad de acosarte con pantallas, flechas luminosas o avisos por megafonía. Uno termina encontrando la puerta de embarque con la misma naturalidad con la que sigue un sendero en el campo.
Es verdad que la T4 tampoco ha escapado del destino comercial que parece perseguir a todos los aeropuertos contemporáneos. En este último affaire descubrí nuevas tiendas y hasta un segundo local de Dabiz Muñoz. «Mamá, que hay un Mango», le grité a mi madre al teléfono. Supongo que Rem Koolhaas sonreiría con cierta resignación. En Junkspace describía un mundo donde hoteles, centros comerciales y terminales acabarían pareciéndose tanto entre sí que resultaría imposible distinguirlos. La profecía no iba desencaminada. La diferencia es que, en Barajas, la arquitectura todavía consigue imponerse al escaparate. Uno recuerda antes el techo que las tiendas, y eso ya es bastante raro. Mientras la mayoría de los aeropuertos del mundo compiten por parecerse a un casino de Las Vegas, diseñados para que pierdas la noción del tiempo, no veas el sol y termines comprando algo que no necesitas, la T4 te baña con la luz de la meseta castellana y te orienta sin gritarte. Como decía Rocío Jurado: es lo mismo, pero no es lo mismo.
Quizá por eso la T4 nunca ha sido un edificio querido únicamente por arquitectos. Basta esperar unos minutos junto al control de seguridad para comprobar que siempre hay alguien levantando el móvil hacia el techo. Todos hacen exactamente la misma foto y, sin embargo, casi ninguno diría después que ha ido a visitar una obra de arquitectura. Comienzan a proliferar hasta vídeos en TikTok. Me gusta pensar que ese es el verdadero éxito del edificio: demuestra que la gente reconoce la buena arquitectura incluso cuando no sabe que la está mirando.
Hay edificios que uno identifica por su silueta. La Torre Eiffel, la Ópera de Sídney o el Guggenheim funcionan casi como marcas. La T4 juega a otra cosa. Muy poca gente sabría dibujar su fachada de memoria, pero cualquiera que haya pasado por ella reconocería inmediatamente el techo de bambú, las columnas de colores o la amplitud hacia el espacio exterior. Es, a todas luces, un edificio cuya imagen icónica está en el interior. Y eso es exactamente lo que distingue a la buena arquitectura. No llamar la atención constantemente, sino conseguir que las cosas funcionen con una naturalidad tan insultante que uno olvide el esfuerzo que hay detrás. Lo extraordinario no es que la terminal sea espectacular. Lo extraordinario es que consigue serlo sin estorbar.
Si mañana alguien me preguntara qué es lo primero que tiene que ver en Madrid, le diría que no perdiera el tiempo en la Gran Vía. Lo mandaría directamente a coger el metro hacia la T4. No porque sea el edificio más bonito de la ciudad, sino porque quizá sea el que mejor explica cómo vivimos hoy. Es la mejor prueba de que el backstage también merece una visita. Al final, tal vez hayamos encontrado una respuesta por fin sensata, esta vez justificada, muy pedagógica, a la eterna pregunta de qué hacer con los turistas: Mándenlos a Barajas.
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