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Una mañana en el Rascainfiernos de Fernando Higueras
Se levantó un día y cavó un agujero de 9x9 metros en el jardín de su casa.
15 de julio 2026
Se levantó un día y cavó un agujero de 9x9 metros en el jardín de su casa.
Cuando la veo entiendo que es ella, aun así no sé bien quién ha de ser ella. En el metro, Mati y yo debatíamos sobre quién nos haría la visita, ¿su mujer? ¿su hija?, ¿un funcionario de alguna institución obsoleta? Optimistas, pensamos en que nos enseñaría el Rascainfiernos su mujer, que seríamos las únicas en esa visita estival de domingo y que nos invitaría a un té. Pero nos encontramos con Lola, y con una fila de gente que, como nosotras, pensaba que se encontraría a solas con ella. Nuestra capacidad de soñar es sorprendente.
Nos deja entrar en la propiedad, es un chalet grande, antiguo y agradable de esos que solo tienen sentido escondidos en la ciudad para los más privilegiados. Fernando Higueras, arquitecto español conocido por sus grandes obras y por sus vídeos de YouTube "cagándose" de una manera muy cómica y senil, en la arquitectura, cavó una casa en el jardín de la propiedad en la que vivían su exmujer y sus hijos, en Pío XII.
Es asombroso su uso del libre albedrío: se levantó una mañana y cavó un agujero de 9x9 metros en el jardín de su casa. "Hizo esto sin pedir permiso a nadie, a las bravas", dice Lola. Parece mentira todo lo que se puede hacer cuando a uno le da la gana.1
A mí me fascina ella, su manera de proteger el legado de este señor excéntrico y empecinado con su profesión, con sus pensamientos y opiniones. Un hombre al que le dio por cavar un hoyo y meterse dentro, tal vez de los únicos (que yo conozca), que se han empeñado en enterrarse.
Nos pide cinco euros a cada uno y Matilde paga, yo sigo sin entender bien quién es esta mujer que no está interesada en tomarse un té con nosotras. Tiene el pelo blanco recogido en una pinza metálica, pero un mechón le cae suavente por el lado izquierdo de la cara, fue una decisión consciente y me provoca ternura. Está morena y me encantaría saber por qué. Sé que es mayor, pero no consigo intuir cuánto. Es más joven que Higueras, por supuesto. Tiene una cara distinguida, extraña pero hermosa, es una mujer muy guapa, y no tiene ademanes de pija que son siempre molestos. Su manera de estar es quizá un poco bruta, tiene carácter y lo muestra. El vestido con estampado de cuadros verdes combina con su piel bronceada, nos invita a entrar en la casa y nos recuerda de nuevo que es importante pagar.
Nos unimos al grupo, que curiosea con prudencia: casi todos son jubilados o en el paso previo, unas señoras hablan muy alto y nos demuestran que saben muchas cosas sobre la vida del arquitecto. Matilde se descuelga del grupo y abre archivadores, lo mejor de la visita es que no hay muchas reglas, ni carteles con serias explicaciones, en ningún lado se lee un "no tocar". Revolvemos los papeles, Matilde encuentra algunos planos, el archivo de cada concurso catalogado con cuidado en unas cajoneras. Lola nos cuenta su faceta de arquitecto; la de padre, amante, marido, drogadicto y adicto al porno se la salta.
Habla de él como se habla de los genios, y levanta los brazos para señalar cada edificio, cada proyecto. "Se saltaba las bases de los concursos, eso era muy común en él", Lola dice que siempre hizo lo que le dio la gana. Era diabético y le gustaba la sauna "porque pensaba que así quemaba todo lo que no debía comer", girl math de manual. Higueras fue muy buen guitarrista, amaba el cine y las novedades tecnológicas, dormía cuatro horas diarias y odiaba las ferias de arquitectura "porque cada edificio gritaba más que el anterior". Me interesa la moqueta verde que cubre el suelo del Rascainfiernos, parece tan inofensiva, el verde es un color que les gusta mucho a los chicos.
Ella habla de él como quien ha cantado mucho la misma canción; después de un tiempo, las palabras no saben igual en la boca. Su explicación es un trámite, se enreda en lo que va contando y pierde el hilo. El grupo de señoras molestas hace preguntas retóricas, confirman con todos que saben mucho y Lola desea que dejen de hablar.
Le pregunto si él fumaba, "Solo en pipa cuando era joven, y algunos puros", me creo que por preguntarle esto seré capaz de tirar del hilo y averiguar por qué tiene tantos libros éroticos. En la misma estantería Matilde y yo encontramos "El libro de los 1.000 nudes" y "Amanecer", de la saga Crepúsculo. Abrimos algunos cajones, encontramos un diario de los 80 con muchos poemas escritos con una rima acusada pero ingeniosa. En uno de ellos relata el miedo a perder su virilidad después de operarse la próstata. Se me queda grabado uno de los primeros versos "siento de nuevo la dicha en la punta de mi picha".
"Tengo que ir un día a ver lo que cuentan" dice Lola, uno de los visitantes escuchó en la ETSAM (Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid) que el arquitecto prefería las plantas a las flores, que estas debían ser, en cualquier caso, blancas. Lola cuida de todo lo que se dice de él, la memoria de un hombre al que quiso, que ha quedado desperdigada y, como él, también bajo tierra.
Ella, su pelo blanco y su broche, se mueven por el espacio. Ella, haciendo alusión a todas las cosas que ha vivido como si fueran la anestesia de un pasado vudú. Broche, pelo, Lola... su piel morena, la voz endurecida por las cosas que no va a contarnos. La miro porque intento averiguar algo más: "ahora os vais, que he quedado para el aperitivo".
Antes de irme abro una despensa y encuentro vino, algunas botellas están abiertas aunque ella no vive aquí.
1 Existe una versión extraoficial que cuenta que Higueras construyó su casa bajo tierra porque era cocainómano con un delirio persecutorio, que además utilizó la casa para grabar películas porno. Lola omitió toda esta parte.
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