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Solo me llamo Marta Fernández
Nunca me gustó mi designio: Santa Marta es la patrona de las amas de casa, de los cuidados, patrona de los actos de servicio.
12 de marzo 2026
Nunca me gustó mi designio: Santa Marta es la patrona de las amas de casa, de los cuidados, patrona de los actos de servicio.
Hace una hora me siguió en Instagram una chica que se llama como yo: Marta Fernández. Compartimos nombre y apellido con la jugadora de baloncesto, con una nadadora de la selección española seis veces medallista olímpica, con varias periodistas reconocidas, una diputada de las de las Cortes de Aragón, la ex Primera Dama de Cuba y la actriz española que formó parte del elenco de Volver a empezar. Me gusta observar a todas aquellas que de alguna manera son como yo. Araño sus páginas de Wikipedia con un poco de envidia, es difícil ser otra Marta Fernández. Como si hubiera pocas. Mi nombre, lejos de ser propio, parece de dominio público. Cualquiera puede ser Marta Fernández.
Tengo un nombre corriente, y un apellido común. No se presta a los apodos, no se desdobla con facilidad. Al parecer, el nombre (del latín "nomen-"), no solo fue concebido para identificar un ser, según su raíz latina también servía para impregnar un destino, el presagio de un pequeño ser desconocido. Si me hubieran querido más valiente e ingeniosa me habrían llamado Águeda, Malena, Frida, Luisa, Juana o Macarena. Pero me quisieron Marta pensando en lo bíblico.
Mi único patrimonio. Mi única manera de presentarme al mundo es esta, Marta Fernández. ¿Y yo? Yo estoy al otro lado de lo que conlleva.
"Marta" es un nombre hebreo. En la Biblia, Marta de Betania es una amiga de Jesús, hermana de María y Lázaro. Es la responsable, recoge los platos, dócil, mientras los hombres siguen de sobremesa. Un día le dice a Jesús que María no le ayuda, se queda charlando con los demás, él le responde: "Marta, Marta, tú te afanas, mas solo el amor es importante".
Igual que a los antiguos, me condiciona la metanarrativa de los nombres: los designios.
Nunca me gustó mi designio: Santa Marta es la patrona de las amas de casa, de los cuidados, patrona de los actos de servicio. En hebreo, Marta quiere decir "señora". De pequeña fui reaccionaria ante ello, misándrica y contestona, nunca fui tan mansa como para que me llamaran Marta. Tal vez a mí en otro momento también me tengan que decir que solo el amor es importante.
Supongo que es el nombre de alguien que no se debía hacer notar pero que no podía evitarlo: la que recoge mientras el resto mete baza. En un pueblo de la Provenza, Tarascón, se venera a Santa Marta porque doblegó a un dragón que acechaba al pueblo. Se dice que ella lo amansó. Ya después lo mataron otros.
A mí los nombres me saben a cosas en la boca, y los que amo los preservo. Los digo con cuidado, los muevo por mi casa y los pronuncio, ligeros, a todas horas. Nombro a cada rato lo que amo: fumar, el pelo largo, adelantar a un coche con la bici... Pero ante todo, lleno las frases de nombres propios: sitúo a la gente que me cae bien muy cerca de los placeres, como dándoles suerte.
Invoco como enamorada, los repito y retengo entre mis dientes, demasiado separados para un animal con alas. Entre ellos se escapa el designio de la persona amada. Gloria Fuertes describió en este poema la obsesión malsana con las letras que conforman al otro:
Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre,
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima nada más que tu nombre.
Hay muchos con buenos nombres, nombres a la medida de un designio, porque hay gente nombrada en una suerte de aristocracia sin títulos para hacer algo grande. Piensa en Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Miguel Delibes (bueno por castellano), Clarice Lispector... Incluso tú, teniendo un nombre compuesto o uno con carácter, llegarás antes que nosotras, las de los nombres vulgares, a todo. Los nombres abren las puertas de lo figurado, de la connotación, de la imaginación. Nos dicen qué hay de impuesto en alguien (detrás de esa cortina puede haber herencias). Los nombres cuentan tantas historias que a veces se dicen con la boca pequeña, con miedo de que alguien señale el rastro de lo impuesto.
Como para muchas cosas, yo me hago la loca, y voy a los sitios haciendo como que no importa, conozco a gente que me pregunta mi nombre y acto seguido: "¿Dónde veraneas?". Hay preguntas que no hay que hacer a ciertos nombres, hay nombres muy de meseta.
Una amiga un día me dijo: "¿No te cansa tener un nombre tan común?". No recuerdo qué le contesté, sólo sé que era verano y que el camarero del bar que dejábamos atrás sabía cómo me llamaba. Una puede tener un nombre al uso y usarlo con conciencia.
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