Construcciones

El litoral que heredamos: dos modelos

Si algo nos aportó el desarrollismo del Levante es, precisamente, una cultura del veraneo, una forma de hacer que nos es propia.

2 de septiembre 2026 · 1 comentario


Si por herencia entendemos todo aquello que las generaciones precedentes nos han legado a las actuales, en el caso de nuestro litoral tiene más de deuda transferida que de ganancia patrimonial. El desarrollismo que sacudió nuestras costas en los años sesenta y setenta nos dejó un escenario contradictorio, difícil de leer y más difícil aún de reconciliar: playas saturadas, hoteles hipertrofiados, viviendas descontextualizadas, infraestructuras obsoletas y paisajes banalizados. Hace cincuenta años nos propusimos domesticar un litoral que parecía inagotable y, ahora, se nos empieza a quedar escaso.

Bajo esta premisa es casi imposible no pensar en el modelo del Levante, cuya imagen persiste y persistirá en nuestro imaginario colectivo por mucho que las abrasadoras vacaciones venideras nos empujen a buscar en el norte el refugio climático que antes encontrábamos en aguas mediterráneas. Me refiero al verano de las grandes urbanizaciones con piscina, de los hoteles a pie de playa, de las discotecas temáticas y de los comercios franquiciados. Me refiero, por supuesto, al verano del paseo marítimo; elemento por antonomasia del desarrollismo costero español, eje vertebrador de la cultura turística estival. Nadie diría que una franja pavimentada con baldosas estrelladas de terrazo —por cierto, a veces bastante bonito— sería capaz de mutar en cuestión de minutos para reconocer las variadas necesidades de su público estacional. Por la noche, se convierte en una auténtica pasarela litoral en la que tomarse un simple helado es motivo suficiente para lucir las mejores galas de las que uno dispone. Por el día, recupera su condición de elemento de transición entre la urbe edificada y una desvirtuada línea de costa para intentar convencernos de que doce plantas de altura no son tantas para un bloque de apartamentos a escasos metros del mar.

Es evidente que la propuesta de turismo compacto e intensivo heredada del Levante no parece un ejemplo replicable a futuro, empezando por sus desproporcionadas volumetrías, siguiendo por su deficiente entendimiento del espacio público y terminando con su manifiesta irresponsabilidad medioambiental. Sin embargo, su antítesis más directa, la del turismo extensivo de baja densidad, aparentemente más respetuoso con su entorno, a estas alturas ya ha demostrado no ser mucho mejor alternativa. Este segundo modelo es el de las grandes urbanizaciones de chalets que cubren laderas enteras, el de las viviendas unifamiliares dispersas que fragmentan el territorio y el de las enormes parcelas verdes cuyo mantenimiento provoca un impacto paisajístico aún mayor que el de su antagonista. El turismo extensivo, debido a su baja densidad, impone el uso del transporte privado, dispara el gasto en infraestructuras1 y, en definitiva, privatiza el litoral, reservando su disfrute para unos pocos.

Quizás parte del problema resida en que nuestra sociedad, siempre tan fascinada por el ejemplo americano, ha romantizado tanto la estampa de las hills de Hollywood que parecemos haber asumido que una colina repleta de chalets funciona mejor como postal que cualquier otra configuración de mayor densidad, por buena que sea su relación con su entorno. Y es aquí donde surge una pregunta tan inmediata como incómoda de responder: ¿Qué demonios entendemos por integración cuando nos referimos a la relación de la arquitectura con su contexto? Y digo más: ¿Qué define que un edificio esté bien integrado? ¿Cuándo es apropiado que éste eleve la voz respecto al paisaje que lo rodea y en qué casos sería mejor que dejase que el paisaje hablase por él? ¿Puede la arquitectura ser respetuosa con su entorno sin imitarlo?

Creo que una buena forma de responder a todas ellas a la vez es, como casi siempre, con el ejemplo de un proyecto (y esta vez repito referencia). La Muralla Roja es, probablemente, el edificio de viviendas a pie de playa mejor resuelto que tenemos en nuestras costas. Pese a su extrema —y, por lo tanto, censurable— cercanía al mar, consigue un diálogo perfecto con éste; y no lo hace gracias a una actitud mesurada y contenida, sino más bien a golpe de rotundidad geométrica y contundencia volumétrica. Si hay un bloque de apartamentos que, deliberadamente, se presente ante nuestro horizonte marítimo con manifiesto descaro, ese es la Muralla Roja. Bofill, reaccionario él, no contento con sus quebradizas circulaciones, sus plantas cruciformes y su compleja composición de espacios públicos y privados, decidió que, naturalmente, el edificio debía ser rojo. Pues claro. Frente al azul del mar, rojo bermellón; integración por contraste. Como en la Casa Malaparte en Capri; pero también como los polícromos templos griegos recortando el cielo azul del Egeo. La arquitectura frente al mar nunca se conformó con pasar desapercibida porque nunca fue este el problema a resolver. La Muralla Roja se posa sobre la Cala Manzanera y consigue reinventarla con un gesto cargado de expresividad. No se limita a adaptarse a un paisaje que le viene dado, sino que es capaz de producir uno nuevo, con otro significado.

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La Muralla Roja, Calpe. Ricardo Bofill Taller de Arquitectura. c.1970

Dejando de lado el discurso más purista en cuanto a cómo estos dos modelos se relacionan con nuestro borde marítimo, existe una segunda estrategia de integración que no responde tanto a los aspectos estético-paisajísticos como a aquellos menos visibles: los culturales. Nos obsesiona la imagen que los edificios proyectan en nuestras retinas. Les exigimos una consonancia ambiental de obligado cumplimiento y, sin embargo, no somos tan rigurosos a la hora de valorar si sus soluciones son coherentes con nuestros modos de hacer contemporáneos. Nos vamos de vacaciones dos semanas y, camisa de lino mediante, abrazamos la rugosidad del esparto y las imperfecciones de una vajilla cerámica hecha a mano y olvidamos por completo que fue un SUV híbrido enchufable de aspecto futurista quien nos llevó hasta aquel chiringuito playero.

No creo que el enfoque arquitectónico de la vivienda veraniega del urbanita promedio deba fundamentarse en la recreación de ciertos tradicionalismos simplificados. Cuando se trata del carácter de nuestros edificios litorales, podríamos tomar una actitud menos impostada. Se me ocurre el caso de las villas palladianas, que no eran otra cosa que la casa del burgués en el campo. La Villa Capra —la Villa Rotonda para los amigos— no era la casa de un aldeano, sino la de un ciudadano que volvió a Vicenza, su ciudad natal, tras toda una vida trabajando en Roma. Palladio no olvidó el poso cultural de las ciudades en sus proyectos extramuros y nosotros deberíamos proceder de la misma manera; no por una cuestión estilística, sino por coherencia social. Igual que no nos olvidamos del coche, del móvil, de la Thermomix y de todas las comodidades de nuestra cosmopolita existencia, no tiene mucho sentido que, al llegar a la costa, esperemos que nuestros edificios estén revocados a la tirolesa.

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Villa Capra —Villa Rotonda para los amigos—, Vicenza

Si algo nos aportó el desarrollismo del Levante es, precisamente, una cultura del veraneo, una forma de hacer que nos es propia, que es muy nuestra y que, le pese a quien le pese, nos representa como sociedad —o al menos lo hizo hace cincuenta años—. Un ejemplo paradigmático es el del Complejo de la Albufereta de Alicante, que describe Eduardo Mediero en su artículo en Icon Design. Como cuenta Mediero, la intención del proyecto era la de construir un barrio moderno, funcional y abierto al Mediterráneo, utilizando para ello las estrategias que brindaba la arquitectura de aquellos años: ventilación cruzada, terrazas profundas para protegerse del sol, densidad habitacional y espacios comunes. Salvando todos los aspectos medioambientales que, de nuevo, no serían admisibles hoy en día, la Albufereta apostaba por una democratización del disfrute que permitía que muchos pudieran vivir en vacaciones como jamás podrían hacerlo en su ciudad.

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Complejo de la Albufereta, Alicante

Creo que queda claro que tampoco se trata de caer en una apología ingenua al desarrollismo, que desatendió la ubicación de los nuevos desarrollos, asoló entornos naturales enteros y ocupó nuestras costas hasta rozar la orilla del mar. La idea es más bien reconocer sus aciertos: su capacidad para producir una estética propia, su actitud constructiva y dotacional coherentes con su tiempo, y el optimismo de su arquitectura consecuente que llenó nuestro litoral de color, ecocidios varios aparte. Los arquitectos y promotores de aquellos años realmente se imaginaban a sus futuros habitantes disfrutando de su apartamento; si no, no habrían proyectado libérrimas piscinas2, merenderos, clubes sociales o incluso anfiteatros en la propia urbanización.

En los años siguientes, los nuevos desarrollos reciclaron el esquema destilando su organización espacial y su estética hasta quedarse con lo que más les interesó del este: su rentabilidad. Las propuestas de alta densidad eran especialmente lucrativas debido a su gran número de viviendas en relación a su escasa superficie proporcional de parcela y espacios comunes. El negocio estaba hecho. Renovaron su apariencia, sustituyeron el modelo de disfrute comunitario por una supuesta privacidad individualista, redujeron la superficie de terrazas —que empezaron a computar edificabilidad— y, así, consiguieron más unidades de apartamentos, más baratos y, sobre todo, más rentables. Así se levantaron los Salou, Lloret de Mar, Gandía, San Juan, Torrevieja, Torremolinos, Fuengirola y un sinfín de localidades que poblaron nuestro litoral de edificaciones en aquellos años. Un nuevo planteamiento intensivo, tan desarrollista como su predecesor setentero, pero con una propuesta arquitectónica formalista y descafeinada bajo el velo de una apariencia renovada.

En los últimos años hemos apostado por la alternancia entre la altísima densidad y el esponjamiento más extremo, según la ubicación geográfica y el suelo disponible de cada municipio, desatendiendo a que existen configuraciones intermedias u otros esquemas en los que, de alguna manera, conviven ambas soluciones y producen un tejido más complejo y heterogéneo. Como en todo, los grises introducen riqueza y pluralidad, pero su falta de evidencia e inmediatez hacen de ellos estrategias menos comprensibles y, por lo tanto, más difíciles de vender al promotor en cuestión.

En cualquier caso, con independencia del sistema de ocupación, el futuro del desarrollo litoral —al igual que sucede en los núcleos urbanos, en las periferias de estos o en la España vaciada— pasa por la planificación territorial. En algunas franjas costeras será muy razonable plantear configuraciones de baja densidad, mientras que en otras lo lógico sí será apostar por planteamientos más intensivos o la combinación de ambos. Lo importante es ese estudio previo que no hicimos en los setenta y que sí deberíamos hacer ahora; un análisis que no opera a escala municipal, sino a escala territorial. Se trata de desarrollar un planeamiento que mire desde más arriba, que supere el cortoplacismo de las administraciones locales y que sea capaz de detectar los aciertos, los excesos y las contradicciones de nuestro litoral para poder potenciar, revertir o conciliar los modelos que hemos heredado.

No consiste, por lo tanto, en elegir entre uno de los dos modelos de litoral que nos han llegado. Tampoco de caer en el inmovilismo de aceptarlos y mantenerlos inalterados. Transformémoslos. Analicemos lo que existe y mejorémoslo con la aspiración de que los nuevos desarrollos tengan un enfoque territorial, sean adecuados a sus ubicaciones, tipológicamente diversos, coherentes con nuestros modos de vida contemporáneos y capaces de producir un paisaje litoral renovado. Porque el próximo litoral no será el que heredamos, sino el que decidamos legar.






1 En seguida pensamos en la sobredimensionada red de carreteras, pero el sprawl multiplica los trazados de todas las dotaciones urbanas, desde las canalizaciones de saneamiento o de abastecimiento de gas y agua, hasta el suministro eléctrico o el alumbrado público.

2 Equipadas con todo tipo de divertimentos, desde toboganes y saltos de agua, hasta islas, cascadas o pasarelas.


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