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Muy lejos, muy bien y muy poco
Empatizamos con él porque no es un mena, sino un hincha precario del Espanyol al que el crack de 2008 le pilla en su propia crisis existencial
21 de abril 2025
Mis amigos me critican porque me enfado cuando pasan cosas en las películas. Es totalmente cierto. Soy de los que afirma que los mejores relatos son aquellos en los que enamorarse, pelearse o morirse son cintas transportadoras y autobuses lanzadera: anécdotas transitivas, movimientos olvidables. Eso no significa que adore los bodrios sin trama o que me regodee en los planos secuencia que duran siglo y medio. Sino que después, cuando pasa el tiempo, mi terrible memoria solo se acuerda del universo narrativo, no de los cliffhangers, los giros inesperados y las tragedias sobrevenidas. Estas últimas me recuerdan demasiado a un vídeo mítico de Loulogio en el que los productores de un dramón asiático de serie b introducen una batalla fuera de contexto, ajena al argumento y en un descampado entre ninjas disfrazados de power rangers con capacidad para lanzar fuego y ejecutar kamehamehas. No fuera a quedar aburrida.
Muy lejos, la ópera prima de Gerard Oms, le ha gustado hasta a Boyero. Al principio nos miente: nos sugiere que va a ser como uno de esos capítulos de los Simpson que empiezan con una huelga en un supermercado y terminan con la familia en una reserva africana de monos. Pero enseguida nos sitúa: es la historia de un migrante. Un migrante perdido, solo, contradictorio, pobre, callado y ambigüo con el cual, por mor de estar encarnado magistralmente por un Mario Casas (guapito, blanquito y de Goya), nos sentimos identificados. Se fuma algún porro, comete alguna ilegalidad e intenta robar alguna bici, pero empatizamos con él porque no es un mena, sino un hincha precario del Espanyol al que el crack de 2008 le pilla en su propia crisis existencial. Sergio interactúa en Utrecht, además de con la dureza de una ciudad hostil, con personajes tan milimétricamente humanos como él. Y eso nos hará introducirnos, en toda su complejidad, en el punto de vista de un chaval que no podría protagonizar Fuga de cerebros, pero tampoco Pan y rosas. Con todos mis respetos a mi admirado Ken Loach. Que nadie me entienda mal: no es nada complicado percibir la perspectiva política del texto (muy necesaria además en estos tiempos que corren), pero Oms acierta al no estamparla, cuan tarta ideológica, en la cara del espectador.
Muy lejos, muy bien, con muy poco. Y sin que pase nada. No sé si sé hablará demasiado de ella, pero me atrevo a afirmar que si en vez de Oms se apellidara Payne otro gallo cantaría. Si gana menos premios que La infiltrada habrá que quemar la Academia.
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