Costumbres

No sex #58: Irse a vivir juntos

Que la vida esté pensada tanto para dos que eso lo haga terroríficamente fácil

15 de abril 2026 · 9 comentarios


Empezaré por dos* cosas que detesto:


(1) Que el ritmo de una pareja lo marquen los deberes, que se espere que seamos todos alumnos aplicados del colegio de las relaciones, pasando curso a curso con buena nota para satisfacción de nuestro entorno que empuja siempre hacia el siguiente eslabón sin apenas dejar espacio para disfrutar del eslabón actual. También para nuestra propia complacencia: todo va según lo previsto, seguir el camino marcado evita preguntas indeseadas, sobrejustificaciones e incomodidad. En realidad, todos parecemos satisfechos si cumplimos estas reglas tácitas.


(2) Que la vida esté pensada tanto para dos que eso empuje al siguiente eslabón, que lo haga terroríficamente fácil, que todos nos veamos arrojados a una opción porque con diferencia es la mejor en términos económicos y sociales —y eso que algunas veces ni siquiera sea algo que deseemos tanto.


Seguiré por el evento traumático:


(3) La mudanza, ese momento en el que se tangibiliza un cambio de etapa en nuestra vida. Ya puedo haber pensado que la cocina que habitaba era horrible y que los muebles pintados ya no daban de sí, que saldré llorando de aquella casa con una sensación de desazón ante esa puerta que jamás se abrirá de nuevo y las cenas horribles que ya no se cocinarán en aquel microondas barato. El abandono de un pedazo de lo que fuimos es doloroso y nos conduce a todos a una romantización exacerbada de lo vivido y de los espacios físicos, a los que nos aferramos a toda costa. Empaquetaremos todo en cajas, cajas de distintos tamaños que habremos encontrado en las afueras de una tienda o guardado de nuestras compras online. Será el momento de sacar a relucir las decenas de tote bags de ferias y librerías y cafeterías para meter desparramados libros y calcetines, cartas de amor, fotos de un viaje de 2017, cinturones e imanes de la nevera.


Y acabaré con lo que yo quería hablar hoy:


(4) Irte a vivir con tu pareja como paso inexorable, como objeto que habita en la inevitabilidad, acuciante, que vive en la nuca de muchos noviazgos que se inician en los 30.


Algunas preguntas que cabe hacerse: ¿estoy verdaderamente con alguien si no he discutido en Ikea por la compra de un mueble durante una mudanza? ¿Estoy con alguien si no lo veo en pijama todas las noches, incluso en pijama feo, de franela? ¿Estoy con alguien si no compartimos el lavabo y su máquina de afeitar convive con mis más de cinco cremas de la cara? ¿Debería conocer, esa persona con la que estoy, mi rutina facial? ¿Sabrá lo que es una rutina facial de varios pasos? ¿Estamos juntos si no vemos todas las noches una serie al mismo tiempo? ¿Podría amar a alguien y no desear fervientemente compartir esto desde muy pronto y para siempre? ¿Acepta el amor ir en tercera por vía comarcal o sólo sirve la autopista?


Diane Keaton se mudó con Woody Allen en Annie Hall e invadió su casa porque ella no tenía y él en cambio estaba en una posición de ventaja, un precioso loft en Manhattan que su pareja llenó de libros y conformó un universo nuevo.** ¿Estaba Annie agobiada por el alquiler de la ciudad de Nueva York? Porque esto es lo que ocurre: llega un momento en el que piensas que para qué seguir compartiendo un piso de pared estucada cuando podrías irte con tu pareja a vivir en uno de paredes lisas y un mejor sofá, con menos gente pululando, menos discusiones por la limpieza del baño o el colador de la pasta en la pila de la cocina por dos días. Todo, casi por el mismo módico precio (o por menos).


Me aventuraría a decir que es una conjunción de dos astros, el místico y el económico: te enamoras y los pisitos para dos empiezan a parecerte un caramelo a la puerta del colegio de las relaciones. ¿Por qué resistirse a semejante manjar? Lo único que me preocupa*** es la cantidad de parejas que dan el paso porque (1) es lo que toca y (2) es sin lugar a dudas mucho más conveniente.


Irse a vivir con alguien debería ser una decisión que construye algo nuevo: un espacio común sin renunciar al individual. Debería nacer de un deseo genuino por compartir la banalidad de la vida al lado del otro porque lo extraordinario se vuelve insuficiente y uno quiere poder observar como el otro se está quedando dormido, prepararle la cena si llega tarde, regalarle plantas para el mismo balcón o crear juntos una estantería de libros mucho más grande. Sin embargo, en más veces de las que creemos responde a una solución logística rápida, a la presión silenciosa sobre el siguiente paso o a una combinación de ambas.


Eso es lo que me gustaría repensar, esa fina línea entre poder permitirme algo y tener que hacerlo, sobre todo porque si algún día llegase a romperse la magia querría estar segura de que ha sucedido porque se había agotado, y no porque la desgastamos de tanto mal-usarla.



*Hay más pero esta ha sido mi cuidada selección para el tema que hoy nos atañe. La tercera podría ser: el mercado de la vivienda en España.

**Una gran escena es la de la separación, en la que ambos tienen que revisar de quién es cada libro y ella le dice a él: “los tuyos son todos los que son sobre la muerte”.

***Así lo afirmo, con esta magna gravedad.



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