Costumbres

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Dentro de la categoría oficinista, las redes sociales son la opción más divertida. Puedo trabajar en chanclas o tatuarme muchísimo sin perder credibilidad.

29 de julio 2026 · 1 comentario


Entra otro mail. Me lo recuerdan por Slack. Me escribe Moni por Teams.

¿Lo has enviado ya?

Soy community manager en un medio digital y, a pesar del anglicismo y la urgencia permanente, el grueso de mi trabajo consiste en redactar, enviar y recibir PDFs. En teoría, su cuidado y mantenimiento ocupa ocho horas al día de lunes a viernes. Durante ese tiempo acumulan comentarios, feedback, cambios y horas de reuniones mientras viajan de una bandeja de entrada a otra hasta alcanzar la v4_la buena_DEF.pdf.

En la práctica, algunos PDFs también tienen vida nocturna. Son capaces de despertarme de madrugada para comprobar, una vez más, si envié la versión correcta.

A pesar de que juega con mi cortisol, trabajar en redes sociales es fácil y, aunque la cagues muchísimo, nunca pondrás en peligro la vida de nadie. Cuando lo necesito, me repito a mí misma que no estoy operando a corazón abierto. Mis PDFs no matan, pero hacen que la rueda siga girando. Se pueden traducir en un reel, en un carrusel, en cuatro horas de tren, dormir en Ponferrada o en otro PDF —a veces impreso— que nunca podrá ser el último.

Son necesarios porque lo hemos decidido así entre todos, así que quizás no debería ser tan irónica cuando hable de mi profesión.

Antes de decantarme por un trabajo de oficina, sí que quise ser médico. En 1.º de Bachillerato sacaba buenas notas gracias a una disciplina férrea, principalmente basada en que fui anoréxica. Cuando iba al hospital, fantaseaba con que, algún día, yo también recorrería los pasillos con una bata blanca y algo de prisa; con mi nombre encabezado por Dra. en la puerta de mi consulta.

Pero empecé a comer de nuevo y la disciplina se desinfló junto con mi nota media. Así, la medicina dejó de ser una opción y me matriculé en Periodismo y Comunicación Audiovisual sin tener muy clara mi vocación.

Mi yaya hubiera preferido que fuese médico y me lo recuerda siempre que puede. Tampoco ayuda que no entienda a qué me dedico. Intento explicárselo más allá de los PDFs: le cuento que hago anuncios como los de la tele, pero para el móvil. Al final, me mira con desdén y me pregunta que cuánto me pagan.

Y a ti que más te da, si yo soy feliz.

A ella nunca le diré la verdad. La felicidad es un concepto que no abarco. Yo estoy más cómoda y contenta. Cenar en casa de Javi y Sergi hoy me pone contenta. Un café con crema. Verme guapa. Un rato al sol. Es asequible, convive mejor con dedicar ocho horas al día redactando, comentando, enviando y recibiendo PDFs.

Y no me quejo, no me puedo quejar. Dentro de la categoría oficinista, las redes sociales son la opción más divertida. Puedo trabajar en chanclas o tatuarme muchísimo sin perder credibilidad. Siempre habrá tareas que entorpezcan el día, que requieran más horas de las que necesitan y cuya única función es cumplir con una necesidad que, entre todos, hemos acordado como imprescindible.

Porque si no lo fueran, nos tendríamos que dedicar a construir casas, salvar vidas o dar de comer. Cosas que normalmente no puedes hacer ni sentada ni en chanclas.

Por ahora, prefiero ser cínica. Reclinarme hacia atrás, enfocar el big picture sólo de vez en cuando, y proponerle otro café a Moni.

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