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Me pregunto qué hubiese sido de esa adolescente si hubiese leído algo distinto.

23 de junio 2026 · 2 comentarios


Me encantan los relatos eróticos. De adolescente eran un medio recurrente para calentar mi cabeza y mi cuerpo entero. Discreto, poderoso, eficaz. Encontraba el material asiduamente en una web que es ese internet viejito que reivindica sustrato: solo autores y lectores sin scroll infinito, comunicándose a través de sus cuentos guarros y los comentarios, nombres de usuario misteriosos, unidos por el erotismo y, seamos honestas, el onanismo. Como en cualquier medio periódico o revista, había que saber distinguir entre los buenos narradores y los mediocres. Un buen narrador (porque en mi sesgo cognitivo, en un espacio así son todos narradores varones) sabía usar las reglas gramaticales y tenía un mínimo de ortografía. Sobre todo, no se lanzaba directamente a la acción sino que preparaba el contexto, el ambiente, la caracterización. Algo más que la talla del sujetador (que solamente los narradores más hábiles sabían describir con precisión, comprendiendo la diferencia entre contorno y copa) de la protagonista.


Leí tantos relatos, tantísimos, que hoy me pregunto si habrán impactado mi deseo y cómo lo habrán hecho. Me pregunto qué hubiese sido de esa adolescente que se enamoraba de todos los muchachos de su clase por lo menos una vez en su recorrido escolar, pero que también deseaba fervientemente sentarse al lado de Manuela o Irene y hacerlas reír, y ponerse juntas en los ejercicios de educación física, y hacerles trenzas o tocarles las manos en cuanto se dejasen. Si en lugar de un relato guarro en el que el casero viene a buscar el alquiler a la inquilina o el jefe amenaza con despedir a la empleada a no ser que se quite la falda, hubiese leído algo distinto. Algo tipo:

No quedaba casi nadie en el bar de los viejos. Victoria había dicho que cuando acabásemos los exámenes teníamos que ir a los bajos de Argüelles a celebrarlo y yo, que nunca me apunto a nada pero creo que si Victoria dijese que hay que tirarse por un puente, me tiraría, fui. Victoria es la más bajita de la clase, pero no lo parece. Salta como la que más en voleibol y siempre le veo el ombligo. Esa noche en Argüelles habíamos tomado chupitos de tequila y vodka limón en un bar en el que no pedían el DNI. Me había acercado mucho a Victoria cuando bailábamos, mucho más que en los partidos de vóley. Ella se dio cuenta y empezó a bailar solo para mí, despacio, mirándome fijamente con esos ojos que ella dice que son normales pero a mí me atraviesan. Bajó la mano desde su sien hasta su boca, su cuello, y la dejó resbalar muy cerca de sus tetas.

Qué tía Victoria. No sigo porque sustrato publica otro tipo de material. O podría haber leído algo como esto otro:

Nos metimos en la cama, su barba era suave y no me pinchaba la barbilla. Dejó que yo liderase todo el rato, pero cuando me tuvo medio desnudada y mi mano empezó a acercarse a la goma de los calzoncillos, le pregunté: ¿puedo? Él respondió un vigoroso sí y me permití deslizar mis dedos más allá de la ropa interior. Estaba mojadísimo, estaba caliente y húmedo y la boca se me hizo agua pensando en poner mi cabeza entre sus muslos y comerle el coño.

No sé, un relato así hubiese hecho comprender a una estrella de quince años que aquella obsesión con Manuela o Irene era un flechazo como la copa de un pino, o que la gente trans amaba y deseaba. Y que yo podía amarles y desearles (o tú, o tu prima, o quien sea)*. Por eso hoy me permito abrir mi aplicación de notas en el teléfono y escribir este cuento un poco cochino, porque creo que habrá más de alguna adolescente (y no tan adolescente) algo despistada que celebre cuestionar aquellos materiales con los que se ponía (o no) cachonda. Que podía (puede) excitarse sin ser inquilina o empleada atosigada por un viejo verde. Que las guarradas están para divertirse, conocerse e imaginar posibilidades infinitas.



*Me arriesgo a que me llaméis chaser, muy bien, riesgo asumido. Voy con todo.

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