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Una espiral que no cesa

Es difícil sentarse delante de un folio cuando a uno le han dejado de transmitir las caras que se cruza por la calle

1 de abril 2026


Vuelvo a sentarme delante del folio para tratar de quitarle el óxido a la cabeza. Hace mucho tiempo que no me enfrento a él sin saber muy bien por qué. Todavía no he encontrado la razón por la que abandoné a los lectores de Sustrato, mi blog y el resto de mis redes sociales. Intento recuperar el hábito, la costumbre, pero me es imposible. No sé si es triste o peligroso, pero haber dejado de hacer tantas cosas que me hacían muy feliz me preocupan. María, mi psicóloga, dice que es porque la rutina trabajo, máster, gimnasio y casa no da tiempo a que la cabeza se pierda por los derroteros que antes frecuentaba y que será cuestión de tiempo volver allí, pero me preocupa mucho que al regresar nada sea como antes. Así que he decido volver a marchas forzadas, que es como lo he hecho todo en esta vida. Peleando y poniendo la cara al frente sin buscar excusas ni esconderme. Quizá por eso tenga tantas cicatrices y mis manos nunca sirvan para hacer cerámica.

Podría contaros muchas cosas de mis cuatro días en Copenhague, pero seguramente cuando vayáis a esa ciudad busquéis un resumen rápido en TikTok, por lo que me guardaré mis recomendaciones y mi opinión sobre la capital danesa. No sé cómo de difícil tiene que estar la profesión para los que escriben en las revistas de viaje, pero va en esta columna mi pésame y un puñetazo a la frase que mucha gente dice: hay que saber adaptarse a los nuevos tiempos y reinventarse. Porque una cosa es no quedarse atrás y otra que cualquiera, sin formación ni conocimientos, pueda hacer su profesión a través de un teléfono móvil. Aunque supongo que eso es lo que pesarán muchos periodistas de quienes escribimos en Sustrato y otros medios sin mayor cualificación que nuestra afición y nuestras vivencias. Benditas contradicciones.

Es difícil sentarse delante de un folio cuando a uno le han dejado de transmitir las caras que se cruza por la calle, la inocencia de los niños jugando en el parque, la sencillez de un atardecer o la forma de las nubes en el cielo que antes me hacían sacar el teléfono y escribir a toda velocidad mientras notaba como se me disparaba la adrenalina. Hay quien puede pensar que esta sensación es mentira, pero quien escribe, quien escribe de verdad vaciando todo lo que tiene en cada palabra y en cada línea, sabe de lo que hablo porque eso es lo que se siente cuando tu vida no va más allá de la siguiente frase. Cuando tu vida no más vas allá de sentirte escritor porque te reconoces en alguien que escribe para sí mismo y sin querer saber cómo recibirá el público el texto. Nunca fueron las visitas, sino el fuego interno. Quizá nunca vi tan cerca el final de todo lo que gira en torno a las letras. Quizá nunca me sentí tan muerto. Pero fue entonces cuando recordé que para escribir tan solo se necesita un motivo, y no encontré uno mayor que sentirme vivo en una espiral donde la velocidad no cesa.



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