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Can Rafalet: institución
Nadie baila encima de las mesas ni te muestran el marisco como si de un trofeo se tratase, pero sí tienen unos peces brillantes con los ojos atentos
18 de julio 2025
Formentera tiene algo parecido al champán, es el mejor sitio en el que uno puede estar en verano, es más, me atrevo a decir que es el lugar en el que hay que estar; y las burbujas francesas son lo mejor que se puede tomar en cualquier ocasión, como le confesó Guardiola a Sotres. Si eres alguien, o quieres serlo, o nada de esto y sólo quieres pasar unos días geniales de sol, playas fantásticas y aguas cristalinas, es tu rincón. Al igual que identifico un azul color mar de Tulum, también guardaré para siempre otra gama de azul que corresponde a las aguas de Illetes. Eso sí, preparad la cartera, porque las cornadas llegan por todos los frentes y el viento deja a uno rápidamente descubierto.
Entre tanto postureo, dejando los ‘besos’, los ‘duos’ y los ‘fandangos’, a parte de los megayates con helicóptero en la cubierta o las comidas con los pies en la arena y el calor axfisiante, uno encuentra rincones auténticos en la isla, lugares cargados de tradición, verdad, gran producto y pocas fanfarrias: restaurante Can Rafalet.
Desde hace más de 30 años, Can Rafalet sirve de comer y hacer disfrutar a los que hasta aquí se acercan. Situado en un enclave privilegiado, en Es Caló de Sant Agustí, junto a un puerto pequeñito de pescadores, su comedor se abre a la mar con unos ventanales privilegiados y una terraza que flota frente al horizonte. Nada de lo que pidan les decepcionará, pero su bullit de peix sobresale frente al del resto de establecimientos. A la entrada del comedor, capitaneando a un enjambre de rápidos camareros, el propietario cobra las consumiciones y controla que todo vaya correcto. Es un comedor como los de aquella España feliz del boom inmobiliario, que bien podría servir de localización para una película de Bigas de Luna y que a la vez me hace tan dichoso al recordar aquella alegre niñez. La Españita buena, la de verdad, tiene en este restaurante uno de sus máximos exponentes, y al que escribe esto como su gran defensor. La verdad siempre es bella y mejor. Nadie baila encima de las mesas ni te muestran el marisco como si de un trofeo se tratase, pero sí tienen unos peces brillantes con los ojos atentos, unas gambas rojas como guiris en la playa o una langosta que coletea entre las patatas y los huevos.
Un restaurante de mar, de playa, de familia y tradición, y por si fuera poco con unos precios de lo mejorcito. Una institución a la que deben acudir a rendir reverencia y pasarlo genial. Beban un buen blanco, coman un gran pescado y gocen en Can Rafalet.
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