Construcciones

Cartografía de una acampada

La ciudad no pertenece a quien la planifica, compra o vende desde los despachos, sino a quienes son capaces de dibujarla, reivindicarla y reorganizarla desde abajo.

7 de octubre 2026 · 2 comentarios


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Llevo varios días siguiendo por redes sociales los intentos de mapear la acampada de Sol por el derecho a la vivienda. Dibujos a mano alzada, collages, fotos editadas y croquis a bolígrafo. He llegado a pensar en acudir al kilómetro cero con un par de amigas a hacer lo mismo. Al final representas lo que ocurre en la calle, y ese mismo plano funciona como una herramienta que explica lo tangible: la conexión entre dibujo y realidad como un proceso de ida y vuelta que James Corner ha definido como la «agencia del mapeo». Según este, el plano funcionaría no como un calco pasivo de lo que ya existe, sino como un dispositivo activo que desvela posibilidades y produce territorio.

El asunto se volvió aún más interesante cuando vi un vídeo en Instagram: un chico de pie bajo una de las lonas azules sujetaba contra su pecho un tablero. Encima de la madera, el plano del proyecto de José Ignacio Linazasoro para la Puerta del Sol; y sobre esta base, el croquis del mar de tiendas a mano alzada, metro en mano —un dibujo muy bueno, si me preguntáis—. Resulta casi cómico que esto pase en un enclave tan cuestionado, porque la planificación de los acampados funciona como una protesta en sí misma: no solo con consignas, sino reinventando la plaza sobre el proyecto que tantas críticas suscitó.

Poco después leí en elDiario.es que la cosa iba bastante más allá de unos croquis sueltos: dos chicos, Alejandro y Quico, se han puesto a estructurar el espacio de las más de mil tiendas. Imitando a las antiguas ciudades romanas, han tirado dos ejes principales cruzando la plaza: el cardo, bautizado como «Avenida Maricarmen», y el decumano, la «Calle del 26 de Septiembre». Han dejado otros cartones como «Calle Barricadas» para señalizar las vías secundarias entre pasillos, marcados con cinta adhesiva sobre el granito. Se dibuja lo que pasa y, además, la acampada ensaya una ciudad efímera con sus propias reglas. No solo se organiza a las gentes, sino también el espacio urbano donde estas habitan y descansan, se organizan y ejercen cuidados.

Es inevitable acordarse del 15M. En 2011 la plaza ya disfrutó de una cartografía propia para ubicar comisiones, enfermería, guardería o puntos de comida. La gran diferencia hoy es el suelo sobre el que se levanta. La última reforma se ejecutó como una gran explanada diáfana de pavimento continuo, sin apenas vegetación y con una presencia mínima de sombras. En la práctica, ese diseño ha terminado facilitando el paso de peatones antes que la estancialidad. La paradoja resulta evidente: el lugar ofrece una superficie vacía, casi como un descampado de piedra, y ese suelo libre de obstáculos se ha convertido en el soporte idóneo para acampar. Donde el espacio público no ofrecía nada frente al calor, los acampados han atado unas lonas de rafia azul que —estas sí— dan sombra de verdad.

Dibujar nunca es neutral, y mapear la acampada tampoco. A mediados del siglo XIX, la cartografía entró en una fase de profesionalización, institucionalización y precisión técnica. Entonces, levantar planos dejó entrever dos intenciones muy distintas a la hora de intervenir en la ciudad: registrar una realidad desde el terreno para atajar un problema o proyectar sobre ella el control del poder.

Hacia 1850, los brotes de cólera en Londres eran un misterio para la ciencia oficial. Faltaban todavía varios años para que los trabajos de Louis Pasteur contribuyeran a consolidar la teoría microbiana y el consenso atribuía las muertes a los miasmas. Estos eran una mezcla de vapores fétidos de basuras y pozos negros que flotaban en el aire. Para el médico londinense John Snow, la explicación no se sostenía. El cólera causaba un cuadro gastrointestinal agudo, no afecciones respiratorias: el contagio debía entrar por el agua, no por los pulmones. A finales de agosto de 1854, cuando un brote mató a más de quinientas personas en el Soho en diez días, Snow bajó a la calle. Su investigación sobre el terreno apuntó a la bomba de agua de Broad Street y presentó sus conclusiones a la junta local, que retiró la palanca del pozo. Pero la hipótesis requería un respaldo sistemático frente al escepticismo médico. Snow recurrió así a la representación espacial. Para ello trasladó los datos a un plano del distrito, apiló barras negras de defunciones frente a cada portal, comparó las muertes con la localización de las distintas bombas públicas y tuvo en cuenta las distancias que los vecinos recorrían a pie. El mapa permitió examinar excepciones llamativas del entorno, como la ausencia de víctimas entre los trabajadores de la fábrica de cerveza cercana —que recibían su ración diaria de cerveza y disponían de pozo propio—. El plano no descubrió la causa de la epidemia, pero funcionó como una pieza gráfica decisiva para hacer visible y reforzar una hipótesis construida a pie de calle.

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Plano del cólera de John Snow, publicado en 1855

Igualmente, al otro lado del canal de la Mancha, el dibujo técnico se utilizaba con un propósito distinto. A mediados del siglo XIX, Napoleón III nombró al barón Georges-Eugène Haussmann prefecto del Sena con la orden de transformar París. Entre 1853 y 1856, el ingeniero Eugène Deschamps dirigió el Service du Plan, una oficina técnica creada para medir, triangular y nivelar cada rincón de la trama histórica. Como planteaba el antropólogo James C. Scott al hablar de la «legibilidad», el Estado moderno necesitaba simplificar y medir el territorio para poder intervenir y gobernar sobre él. Aquellos levantamientos formaron parte de la maquinaria que permitió expropiar y demoler miles de casas medievales y trazar grandes avenidas rectilíneas. Estos bulevares, cuya imagen todos tenemos en la cabeza, respondían a necesidades de saneamiento, movilidad y modernización urbana, aunque también han sido leídos desde una dimensión estratégica: facilitar el despliegue de tropas y dificultar el levantamiento de barricadas. El alcance y la prioridad real de esta función militar siguen siendo objeto de debate historiográfico, pero el caso parisino ilustra con claridad cómo el plano técnico sirvió como instrumento central para hacer gobernable el espacio urbano.

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Plano de las operaciones trigonométricas de la ciudad de París, por Edme Verniquet (hacia 1791-1796)

Lo interesante en Sol es la paradoja que encierra el gesto del dibujo. Es inevitable pensar en el filósofo Michel de Certeau y en la tensión que describía en La invención de lo cotidiano (1980) entre la mirada desde arriba —que contempla la ciudad como un conjunto abstracto y planificado— y las prácticas peatonales de quienes la caminan a pie de calle. A mi juicio, lo que ocurre en la plaza invierte esa lógica: quienes están abajo se apropian de los códigos de la mirada superior para usarlos en su propio beneficio. La cuadrícula, la rotulación de calles o las líneas de cinta adhesiva dejan de ser herramientas de control disciplinario y pasan a funcionar como una táctica cotidiana de autoorganización. No aspiran a fundar un nuevo plan general ni a redactar normativas, sino a negociar el espacio metro a metro mientras dure la ocupación de las plazas. El gesto habla también de la mirada de Alastair Bonnett en Fuera de mapa (2017), atenta a aquellos espacios que escapan a las categorías cartográficas convencionales y, en particular, a su categoría dedicada a los lugares efímeros. A partir de esa idea, la acampada sugiere que el croquis a ras de suelo aparece justo en la grieta donde lo que ocurre en la plaza desborda lo proyectado sobre el papel oficial.

Sacar la cinta y levantar un croquis es el momento exacto en que la protesta adquiere consistencia espacial. Trazar ejes, bautizar pasillos con nombres de barricadas o de vecinas y repartir parcelas sobre el suelo de granito no elimina la improvisación, pero la dota de una estructura capaz de disputarle el sentido a la plaza. La acampada opera como ese «contra-espacio» del que hablaba Henri Lefebvre: una respuesta reactiva y obligada frente a la violencia inmobiliaria que le devuelve a la plaza su valor de uso. Pero el contra-espacio es solo una condición necesaria, nunca suficiente para consolidar un verdadero espacio diferencial. Ahí es donde el dibujo se vuelve decisivo: trazar el plano no es documentar la protesta, sino el paso que hace visibles las herramientas técnicas de organización —la escala, el reparto de cargas, los ejes de paso— necesarias para ensayar y sostener una forma distinta de hacer ciudad.

La ironía es definitiva cuando entendemos cómo las mismas herramientas que el poder utilizó para despejar, vigilar y ordenar la ciudad histórica se vuelven ahora en su contra. Mapear la concentración en la Puerta del Sol no sirve solo para saber dónde duerme cada persona, sino que sirve para fijar, aunque sea por unos días, una certeza elemental: la ciudad no pertenece a quien la planifica, compra o vende desde los despachos, sino a quienes son capaces de dibujarla, reivindicarla y reorganizarla desde abajo, poniendo el cuerpo para habitarla.

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