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Contra Mark Fisher™ (…pero a favor de él; un poquito)

La gente que escribe con ChatGPT lo hace por el simple hecho de que no sabe escribir mejor que ChatGPT

9 de abril 2026 · 3 comentarios


Estuve hace nada en el CCCB en un diálogo entre Michel Nieva y Eudald Espluga, y en el turno de preguntas alguien levantó la mano para afearle a Nieva un segmento de su intervención. Más o menos, la pregunta venía a decir lo siguiente: «¿No le parece impropio hablar de “hackear el sistema”, cuando “hackear” es un término que viene de la cibernética y, por tanto, es El Sistema?». Honestamente, a mí la pregunta me pareció tremendísimo desperdicio de energía, un poco como pedirle a ChatGPT que te pinte un perro beige brincando a la pata coja en una colchoneta de Peppa Pig mientras se fuma un cigarro (?), pero entiendo la línea de pensamiento, y su origen. Al identificar el método del pensamiento crítico con el acto de coleccionar pistas por doquier que avalan La-Corrupción-del-Sistema, precipitamos el pensamiento crítico a la psicosis colectiva y a la alucinación, que es, precisamente, el mayor riesgo intelectual de nuestro tiempo: quedar a merced de una máquina que se retroalimenta a sí misma. Esto es un poco lo que yo llamo efecto Mark Fisher, que es un autor a quien le debemos enormes piezas periodísticas para entender un periodo muy concreto de la historia contemporánea, y también el inicio de una corriente de pensamiento que ha acabado bucleando sobre sí. Básicamente, Fisher-as-a-Trade-Mark (en adelante, Mark Fisher™) encapsula el progresivo deterioro epigonal del pensador británico, icónico promotor del CCRU1 junto a su némesis, Nick Land. A continuación, trataré de exponer tres características del marco Mark Fisher™ (si superan los siguientes párrafos, me encontrarán a mí mismo desdiciéndome, en una situación bastante embarazosa).


The enemy now could better be called creative capitalism, and overcoming it will not involve inventing new modes of positivism, but new kinds of negativity.

—Mark Fisher, «Creative capitalism».


En el mundo Mark Fisher™, la persona más ceniza se lleva la medalla de smartest guy in the room, lo cual no siempre es así. Cuando arranqué a escribir este post, estuve días dándole vueltas a la pregunta que me expuso Carmela, editora de Sustrato: «¿Tú qué piensas de la gente que escribe con ChatGPT?¿Y de la gente que se queja de la gente que escribe con ChatGPT?» A mi juicio, la gente que escribe con ChatGPT lo hace por el simple hecho de que no sabe escribir mejor que ChatGPT, de la misma forma que la mayoría de las personas no sabe escribir código, tocar un instrumento musical o hablar con propiedad en lenguas diferentes a la suya (evidentemente, yo también le pido a una IA que me revise o escriba los correos que firmo en otras lenguas…). Sencillamente, no tiene importancia. Tampoco es algo que te haga mejor o peor persona. Sin embargo, ver, al más puro estilo Mark Fisher™, un problema ahí —en lugar de fijarse en otros problemas mucho más graves que vienen de la mano de la IA, o de atender a sus oportunidades reales— solo es consecuencia de esa voluntad de inventing new kinds of negativity («¿No le parece impropio hablar de “hackear el sistema”, cuando “hackear” es un término q…»).


Pensaba mucho en ello a propósito de un extracto de Redes vacías, de César Rendueles —autor de uno de los ensayos españoles más influyentes del siglo XXI, Sociofobia, que es motivo suficiente como para que toda su obra sea lectura obligada—, en el cual afeaba los teslas por motivos… estéticos: «Los coches Tesla parecían el precedente inmediato de los vehículos voladores de las películas de ciencia ficción. De la noche a la mañana sus dueños descubrieron que conducían una chatarra hortera y propensa a incendiarse ideada por un millonario supremacista con delirios paranoides». Yo pienso que ninguna persona mínimamente sensible a la emergencia climática puede desdeñar el avance que significa un vehículo eléctrico casi automatizado del todo ya —que, además, es más software que hardware— y que reduce los accidentes de tráfico al mínimo. Si los comparamos con vehículos de generaciones anteriores esto ya no es tecnoutopismo; son hechos consumados. Y si el problema de Tesla es Musk, entonces no es el Tesla en tanto que producto. O dicho de otro modo: si Tesla fuese una cooperativa nacionalizada, ¿nos opondríamos a los autos eléctricos… por motivos estéticos, o cualquier otra razón?


Anyone who’s in the position of CEO would act as a CEOs does. It’s just a systemic pressure that produces that kind of behaviors. Part of the problem is that we are looking at systemic tendencies here.

—Mark Fisher, «Capitalist realism: interviewed by Richard Capes» (2011).


Imaginemos, por ejemplo, una enmienda al canon literario desde el punto de vista de alguien que no conoce el argumento de Hamlet, que no ha asomado la cabeza por Jane Austen o Virginia Woolf y que no ha manifestado interés alguno en la mitología grecolatina o en los estudios bíblicos: por descontado, lo mínimo exigible para pelearse con Harold Bloom (y hay material de sobra para ello) es… saber de qué habla. Digo esto porque uno de los aspectos más preocupantes del pensamiento Mark Fisher™ es su indisimulado desinterés por la microeconomía: al abordar el capitalismo como una abstracción impenetrable, precipita su relato a la parodia. Salvo Elon Musk o ahora Sam Altman (la parte por el todo), no hay nombres propios en la escritura de Mark Fisher™ porque todo es lo mismo —y, en fin, ya se sabe, si todo es lo mismo, nada lo es2—. Aquí tanto da la obra de Demis Hassabis que la de Sheryl Sandberg, Alex Karp o Yann LeCun, Andrew Carnegie, Satya Nadella o Masayoshi Son, Arthur Mensch o Jensen Huang (en esta lista hay un Nobel de Química y un fabricante de armas: a mi entender, no es lo mismo)… Semejante diabolización del CEO como sujeto abstracto no solo incurre en una panorámica muy pero que muy pixelada de lo que es el capitalismo de verdad, sino que manifiesta una rotunda incapacidad de discriminar el progreso científico de la desigualdad económica, pero también de admitir lo que está a la vista de todo el mundo: tu librería de barrio o tu cadena de librerías independientes también tiene un-una CEO; la persona que publica a Mark Fisher™ es CEO en lo suyo; y la producción intelectual —incluso la de prestigio— también es un producto, y no vive aislado del mercado (y esto lo dice gente mucho más marxista que yo; véase: El arte de rechazar manuscritos, de Constantino Bértolo)… Al respecto, quizá recuerden que hace unos años se puso de moda en ciertas redacciones de medios denunciar, con razón, ausencias demográficas rampantes: en la mayoría de publicaciones faltaba gente de determinados barrios o clases, no blanca o disidente del binarismo de género. Algo parecido ocurre con la élite intelectual hoy: cuando nombres como Eric Sadin («La IA apesta a muerte», xd) o Byung-Chul Han («El móvil es un instrumento de dominación. Actúa como un rosario») se ponen a dar titulares a El País, lo único que evidencian es que nunca han trabajado en una empresa privada —y si lo han hecho, lo olvidaron—. Si su propósito es repensar el capitalismo, los puntos ciegos de esta perspectiva son, como poco, graves3.


Since there are so many people who are depressed —and I maintain that the cause for much of this depression is social and political— then converting that depression into a political anger is an urgent political project… Anti-depressants and therapy are the opium of the masses now.

—Mark Fisher


Con razón, buena parte del pensamiento contra el neoliberalismo —entendido como la época que va de Pinochet a Lehman— es una contestación/ compensación a la famosa máxima de Thatcher: «There's no such thing as society. There are individual men and women and there are families». Lo personal es político. Etcétera. En una lectura reciente (The Infinity Machine, de Sebastian Mallaby), subrayé: «La esencia de la inteligencia es la habilidad de responder flexiblemente a situaciones complejas». Traigo a colación esta idea porque para enfrentarse al pensamiento de Thatcher hoy, yo creo, no hace falta decir lo contrario; hace falta decir la verdad. En ese sentido, «there’s no such thing as individuals», que vendría a ser un poco el horizonte al que se dirige Mark Fisher™, tampoco es así. Si hacemos zoom out, se trata de un debate, por lo demás, particularmente bien resuelto ya en el área de los estudios de género: sentadas las bases de la cuarta ola del feminismo, la mujer como sujeto político (también/ evidentemente) tiene agencia, y no constituye una víctima por default. Que es como decir: claro que el capitalismo constituye un contexto que favorece infinidad de desigualdades, pero, en tanto que sujetos políticos y ciudadanos, no solo somos marionetas a su merced.


Coda rural-cyborg: el futuro nunca es lo que imaginamos que sería


Escribiendo esto que lees protagonicé una humillante anécdota que contradice todo lo que acabo de decir. Resulta que esta Semana Santa me fui con mi novia a una casa rural sin otro fin que el de leer en papel todo lo que no habíamos podido leer en lo que iba de año. Así que nada más llegar, cogimos el coche en dirección a un restaurante, y Google Maps me condujo hacia un cul-de-sac: siguiendo instrucciones, acabé metiendo el vehículo en un arroyo (estoy dramatizando) y de pronto el coche no podía ni avanzar ni retroceder. Total, que llamamos al hotel y al cabo de unos minutos se personaron en el lugar tres lugareños que constituían una especie de comando local especializado en rescatar pixapins de todo tipo de situaciones absurdas: al cabo de un rato, nos mostraron decenas de vídeos que involucraban vehículos volcados al río; atrapados en la nieve; fuera de pista… Para ellos, era una especie de entretenimiento, además de, por descontado, un running gag permanente con los turistas, con quienes acababan trabando amistad (un poco lo que nos pasó). Para salvar al coche, el líder del comando se subió a un tractor absolutamente INMENSO (quiero decir: mucho más grande que el ancho del camino donde nuestro vehículo se había quedado atascado), tiró unas cuerdas al Audi y en pocos minutos lo sacó de allí MARCHA ATRÁS. La manera en que aquel hombre (Vicenç) estaba conectado a su tractor y lo manejaba, arrastrando de espaldas a un vehículo atrapado en el fango, encarnaba una materialización de lo cyborg mucho más elocuente que cualquier fulano con unas Rayban de Meta, y esto es algo que saltaba a la vista, lo mires por donde lo mires. Digo esto porque el futuro nunca es como imaginamos que sería, que es la razón por la que el pensamiento crítico recambia sus nombres cada ciertas temporadas: ¿se acuerdan de Baudrillard?, ¿de Toni Negri?, ¿de Naomi Klein…? Si dejaron de ser citados (¿pasaron de moda?) es porque el mundo que retrataban ya es otro distinto.

Dicho esto: gracias otra vez, Vicenç; a ti la IA no te sustituirá nunca.



1 (Cybernetic Culture Research Unit o Unidad de Investigación de Cultura Cibernética)

2 Para los medios conservadores, una persona de izquierdas es percibida como un okupa migrante trans de pelo de color radioactivo que ingresa religiosamente cada mes un sueldo/ subvención/ paguita del Estado, escucha a Manu Chao, Rosalía y Los Chikos del Maíz y vota a Pedro Sánchez, Herri Batasuna (?), Hezbolá y a Cristina Fallarás simultáneamente. Si bien cualquier persona un poco involucrada en el pensamiento crítico sabe que el ente conocido como «La Izquierda» se compone de una inacabable sucesión de escisiones troskistas. Con «El Capital» en tanto que ente abstracto ocurre exactamente igual: solo tienes que manifestar un poco de interés para constatar que Sam Altman, Dario Amodei, Mark Zuckerberg y Elon Musk, por citar algunos grandes nombres, no se soportan, y que, a partir de ahí, las rivalidades y cainismos del ecosistema tech son tan infinitos como en el activismo de izquierdas.

3 Y, por cierto: ¿saben cuántas referencias sustanciales a CEOs hay en el icónico Realismo capitalista? Cero; null. 0…pero es que ni una. La metodología de este ensayo, como así ocurre con todo Mark Fisher™, consiste en remezclar hábilmente crítica cultural con otros teóricos críticos, sin hacer una sola alusión directa a La Cosa. Piensen ahora en un hipotético profesor de literatura que ha leído mucha crítica literaria… pero ni una sola novela. O en un profesor de escritura creativa… que no ha escrito un solo libro. ¿Verdad que suena un poco a scam? Al respecto, los más viejos del lugar recordarán que este es un debate que transcurrió con fuerza en numerosos espacios críticos hace ya casi veinte años, con el crash de 2008. El tema de fondo era este: ¿podemos fiarnos del crítico cultural que viene a explicarte el capitalismo si no sabe leer los números de El Capital o del Financial Times —por muchas horas de HBO o Filmin que acumule?


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