Música

Dieciséis tíos a una cruz pegados

Mi cofradía es la del Vía Crucis. Te sientes parte de una mentira hermosa, que se suma a la de la propia música.

2 de abril 2026


Me trago la Semana Santa de otros. Lo hago cada año. Es un ritual. Pongo la tele y me inyecto en vena al Cautivo de Málaga caminando solo, me dejo aplastar por los legionarios de la Buena Muerte, me quedo hasta las tantas para ver entrar a Nuestro Padre Jesús de Jaén o alguna de las Esperanzas en su templo. Es un porno sentimental de primer nivel, una droga dura que me meto para sentir algo que parece que nos falta. Porque luego salgo a la calle, aquí, en Menorca, y la escala es otra. Es una hostia de realidad.


Aquí no hay multitudes que te ahogan. Aquí está la humedad del mar que se te cala en los huesos y el viento que amenaza con apagar los cirios. Mi cofradía es la del Vía Crucis. Los blancos y los verdes. El Nazareno y la Verónica. Somos 400 hermanos, de los cuales, 120 salimos en procesión. Y debajo del paso, dieciséis tíos. Lo escribo y me da la risa: dieciséis. Una ridiculez. Un equipo de fútbol sala con suplentes. Dieciséis hombres cargando un trono que en el sur no sería ni la mesita de noche de un acólito.


Y sin embargo. Ahí es donde empieza la verdad. Cuando nos olvidamos de la comparación, cuando dejamos de sentirnos el hermano pobre de la fe. Es en ese momento cuando esa tradición que empezaron mis padres hace 25 años, cuando me dieron esa medalla (en ese momento, de bronce) que me llegaba hasta las rodillas, tiene sentido. Es ahí cuando cobran sentido todos los viajes familiares que no hemos hecho para coleccionar fotos delante de nuestra imagen. Y habrá quien no lo entienda, pero simplemente porque es difícil de entender. Porque para entenderlo, hay que ir pegado al paso. Hacerlo sin pensar, como si un imán te atrajera hacia la madera.


El barniz huele a viejo, a generaciones. Aunque sabes que está pintado de hace un par de años. La gente a tu alrededor es tu gente, les pones cara y nombre a todos. Y entonces cierras los ojos. No suena el Ave Maria de Caccini. Qué coño va a sonar. Suena un tambor solitario, sordo, con la torpeza de un corazón enfermo. Un martillo. Pum. Pum. Pum. Pero en mi cabeza, en esa sala de cine privada que todos tenemos, empieza la otra música.


Y la música que imagino es la mentira más perfecta de todas. No es del maestro barroco Caccini, aunque lleve su nombre para dárselas de importante. Es la obra de un farsante genial, un músico soviético de los setenta llamado Vladimir Vavilov. Un tipo que compuso esta belleza y se la endosó a un muerto, quizá para que el peso de la historia la hiciera venerable, o simplemente para que la burocracia cultural de la URSS, que no andaba para hostias religiosas, le dejara en paz. Una pieza bastarda, un truco de un mago triste. Y por eso, precisamente por eso, nos entiende tan bien. Porque es una impostora, como nosotros. La corneta imaginaria empieza a trepar sobre esa verdad oculta y el mundo de fuera desaparece. Solo queda el tambor marcando el compás y la melodía fraudulenta que me estoy inventando.

La melodía es un bisturí de simplicidad insultante. Un lamento que cae. Una y otra vez. Al principio, es un susurro. La constatación de una pena antigua. La cantan las cornetas. La cantan con voces de ángeles, pero lo que cantan es profundamente humano. Es la voz de la renuncia. El sonido de bajar los brazos.

Y es en esa repetición, en ese bucle que te niega la distracción de un nuevo estímulo, de un giro armónico que te salve, donde la pieza te desarma. El ruido de tu vida se apaga porque el cerebro, hambriento de novedad, se rinde ante la monotonía. Y en el silencio que deja esa rendición, solo queda el lamento. El tuyo, que ha encontrado un eco en esa voz.

Hemos confundido oír con escuchar. Oír es un acto reflejo, un mecanismo de supervivencia. Oímos el claxon, el aviso de un mensaje, nuestro nombre en una sala llena de gente. Es un radar. Pero escuchar es un acto de voluntad. Y de riesgo. Escuchar es callarse. Escuchar es permitir que el otro exista en tu espacio sin interrumpirlo, sin preparar tu respuesta, sin juzgarlo. Y la tarea más difícil, la que evitamos a toda costa, es escucharnos a nosotros mismos.

Y en ese momento, cuando solo atisbo el reflejo del Nazareno en la ventana de mi derecha, mis pies empiezan a andar solos.


No es una metáfora. Se mueven. Un paso corto, arrastrado, torpe. Me descubro meciendo mi propio cuerpo al ritmo de esos dieciséis que sufren ahí debajo. Sus pies son mis pies. Su aliento contenido, el aire que me falta en los pulmones. No es fe, o no creo que lo sea. La fe es una cosa ordenada, tiene respuestas. Esto no tiene ninguna. Esto es una fuerza bruta, una energía que se genera en ese espacio minúsculo entre la gente y el trono. Algo en el aire te empuja.


Es la certeza de que en ese momento, todos somos iguales. El que lleva el traje caro y el que llega justo a fin de mes, el que cree en Dios y el que solo cree en este instante. El peso nos iguala. El dolor compartido de esos dieciséis se convierte en un ancla que nos clava al suelo, que nos hace comunidad. Y la música, esa que solo yo escucho, es el bisturí que me abre para que esa emoción colectiva entre a raudales.


Te sientes parte de una mentira hermosa, que se suma a la de la propia música. La mentira de que ese pequeño trono es el más importante del mundo. La mentira de que el esfuerzo de esos dieciséis tíos puede, de alguna forma, redimir algo. Y te lo crees. Te lo crees con una fuerza que te asusta. Porque en ese grito mudo de la corneta imaginaria, en esa nota sostenida que pelea por existir en tu cabeza, está tu propia pelea. Tu propia necesidad de creer que el esfuerzo, por pequeño y ridículo que parezca, sirve para algo.


Y cuando abres los ojos, el paso se ha alejado un poco. El tambor sigue sonando. Y tú te has quedado ahí, quieto, con el eco de una música que nunca ha sonado y la sensación de haber cargado un peso que no te correspondía. Y te sientes, por un instante, jodidamente vivo.



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