Libros

El dinero nunca fue un problema

Existen en opinión de quien esto escribe dos posturas óptimas: la de Javier Marías y la de Rafael Chirbes

10 de abril 2026


Esta semana se falló el I Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana a favor de la reconocida escritora argentina Samantha Schweblin, quien se disputaba el premio con otros cuatro autores: Héctor Abad Faciolince, Nona Fernández, Marcos Giralt Torrente y Enrique Vila-Matas. Todos ellos figuras consagradas de la prosa en español que aspiraban a ganar un suculento premio de un millón de euros muy comentado por escritores, literatos y aspirantes a juntaletras.

Porque tal cantidad de dinero es casi inédita para la literatura en nuestra lengua. Se hace extraño pensar que alguien pueda ganar semejante suma dedicándose a la literatura como arte en sí. Por ello, no faltaron críticas preventivas, como la de Sergio del Molino que acusaba a los más suspicaces detractores del premio de querer una literatura confinada a la mendicidad, condenando a nuestras mejores plumas al destino de Alejandro Sawa y negándoles un ático en el Barrio de Salamanca como el de Valle-Inclán.

Sin embargo, las críticas a este premio no van por ahí. AENA es, conviene no olvidarlo, una empresa mayoritariamente pública. Es decir, es parte del Estado español; es decir, se trata de un apéndice del más elevado poder político de la nación. Por tanto, cabe suponer que como cualquier premio institucional se trata de un honor que no sale gratis. Quien es ungido con el favor de una condecoración pública —sea ésta parcial como la de AENA o total como el Premio Nacional de Narrativa o el Cervantes— debe ser consciente de que el poder público, por muy bien que haya elegido al condecorado—y no está de más recordar que el jurado del I Premio Aena de Narrativa era de lo más respetable—, no deja de refrendar a un artista que, al margen de sus méritos literarios, supone lo bastante inofensivo al poder como para que el poder lo promocione.

¿Y qué importa esto? Tenemos multitud de ejemplos de obras literarias escritas en sintonía con el poder que no dejan de ser cumbres del arte mundial, empezando por la Eneida. De hecho, ni siquiera hace falta que haya una connivencia explícita con el poder para resultar agraciado con un premio público: basta con que los intereses, obsesiones y temas de un escritor se alineen circunstancialmente con los de un régimen para resultar elegible. Y esta feliz casualidad no debería ser cuestionada. Todo autor tiene sus filias y sus fobias, y no es su culpa que éstas coincidan con los objetivos de un poder político determinado, o al menos que no interfieran en éstos.

Y sin embargo, uno no deja de tener la incómoda sensación de que una obra refrendada por el poder político tiene mácula. Por qué.

Ante la oferta de un galardón estatal, existen en opinión de quien esto escribe dos posturas óptimas: la de Javier Marías y la de Rafael Chirbes. Este último dijo:


«Los intelectuales siempre parece que estén cerquita del poder porque el poder los busca, tiene pasión por ellos.»


Chirbes también recibió los más altos galardones estatales. En su caso fue el Premio Nacional de Narrativa, y para tal evento preparó un discurso que no pudo enunciar en persona —debido a su trágico y prematuro fallecimiento—, pero que sí pudo ser publicado y en el que manifestaba lo siguiente:


«Lo que quiero decir es que no estoy aquí ni por su gobierno, ni por su partido, ni para hacerme la foto con usted, que los dos damos por supuesto que no nos vamos a hacer. Estoy aquí por respeto a un jurado en el que han participado personas cuyo trabajo y dignidad aprecio, y también, por qué no decirlo, para celebrar la alegría que este premio les ha causado a mis amigos y familiares, a tantos lectores que me han llamado emocionados, celebrándolo como si se lo hubieran dado a ellos; por la satisfacción de mi editor Jorge Herralde y de los trabajadores de la editorial Anagrama, por los editores extranjeros, por mis traductores, por toda la gente que trabaja a favor de mis libros y se sienten premiados conmigo. Estoy aquí porque jamás he movido un dedo para conseguir un premio, ni he buscado compromisos ni relaciones con ninguno de los poderes, literarios ni políticos, y porque así de cándidamente y limpio de culpa recibo como llovida del cielo esta distinción que comparto con Ramón J. Sender, que escribió Imán, con Juan Marsé, que escribió Si te dicen que caí, con Ramiro Pinilla, que escribió Las ciegas hormigas, con Carmen Martín Gaite, que escribió El cuento de nunca acabar, o con Manuel Vázquez Montalbán, que escribió El pianista. Todos ellos han sido y son maestros míos. Y yo me siento orgulloso de que mi nombre aparezca al lado de los suyos. Ni puedo ni quiero renunciar a ese honor. Y pienso que no debo sentirme incómodo al estar aquí, en este acto, porque, frente a su frágil y pasajero poder de ministro, yo tengo la fuerza permanente que emana de ellos: hablo de la literatura, de la palabra que se sostiene por sí misma en su grandeza y en su fragilidad. Estoy aquí porque los gobiernos que detentaban el poder en el momento en que se les concedieron a estos maestros los premios –los del cínico González, los del iluminado Aznar, los del falso benevolente Zapatero– han pasado a la historia como pasa un mal sueño, igual que pasará el suyo –triste pesadilla de unos años– mientras queda la palabra de estos escritores. Y estoy aquí porque quiero decirle al pueblo español que este premio es suyo, porque se llama nacional, y no gubernamental; es más, que es obligación suya defenderlo, luchar para que no se lo apropie ningún gobierno, y que, por eso, los españoles deben vigilar a quienes se nos concede, vigilar nuestra obra con el cuidado con que se vigila lo que es propiedad de uno; como deben permanecer vigilantes en todos los demás asuntos de la nación, que es sólo suya. Además, tengo que confesarle, señor Wert, que estoy aquí también movido por un motivo económico: para robarle al cicatero presupuesto de este gobierno -que se preocupa más de la riqueza de los bancos que de la felicidad de su pueblo– un poco de dinero. Cuando dudaba si aceptar el premio, pensé que no podía negarme a recibir esos veinte mil euros que tan bien le vendrán a la Casa de la Caridad de Valencia, institución que a un marxista le parece de nombre muy feo, pero tras el que se esconde un centenario comedor social que, como mi novela, está repleto de personajes creados por su política de capataces de los lobbies, un lugar que todos los días se llena de personas a las que ustedes tratan como trapos y a las que, con mi libro, con estas palabras y con mi gesto, animo a que luchen contra quienes les arrebatan su dignidad.»


Otra opción más radical es la de Javier Marías, quien rechazó ese mismo premio pocos años antes para no ser etiquetado como un autor «favorecido por este o aquel gobierno», postura que no todo autor —pensemos en Sawa contra Valle-Inclán— estaría en posición de sostener, pero que sin duda merece un respeto. Quien esto escribe se ha solido decantar por la opción Chirbes de aceptar educadamente un galardón institucional para luego aprovechar y soltar una buena hostia, pero la alternativa Marías no deja de tener su atractivo.

Con todo esto, la idea de aceptar un premio público depende mucho de las circunstancias: no es lo mismo recibir un galardón otorgado por una empresa española mayoritariamente pública que algo como el Rómulo Gallegos —otrora gran reconocimiento de las letras hispanas y hoy convertido en vergonzoso blanqueamiento de uno de los más abyectos regímenes del mundo hispano—. Igualmente, que el poder reconozca tus méritos literarios —y da igual que este poder sea público o privado, pues cuesta imaginar que Cien años de soledad pudiera haber visto la luz de haber aceptado Gabriel García Márquez una hipotética beca de la United Fruit Company—no quiere decir que ya no vayas a ser crítico con él, pero no hay que perder de vista que este tipo de galardones tienen alguna clase de veneno dentro, y que tanto el receptor como sus lectores han de ser precavidos: el poder busca, el poder exige, el poder atrapa. Y esto no es cuestión —solo— de dinero.




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