Costumbres

¿Eres tú, crisis de los 30?

Quieres atornillarlo todo

18 de marzo 2026


Hubo un tiempo en el que soñaba con hacer muchas cosas y todas ellas eran posibles dentro de un Decathlon. Jugaba a imaginarme en un safari todo vestido de Quechua, subiendo el Kilimanjaro, siendo buzo o coronando el tourmalet embutido en un maillot de escalador, pero la edad hay veces que te da señales en forma de chapuza para hacerte ver que ahora la vida te enseña otras recetas aspiracionales con las que comerte el mundo.


El instinto de hombre responsable me tocó el telefonillo cuando tuve que arreglar un par de cosas en el baño de casa. Cambiar un par de tornillos, que tampoco soy MacGyver. Porque las señales de que la treintena se acerca son así. Llegan sin avisar, y cuando quieres darte cuenta, te descargas la app de LIDL y buscas qué gadgets hay en oferta esa semana.


La primera compra de herramientas es extraña. Sientes que hay algo dentro de ti que no puedes controlar, pero lo intentas. Es una especie de droga dura que no sabes muy bien cuándo empezó, pero no llegas a preguntártelo hasta que te ves en un espejo probándote un cinturón de herramientas y viendo qué espiches le vendrían mejor a la pared de tu cuarto cuando en realidad solo habías ido a la tienda a por un juego de destornilladores. Y cuando crees que ya has pasado esa barrera, que la crisis de capataz de obra se ha diluido por el desagüe de las imaginaciones, sacas el destornillador de la caja y te das cuenta de que no hay marcha atrás. 


Quieres atornillarlo todo. Sales del baño con todo en su sitio, fijo como el flequillo de un saetero, y tu hombría por las nubes dirección a la cocina y empiezas a fijarte los mangos de las sartenes por si acaso. Y no lo sabías, pero ahora entiendes cómo se debió sentir Charlton Heston al empuñar la Tizona durante la grabación de El Cid. Tu cruzada ha mutado, ahora son las roscas y los cerramientos. Decathlon sigue en tu mira, pero ahora solo para comprar cremas anti rozaduras y bañadores baratos, que está la cosa mala.


Pero si te paras a pensarlo, la vida de hombre bricomaniaco te lleva dando señales desde hace mucho tiempo. Entendiste que los Playmobil eran muy divertidos pero que al acabar de jugar había que recogerlos. Aprendiste a montar todo tipo de estructuras con Lego y más de una vez tuviste que ayudar a tu padre con alguna reforma en casa. No lo sabes, pero lo llevas en la sangre, es tu instinto, el nuestro, joder. Porque si tienes treinta años y cada vez que terminas de arreglar algo te sientes como Aníbal cruzando los Pirineos o Don Draper ordenando el garaje de su casa, no estás solo, estoy en tu equipo, compañero. Y aunque creas que sentirte arropado hablando de metros y regletas te ayuda, siento decirte que no, amigo, es peor. Porque se empieza así y se acaba quedando un sábado a las nueve de la mañana para fijar la silla de coche del bebé de una amiga de tu novia. Y qué le vas a hacer si en realidad esas cosas te llenan. Empalmar una batalla tras otra. Tenderle la mano a un compañero de cruzada. El sonido de una lata de cerveza recién abierta a las doce con las manos aún pringosas. Ahí hay belleza, compañero, pero sobre todo hay civilización.


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