Crecer en Málaga supone estar expuesto a los verdiales de forma intermitente, casi sin prestar atención, como uno lo está a las jacarandas en flor durante el mes de mayo. Son ese repiqueteo constante que conforma el paisaje sonoro de las ventas y restaurantes en los montes, el jaleo que hace que tus amigos y tú tengáis que hablar más alto durante la Feria, el borrón de colores que se difumina entre bailes en cada festividad local. Sin embargo, a pesar de su discreta omnipresencia, no son un género particularmente popular. No suenan en la radio, no tienen grandes canciones que todos conocen de memoria, no se cantan en familia, apenas aparecen en las fiestas de fin de curso de los colegios. Aunque algunas de las figuras pertenecientes al nuevo flamenco se han acercado a ellos —Rocío Márquez y BRONQUIO con Niña de sangre, Califato ¾ con TÛ CADENÂ, María Terremoto con Te llevaste mis tormentos o incluso Niño de Elche con su show RaVerdial de la mano de Los Voluble—, aún están a años de luz de ser protagonistas de un proyecto musical alternativo, como el de Baiuca o Rodrigo Cuevas para sus correspondientes tradiciones musicales. Para muchos aún suponen un ruido molesto, repetitivo; una aproximación vulgar a otras formas más sofisticadas del flamenco como son la bulería, la soleá o, por supuesto, la malagueña. Un cante excesivamente rural, primitivo en su ornamentación musical, que a veces se valora casi como un elemento más de ese atrezzo incuestionable pero invisible de la ciudad, junto con el cenachero y la biznaga, que pueblan la idea colectiva de la malacitanía a pesar de que rara vez se dejan ver en el día a día.
El pasado 28 de diciembre, el toque de los platillos servía de relevo sonoro al viento, los relámpagos y las sirenas de alerta roja por temporal que protagonizaron la noche anterior. Contra todo pronóstico, miles de lazos de colores comenzaban a llenar con cuentagotas la explanada del anfiteatro del Parque Andrés Jiménez Díaz, en el barrio del Puerto de la Torre. El sol se abría lentamente paso a través de las nubes negras que habían amenazado la celebración de la Fiesta Mayor de Verdiales, la fecha más grande del género, el Glastonbury del soniquete de platillos y panderos. El día grande de un elemento identitario de la ciudad que se niega a darse por muerto y que parece estar permeando en la escena cultural alternativa de la ciudad. Hace unos años que escucho a amigos y conocidos hablar de esta fiesta. Gente joven, ajena al mundo del cante regional, ni siquiera particularmente cercana al flamenco. Parecía estar convirtiéndose en ese nuevo place to be, en un evento que si eras lo suficientemente moderno —perdón desde ya por el uso del término—, no te podías perder. Me preguntaba si, quizá, no era la enésima exaltación de citas antaño consideradas rancias como la zambomba/zambombá —dejo que el lector acentúe a su criterio para no herir sentimientos—, y si el interés en lo musical y la tradición era genuino como una ocasión así podía requerir. Sentía una especie de arranque de purismo de segunda mano, que me llevaba a pensar que el hecho de que gente como yo estuviera en un evento como ese era un despropósito. Sin embargo, tenía claro que la única manera de hacer las paces con este sentimiento pasaba por asistir a la Fiesta Mayor con los ojos bien abiertos.
Si uno gira sobre sí mismo 360 grados para obtener una panorámica del evento, observa una estampa singular. A tu alrededor conviven grupos de señoras ataviadas con camisa, fajín y flor en el pelo; tatuadores de moda en la ciudad; almendreros con sus puestos ambulantes de cartuchitos; niños que aún no saben que acabarán participando en la Fiesta Mayor en una década o dos; asistentes promedios del Canela, mullet y bigote siempre operativos; familias disfrutando de raciones de arroz, migas y vino moscatel; algún guiri desorientado que aún no sabe de qué va todo esto, y decenas de vecinos del barrio y paisanos de los muchos pueblos y pedanías que participan en el certamen. Y, por supuesto, los cientos de miembros de las distintas pandas de verdiales, uniformados, unidos, pletóricos. Lo increíble de esta estampa es que todos y cada uno de sus figurantes se sienten parte del evento. Se mezclan, comparten mesas, se sientan juntos en las gradas. Nadie sobra, nadie es ajeno, nadie es impostor. Todos están allí por la fiesta, la comida, el ambiente, la música. Todos están allí porque la Fiesta Mayor lo merece.
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Asistir a una fiesta de verdiales es entender que querer disfrutarlos meramente desde lo musical supone, a todas luces, cometer un grave error. Su naturaleza es multimodal, tridimensional. Todo en los verdiales es un estímulo para el ojo. Es fácil quedarse en lo superficial y maravillarse ante los sombreros de flores y lazos, el rasgo más distintivo de los fiesteros, o quizá en el baile de la bandera o en el trío de bailaores mostrando un trenzaíllo. Pero hay algo mucho más hipnótico en la dimensión física de las pandas. Sus miembros tocan apiñados, encogidos, conformando un único cuerpo compuesto por tocaores y cantaores, un ente colectivo que lanza un muro de sonido en el que se entremezclan platillos, castañuelas, guitarras, pandero y violín. A diferencia de la solemnidad del tablao, donde los músicos se sientan de cara al público en sillas individuales, bien separadas entre sí, en los verdiales el componente reside en la colectividad de la panda, en el afán de ser un todo común. Las manos de los tocaores suben y bajan con su tres por cuatro a una velocidad frenética a apenas centímetros de la cara de sus compañeros. Los verdiales se viven desde la cohesión.


A lo largo del día, las pandas pasan por el escenario del anfiteatro, lanzan sus luchas —que me parece un término precioso del argot verdialero para decir interpretar una canción—, tocan, cantan, bailan. El público observa atento, celebra —o, a veces, abuchea— las puntuaciones del jurado, se vuelca con sus pandas favoritas. Pero la magia ocurre a unos metros del anfiteatro, en una pequeña explanada donde las pandas se agrupan y tocan desde el mediodía hasta bien pasado el anochecer, en un formato mucho más puro, alejado del certamen, más apiñados aún, con el público rodeándolas de forma casi agobiante. La gente se agolpa alrededor de las pandas, que se relevan rápidamente al toque, creando piques y choques que solo se resuelven dando más y más de sí mismas. Algunas pandas tocan durante más de diez horas, como lo hacían los antiguos fiesteros que viajaban de cortijo en cortijo llevando los verdiales por todas las tierras que quedan bajo el gran arco calizo. La fiesta pasa a ser más cercana, más del pueblo, más real.
Entender por qué la Fiesta Mayor ha ganado una enorme popularidad entre la gente joven es muy fácil si uno mira con los ojos de un malagueño. Comencemos por lo obvio: lo tradicional vuelve a ser chic. Hay un ápice de nostalgia en el apego a los verdiales, como lo hay en tantos elementos culturales a los que hasta hace apenas unos años les dábamos la espalda. Esto, a su vez, va ligado a la transformación de la ciudad en un enorme centro comercial para turistas. Ante la desaparición de cualquier seña identitaria de nuestra ciudad a manos de la enésima franquicia madrileña, el enésimo locker para turistas en nuestras calles o el enésimo bar moderno-canallita con carta pseudotransgresora genérica, nos agarramos a nuestros símbolos identitarios con uñas y dientes. Quizá sí que es necesario que persigamos de forma activa la conservación de aquello que nos hace diferentes a las decenas de destinos turísticos que sufren nuestra misma condena. Resignificar lo local se convierte en una prioridad para un manojo de generaciones que ve cómo su ciudad se desintegra a manos del capital. Y es aquí donde el barrio del Puerto de la Torre desempeña un papel crucial. Con una fuerte identidad de pueblo y a kilómetros del mar, aguanta sin demasiada dificultad los envites de la gentrificación. Fundado históricamente por emigrantes de los pueblos de la comarca, aún conserva una pureza local que se niega a soltar. La Fiesta Mayor conquista porque todo gusta al que viene. El boca a boca funciona de año en año como un milagro porque es un evento honesto. Aquí fuera hay cosas preciosas: ¿hamburguesas, el fútbol, mi madre? Migas, los verdiales, mis amigos.

Quizá haya quienes se rasguen las vestiduras pensando que esta invasión profana de la Fiesta Mayor suponga el principio del fin de la pureza de los verdiales. Que se está perdiendo la esencia, que la gente está allí por la fiesta y no por la música, que ya no es lo que era. Pero no seamos ingenuos. Los verdiales no solo preceden al flamenco —por lo que hablamos de siglos de historia—, sino que han sobrevivido a amenazas mucho más serias que treintañeros Kodak desechable en mano. Se han conservado intactos tras la desaparición masiva de los cortijos y fincas donde nacieron, han aguantado repoblaciones, relevos generacionales, guerras, hambres, decenas de nuevos géneros musicales más populares. Solo mediante la exposición a un público más numeroso pueden perpetuar su legado. La pureza de este género prevalece porque no nace de un deseo de innovar y de componer, sino de un anhelo colectivo de preservar la tradición, de recoger lo que existe. Paradójicamente, cuanto más amenazada se ve la esencia de un elemento cultural, más se refuerza su identidad. Los que llegan —los que hemos llegado— a esta fiesta más tarde no lo hacen con afán protagonista e innovador. Observan, escuchan, aprenden, disfrutan. Entienden —entendemos— que, la verdadera esencia de los verdiales no es la ortodoxia, la seriedad, el temple; sino la fiesta, la alegría, la emoción. Pegarte a los tuyos, hacer comunidad, tejer lazos. Que todos seamos uno, para que ese uno sea mejor.