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Hacerse mayor
Poco a poco te vas dando cuenta de que te haces viejo y la vida te va dando señales de ello.
10 de julio 2024
Poco a poco te vas dando cuenta de que te haces viejo y la vida te va dando señales de ello.
Acababa de llegar a casa de la playa con ese sabor a verano que nos deja la sal en los labios y la arena en los tobillos -porque sí, si una playa es de piedra en vez de arena, para mí es menos playa-. Me duché para volver al mundo de los mortales y comencé a peinarme cuando, de manera casi fortuita, me topé con un reflejo en el espejo que salía de mi cabellera. Y sí. Damas y caballeros, ya he peinado mis primeras canas.
Pensé que sería más traumático, que mis canas vendrían después de una resaca fuerte fruto de una boda a la que fui por compromiso o tras una ruptura con una novia, pero no. La vejez no llama a la puerta, entra porque alguien se la dejó abierta.
De primeras no eres del todo consciente de tu vejez, pero poco a poco te vas dando cuenta de que te haces mayor y la vida te va dando señales de ello. De pronto un balón de fútbol en la playa es un peligro y una silla en vez de una toalla es casi una necesidad. Tu jugador favorito es más joven que tú y los niños a los que ganabas en el recreo ahora te dan un meneo en el torneo de fútbol de antiguos alumnos.
La sociedad y las tendencias me van poniendo en mi sitio. No sé si a los demás les pasa, pero a mí me entran escalofríos sólo de ver a los pibardos vestidos para su graduación en traje y zapatillas blancas. “Con lo guapos que estarían con unos zapatos y un peinado decente” piensa el viejo que habita en mí. Y lo de los zapatos no es sólo estética, lo juro. Ahí pienso más en las abuelas que van a las graduaciones y se llevan el disgusto al ver a sus nietos así vestidos que en el bien común. Es jodido darse cuenta de que uno se hace viejo, que se acerca a los treinta en mi caso. Porque eres demasiado joven para escuchar a Julio Iglesias y lo suficientemente mayor para pagar una entrada de adulto en cualquier museo.
Hacerse mayor no es sólo quejarse de cómo conduce la gente (que también), es enfrentarse de una manera consciente a la fragilidad de la vida. A sentir más cercanas las desgracias ajenas y a tener un miedo más real a que le pueda pasar algo a los que tienes cerca. Pero lo que más me preocupa es no darme cuenta de que me hago mayor y tener una crisis de los cuarenta desastrosa de esas en las que te compras una GoPro, te da por hacer puenting y decides que ha llegado el momento de hacerte tu primer tatuaje.
Abogo por una vejez más tranquila. Me decepcionaría a mí mismo si acabo como uno de esos puretas que no se dan cuenta de la edad que tienen y acaban con resaca todos los domingos del mes. Hay una parte de mí que le quiere pedir ayuda a alguien más joven porque no entiende cómo funciona un aparato. Que no sabe cómo poner la tele, pero que no pierde nunca la curiosidad. Sin curiosidad estamos perdidos.
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La muerte vive en mi calle y pasea un bichón maltés. La veo mínimo un par de veces por semanas. No miento. Camina más que John Travolta en Saturday Night Fever, pero a su ritmo. Despacio. La muerte cojea levemente.
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Por Álvaro González
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Por Álvaro González
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