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La obsesión de ROI & CO por hacerlo todo mejor
La idea era esta: mil latas, sin marca, sin plan de negocio, sólo para regalar
6 de marzo 2026
La idea era esta: mil latas, sin marca, sin plan de negocio, sólo para regalar
En la costa gallega las ideas nacen como las olas: sin prisa, con ese vaivén que parece no ir a ningún sitio y que, cuando uno quiere darse cuenta, ya está rompiendo en la orilla. La de ROI & CO empezó como empiezan muchas historias: alrededor de una mesa, frente a unas latas abiertas a deshora y una conversación que pasó de fantasía a realidad sin que nadie señalara el momento exacto.
Era el verano de 2020, en el restaurante Punta Cabalo, frente a ese Atlántico que en Galicia sirve a la vez de paisaje y de explicación. Rodrigo Lojo -Roi- sacó unas latas de mejillones con las que llevaba tiempo experimentando gracias a su empresa de tratamiento de agua de mar para conserveras. En la mesa estaba también el abogado Enrique León Carrasco, cliente habitual y cómplice gastronómico.
La comida había derivado en sobremesa y la sobremesa fue cena cuando alguien lanzó la pregunta que cambia las cosas: “¿Y si hacemos las mejores conservas posibles para disfrutar nosotros y nuestros amigos?”. La idea era esta: mil latas, sin marca, sin plan de negocio, sólo para regalar. Pero algunas ocurrencias tienen la mala costumbre de quedarse flotando en el aire, como el olor a salitre en una ría.
Meses después, Roi volvió a llamar a Enrique: “Si ya hemos hecho las latas, ¿por qué no una conservera?”. Se sumaron nuevos cómplices, entre ellos el exfutbolista Aitor Ocio, y las primeras latas viajaron hasta Bilbao para enseñárselas en su casa. La reacción fue inmediata, aquello no podía quedarse en una anécdota. Había que hacerlo, pero hacerlo bien.
El proyecto tardó casi cuatro años en llegar al mercado. No porque enlatar mejillones sea complicado -en Galicia llevan más de un siglo haciéndolo- sino porque querían construir algo más que un producto. Diseñaron todo con paciencia: la conserva, el relato, el ‘packaging’. Una forma de trabajar que podría resumirse en una idea sencilla: el producto, la calidad y la belleza frente a todo.
En esa parte tuvo mucho que ver el fotógrafo y creativo Aitor Molina, que entró como colaborador y acabó como socio. Las cajas, las postales o las coordenadas impresas en las latas que señalan el punto exacto del mar del que sale cada producto responden a una intuición clara: si vas a hacer algo pequeño, hazlo bonito.
Esa honestidad también se nota en la forma de trabajar. Si no hay berberechos, no se enlatan berberechos. Si la zamburiña escasea, desaparece del catálogo. Podrían recurrir a producto congelado o importado para vender más, pero entonces dejaría de tener sentido.
La fábrica, en A Illa de Arousa, funciona casi como una cocina grande: autoclaves manuales, latas cerradas una a una y una producción que, en el mejor de los casos, ronda las trescientas mil unidades al año. Sus conservas empiezan a verse en tiendas gourmet y en mercados lejanos como Hong Kong o Dubái.
Algunas latas superan los cincuenta euros. Pero sus latas no aspiran a ser un gesto cotidiano, sino un pequeño festín. Todo lo que hacen está muy bueno, pero sus navajas podrían colarse sin esfuerzo en esa lista de motivos por los que merece la pena vivir que enumeraba Woody Allen en ‘Manhattan’. La calidad, la amistad y la felicidad en cada bocado.
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