Gastronomía

No viralices tu bar

Jamás se debe escribir ni recomendar los sitios que a uno le gustan.

29 de mayo 2026 · 2 comentarios


¿Esperarían una larga cola por un pincho de tortilla? Yo, lo dudo. Puede que sea el mejor del mundo o no, pero hasta qué punto merece la pena perder nuestro tiempo y la libertad de hacer e ir a donde uno quiera por un trozo de tortilla.

Desde que Cocituber mostró en sus redes, el pincho de tortilla del bar Antonio, en San Sebastián, el ya conocido local ha aumentado exponencialmente su popularidad. Diego Soto publicó, el 27 de mayo en Twitter -me niego a llamarlo X-, un vídeo en el que se podía ver una cola inmensa a las diez de la mañana. Escribió: “Bar Antonio de San Sebastián. Miércoles. Diez de la mañana. Se confirma que nos hemos quedado ya para siempre sin su pintxo de tortilla”. Toda una calle abarrotada esperando la tortilla de un bar porque un influencer la ha ponderado muy bien. Una muestra más del poder y del crédito -alzan un sitio o se lo cargan- que damos a todos esos supuestos entendidos gastronómicos, cuando, en verdad, salvo excepciones distan mucho de ser grandes conocedores. Por eso, cada vez más reivindico la figura del crítico gastronómico, porque se está perdiendo y los que quedan ven mermado su discernimiento por las condiciones laborales o el lameculismo necesario para poder estar en los sitios.

Tengo claro que, si les va bien, jamás se debe escribir ni recomendar los sitios que a uno le gustan, a los que va y siente como una prolongación de su casa. Corremos el riesgo de que una marabunta de personas se amalgame cada día en su barra, perdiendo estos refugios para siempre. “No hay que contar nada, que luego todo se sabe”, y una sobreexposición así los lleva a desvirtuarse y perder su esencia. Es un problema muy de los periodistas -deformación profesional, supongo-, y a nada que nos dejan ya estamos ponderando y aconsejando esto y lo otro; también hay que saber callarse, valer más por lo que uno no cuenta.

Soy consciente de que esta postura parte de forma absoluta desde mi egoísmo, toda mi mundanidad y una forma hedonista de enfrentarme a la vida. Quiero lo bueno para disfrutarlo con los míos, porque una gran parte de la emoción que nos despiertan ciertos bares se debe a los que nos acompañan. La parroquia de un establecimiento -diferente a los clientes que consumen y se van- le confiere su esencia, estableciéndose una ósmosis entre ellos y el local hasta igualarse.

Si sabes cuál es el mejor sitio para tomar pollo al ajillo, un buen pescado o el mejor negroni; seguro que no eres el único y están ya llenos. Disfrútalo, vete con tus amigos y familia, pero no lo viralices: será el fin.

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