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La obsolescencia emocional de los objetos cotidianos
¿Y si diseñar para durar fuera diseñar para ser querido?
16 de septiembre 2026
He dedicado el verano a vaciar la casa de mi infancia. Mis abuelos fallecieron hace casi dos años y su casa seguía intacta. Hace solo unos meses guardé las gafas de mi abuela que descansaban sobre la mesita de noche. Hice lo mismo con los objetos que estaban a la vista y parecían esperar su vuelta. Después, llegaron las vacaciones y sentí que era el momento de dar el paso, había llegado la hora de guardar/tirar/donar todas sus pertenencias. No era así como pretendía iniciar este texto, normalmente no me gusta dejar tanto rastro de mi vida personal en internet, pero esta experiencia me marcó. Supongo que tendrá que ver con el hecho de que sea el primer duelo que recuerdo y de dos de mis personas favoritas, en muy pocos meses de diferencia.
Volviendo a aquella casa vacía, durante varios días de trabajo, me dediqué a sacar, habitación por habitación, todas y cada una de sus cosas. Excepto la ropa. No estoy en ese punto, me gusta abrir su armario y oler a mi abuela. Mi abuela era modista y cosía a mano muchas de sus prendas. De vez en cuando, abría el armario y me contaba la historia de alguna de ellas. No tenía dinero, así que cosía su propia ropa con retales sobrantes de las prendas de sus clientas. Hoy, me encanta ponerme sus chalecos y camisas. Vaciar su casa fue algo sanador, aunque no quiero ponerme jipi. Me gustó muchísimo descubrir partes de ellos que no conocía, como si aún no estando aquí pudiesen seguir contándome historias. También descubrí cosas de mi padre y de mi tío, porque mi abuela lo guardaba todo.
Encontré, oxidado, el arpón que fabricó mi padre cuando tenía 11 años, ese del que me hablaban en las historias de pesca durante el verano. Encontré cartas y postales de diferentes amigos, muchas fotos antiguas, las notas de EGB… También encontré objetos en buen y mal estado. Guardé la maleta de cuero que compró mi abuelo al emigrar a Suiza. Guardé un reproductor de cassette y una Kodak de fotos instantáneas que tengo pendiente llevar a reparar. También guardé la típica caja de galletas que solo contiene hilos, una que está tan desgastada que me hace pensar que perteneció a alguien más antes de mi abuela. Tiré cosas también, muchísimas cosas, perdí la cuenta de los viajes a los contenedores.
Tengo la sensación de que si fuera mi casa la que se vaciase, nadie encontraría tanta magia. Miro a mi alrededor y nada habla. Me niego a que una airfryer sea el objeto que alguien quiera conservar. Mis libros, mi colección de CD’s, los juguetes de mi perra… ¡Tengo una caja! Una vieja, como la de los hilos. En uno de mis cumpleaños (definitivamente antes de los 10) me regalaron un set de perfume y crema que venían en una caja de hojalata con forma de corazón. Ni en su momento, ni ahora, entiendo por qué iba a necesitar una niña un perfume y una crema a conjunto. Pero la caja… La caja era perfecta. La tuve en mi estantería desde entonces, y al independizarme se vino conmigo.
Todos tenemos algún objeto así. Algo que, por muchos años o poco valor que tenga, cuidamos y mantenemos. A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con miles de objetos. Si tenemos como referencia ese objeto del que no queremos desprendernos, nos daremos cuenta de que su función y su significado han ido cambiando conforme se ha ido desarrollando la relación objeto-sujeto. Mi caja servía para contener un perfume. Ahora contiene pilas, un metro, tijeras y un destornillador. La mantengo porque conecta directamente con mi infancia. Este amor objetual comenzó como todos los amores, con el deseo y lo visceral. La caja es super bonita y tiene relieves, a la pequeña Ángela le hicieron los ojos chiribitas cuando la vio. La afectividad con el objeto se desarrolla mediante el uso y su función. Le fui cogiendo cariño cuando sacaba el perfume para ocasiones especiales. El clímax de esta relación llega cuando el objeto trasciende su uso con el significado, en el nivel reflexivo1, ya no es solo una caja. Ese corazón de hojalata me ha visto crecer. Vio cómo guardaba las pulseritas que hacía, después mi maquillaje y ahora, bueno, esas cosas que toda persona adulta tiene que guardar en algún sitio.
Esa caja me acompañará muchos años, porque así lo he decidido. Aunque todos tenemos una relación como esta con algún objeto, no todos los objetos nos hacen sentir este apego por ellos. El sistema de consumo actual nos empuja a relaciones cortas y superficiales con los objetos, con las personas, en definitiva, con todo lo que nos rodea. Si evitamos el compromiso con los humanos, por qué íbamos a mantenerlo con los objetos. Al parecer, los objetos y las relaciones interpersonales tienen fecha de caducidad, obsolescencia programada. Ya nadie cree en el amor, ni en objetos que pasan de generación en generación. Sin embargo, comprar vintage es tendencia. Nos gustan los objetos con historia, pero no con la nuestra, sino con una historia ficticia. La historia que inventamos sobre los pasados dueños del objeto.
Seguimos usando objetos viejos, igual que seguimos buscando sentirnos queridos, aunque sea de forma distinta a como hacían nuestros abuelos. Ellos eran del “para toda la vida”. Bastante cuestionable en el amor, pero quizá la mejor forma de mirar los objetos que nos rodean. Victor Papanek ya defendía, allá por los 70, la creación de objetos duraderos, fáciles de desmontar y reparar por el propio usuario, diseñados bajo el prisma de la economía circular y utilizando los recursos locales. Desde ese momento se ha hablado mucho de sostenibilidad y ha habido pequeños progresos, pero insuficientes para combatir la montaña de basura generada por los humanos y la destrucción que supone para el planeta. Me surge la duda de si realmente estamos preparados para un diseño durable con este hambre de consumo. Si pudiéramos mantener los objetos, repararlos y, después de su vida útil, convertirlos en otra cosa como hacían nuestros abuelos, ¿lo haríamos?
Estamos en un punto en el que las tendencias cambian demasiado rápido, nuestro capital sexual2 y la autopercepción se basan de cierta forma en las modas que seguimos y los objetos que adquirimos. Incluso el más moderno y menos mainstream acaba consumiendo según la tendencia, aunque sea por posicionarse en contra. Los objetos que nos rodean refuerzan nuestra identidad y cómo elegimos presentarnos ante el mundo. La obsolescencia también es emocional y depende de nuestro deseo. No solo del deseo más visceral (lo que atrae o nos llama la atención), sino también del deseo aspiracional, quién queremos ser. Un objeto no debería ser solo durable en cuanto a función, habría que diseñar objetos emocionalmente durables. Chapman habla de cómo el diseño enfocado al apego con el objeto puede ser una de las soluciones al problema ecológico. Estudió qué características debe cumplir un objeto para generar este tipo de apego y su teoría es que si tuviéramos relaciones largas entre objeto y usuario, no sentiríamos la necesidad de comprar algo nuevo cuando se puede cuidar o reparar lo viejo. El problema es que el deseo es cambiante, deseamos cosas nuevas y no siempre deseamos lo mismo. El deseo evoluciona de la misma forma que lo hace nuestra personalidad.
Si extrapolamos esta propuesta a las relaciones interpersonales, las personas que eligen estar en una relación larga en la que cuidar y reparar, no sentirán el deseo de estar con otras personas. Sabemos que esto no pasa. Tanto en relaciones monógamas como poliamorosas existe el deseo por personas fuera del vínculo. La diferencia está en qué se hace con ese deseo según los pactos que se tengan. Lo que vengo a decir es, por mucho que se diseñen objetos emocionalmente durables, el deseo de algo nuevo no va a desaparecer. Mucho menos cuando todo el sistema está configurado para seguir deseando y consumiendo. Tampoco desaparecería en cualquier otro sistema. El deseo es algo intrínseco del ser humano, un mecanismo evolutivo que garantiza nuestra existencia y no estoy tratando de demonizarlo, sino de ponerle consciencia.
Al llegar al punto álgido de la relación sujeto-objeto, siempre habrá una decisión entre elegir conservar el objeto o aceptar la pulsión de algo nuevo. Esta decisión es únicamente del usuario y debería ser consciente. Sin embargo, el diseñador tiene la responsabilidad de crear algo que inconscientemente se quiera mantener, en lugar de convertirse en un cómplice del mercado que, al más puro estilo Loewy3, intenta seducir al consumidor para que adquiera un nuevo producto sin realizar mejoras reales más allá de la apariencia. En resumen, el diseño emocionalmente durable, el que busca la sostenibilidad, es un trabajo en equipo entre diseñador y usuario, ya que es en este último sobre quien recae la decisión final de guardar/tirar/comprar.
1 Aquí hablo de los 3 niveles de diseño emocional de Don A. Norman (visceral, conductual y reflexivo) aplicado a la relación de apego con el objeto. Don A. Norman se centra más en usabilidad, experiencia de usuario y en la importancia de diseñar para respuestas emocionales positivas.
2 Recomiendo el libro “El capital sexual. Todo lo que llegamos a hacer por amor y un poco de sexo” de Na Pai aunque, aviso, tiene momentos que rozan el journaling e incluso la autoayuda.
3 Raymond Loewy fue un diseñador industrial. Máximo exponente del styling, una forma de ver el diseño y la apariencia como la mejor manera de incentivar el consumo.
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