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¡Más chupitos!
Yo me tiro al pacharán, siempre en vaso de sidra y dos hielos.
30 de mayo 2025
Tan importante como la comida, o más, es lo que se bebe y la compañía. Esto es algo bien sabido por todos aquellos aficionados al arte del buen comer, que no es sólo ni siempre comer bien. Reunirse en torno a una mesa sigue siendo, por mucho que pasen los años, uno de los actos que más unen al ser humano. Y más en estos tiempos -ahora saltan con lo de prohibir fumar en las terrazas, en las discotecas al aire libre y demás prohibiciones que gustan tanto a eso que mandan y que tan mal dirigen- donde parece que todo está prohibido, es malo para la salud y como siempre ha sido: engorda.
Cuando uno está en la mesa, hay un momento mágico que se está perdiendo, aunque muchos luchemos por su pervivencia: el chupito. Ese instante que separa y parte el ritual entre la mesa y la sobremesa, entre el masticar y el platicar, entre comer y el beber. Crecí pensando en que era el postre de los adultos, porque cuando era niño veía a los hombres negar la tarta y abrazarse al chupito. Y yo pensaba que eso era hacerse mayor. Esa imagen de vasos de colores resplandecientes sobre un mantel blanco lleno de migas y botellas vacías es el mejor bodegón posible, una imagen fija esperando a ser pintada por Pepe Baena Nieto.
Yo me tiro al pacharán, siempre en vaso de sidra y dos hielos. Mi padre ataca al licor de guindas, que cada año prepara en San Román siguiendo la receta de mis abuelas. Mi abuela Jovita es muy de licor café, aunque a sus 96 años no hace remilgos y toma de todo. Mi tío Pepe, es el rey del orujo blanco. Y Gerardo, mi otro tío, disfruta como pocos de una copa de coñac, que es algo que antes se tomaba mucho y ahora cuando lo pides te miran con cara rara -en Baqueira, mi padre y sus amigos pidieron un sol y sombra (coñac y anís), y los camareros alucinaban.
Pero yo creo que si alguien se merece una mención especial en esto de las bebidas alcohólicas para cerrar el santo rito de manducar, es mi amigo Antonio Urbieta y su ‘KIT’, porque combina el postre, con el alcohol y el café. El ‘KIT’ de Urbieta consiste en mezclar, en una copa grande, un poco de café, algo de helado y bastante coñac. Siendo capaz de movilizar a camareros para que vayan a donde haga falta a buscar, en el caso de no tener alguno, estos ingredientes. Con esta bomba bendice Antonio las comidas con amigos, porque en el acto mágico de ingerir esta combinación reside el inicio de la francachela. Algunos privilegiados hemos tenido la suerte y la oportunidad de probar el ‘KIT’, y les aseguro que el sabor merece la pena, aunque uno luego ha de asumir las consecuencias de tal ingesta.
Espero que estén en este barco conmigo y no en el de las infusiones.
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