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Se dice ‘pixín’ y es un manjar
Es como se llama en Asturias al rape, ese pez cavernoso con vestigios de bestia submarina de una novela de Verne.
8 de mayo 2026
Una de las razones por las que merece la pena vivir -pero Woody Allen no lo supo hasta que vino a Oviedo, por eso no está en la lista que su personaje Isaac Davis enumera en ‘Manhattan’-, por encima de Groucho Marx o el segundo movimiento de la sinfonía ‘Júpiter’ de Mozart, es por comer fritos de pixín. Un sabor de infancia que me acompañará para siempre, una sensación de delicadeza e intensidad en la boca.
El pixín es como se llama en Asturias al rape, ese pez cavernoso con vestigios de bestia submarina de una novela de Verne. Son lo mismo, pero no. Me indigna ver cómo en las cartas de los lugares más turísticos e impostados va colonizando el término de ‘rape’, pero con lo que no puedo es cuando esos hosteleros se ponen cursis y pasan al ‘rapito’ o ‘sapito’. ¿Qué está pasando? ¿De dónde sale esa gente?
El pixín es terraza, sol, mar, sidra; esa estación llamada verano que antes era casi inexistente y que ahora parece que repunta. Unos fritos son realmente gastronomía asturiana, pureza de producto e identidad del mar Cantábrico. Un pez oscuro y feo que esconde en esa coraza un manjar invencible. Luego hay quienes hablan de cachopo y tal, y uno llora porque no saben que están renunciando al placer absoluto.
Los mejores fritos de pixín que existieron en este mundo, eran los de esa catedral del comer que fue Casa Gervasio: una sidrería que enseñó el disfrute de lo sencillo si es bueno a varias generaciones. Cerrado hace unos años, y cuando estábamos huérfanos, Casa Ramón, en la plaza del Fontán en Oviedo, cogió el relevo y ha conseguido ponerse a la altura – y si no, muy cerca. De casa en casa, porque crecer es que te vayan cerrando tus lugares favoritos, seguimos disfrutando, cuando la cartera y la mar lo permiten, de un plato que nos pone a la diestra del cielo.
Un rebozado delicado, la carne con una fina capa de huevo no muy batido y una fritura rápida y certera. Así, ese tosco animal se convierte en unos trozos delicados que rompen en lascas al acercarles el tenedor y llevárnoslos a la boca. Una fritura por encima de cualquier otra que puedan imaginar o hayan probado, una brava ola envuelta en oro para acabar en nuestro estómago.
Pruébenlos, y sabrán que todo esto que escribo se queda corto. Y repitan conmigo: “PI-XÍN”.
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