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Más pantalla que pan
Pongámonos el propósito de no blandir tanto el smartphone frente a un plato, de hablar y escuchar con fineza.
17 de abril 2026
El amor, la familia o la amistad logran que nos sintamos -y que seamos- mejores. Sólo por el simple hecho de querer y sentirnos queridos cualquiera experimenta una plenitud, la puerta abierta del paraíso que permite que se escape por un instante la brisa de la felicidad y nos aborde. Y pocos sitios mejores para esto que en una comida con aquellos que son de los nuestros. Algo elemental que, sin embargo, entre distracciones y la volatilidad de estos tiempos, no siempre conseguimos.
Es casi imposible ver a una pareja, o a un grupo de amigos o de familia, celebrando en la mesa y que no campen los móviles sobre el mantel. Que si una foto del plato, que si voy a mirar un segundo esto o aquello, que si tengo que contestar a este WhatsApp; todo menos aprovechar el momento, hablar y mirar a los ojos a quienes tenemos al lado
Se está dando la situación tan absurda de grabar situaciones para no verlas nunca más, perdiendo el momento preciso de disfrute y ocupando memoria en el teléfono, porque en la nuestra apenas ha calado por estar viviendo en la pantalla aquello que no hacemos en directo. Trato cada vez más de abstenerme de esta rutina idiota y maleducada, pero no siempre lo consigo: la mano y la vista se van, y toca resistirse.
Prestar atención a lo que se come, a lo que se bebe, a la persona que comparte con nosotros el instante de cada plato. “Debí tirar más fotos”, canta Bad Bunny, pero yo estoy en todo lo contrario: debemos tirar menos. No puede ser que el IPhone se empuñe más que la servilleta; que la pantalla destelleando acapare nuestros agasajos y no los ojos, las risas, los gestos de aquellos con los que compartimos el vino y el pan. Tienen que acabarse esas mesas en las que se paladea con la cabeza gacha, el dedo inquieto y las palabras escuetas. No seamos como la gente del Titanic que no repitió o tomó postre, no seamos de aquellos que luego tienen que arrepentirse de lo que no se dijeron o de esos segundos que no fueron capaces de exprimir y saborear.
Pongámonos el propósito de no blandir tanto el smartphone frente a un plato, de hablar y escuchar con fineza, de grabar en nuestra cabeza esos momentos que pueden parecer corrientes, pero luego con la pátina de los años- y las ausencias- se vuelven únicos.
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