Gastronomía

Volver a la huerta

Poner los pies en la tierra para no estar siempre en las nubes

1 de mayo 2026


Volver a la huerta es una forma de no olvidar de dónde vengo. Elegir qué vamos a cultivar, cómo, cuándo y en qué zona muestra lo determinante que es la tierra y la importancia de las raíces: imposibles de esconder, signos de verdad y pureza.

Con el cambio de estación, los días crecientes y el frío en retirada, mi padre, mi tío y yo nos juntamos cada abril para empezar a trabajar el campo y así, en unos meses, poder disfrutar de la recompensa. Premio compartido con la familia y los amigos, porque en común todo mejora, hasta el sabor. Seleccionamos con esmero y vistas a una gran producción todo aquello que vamos a plantar, aunque no siempre se cumplen nuestras esperanzas.

Nuestra idea inicial se materializa en plantas, raíces, semillas, tierra, agua, abono, cañas y horas de trabajo. De rodillas, con las manos sucias y húmedas, frente a cuatrocientos plantones de cebollino, no queda resquicio para esa sociedad líquida, etérea y acelerada en la que vivimos inmersos cada día. Cuando situamos unos pequeños brotes de lechuga entre el humus, para luego regarlos y tratar de que los caracoles no los diezmen, la corporeidad y el cuidado salen a relucir, mostrando la fragilidad de la existencia. Al enterrar unas cuantas fabas en la profundidad oscura y franca, de las que brotarán plantas y con ello aseguraremos la provisión del año, el crecimiento y el cambio dejan de ser fruslería y chácara de Instagram y se convierten en fabada. Al enfermar las tomateras o ser devorados los tomates por los pájaros, no podemos vencer frente a todo, asistimos resignados a la imposibilidad y a la refutación de esa consigna tan dañina y errónea del “querer es poder”. O los calabacines en esa expansión continua y acelerada, tan desorbitada que pierden su esencia, indican el problema de la ambición desmedida y la distorsión que provoca la avaricia.

De la huerta -como de todo en la vida-, a poco que uno muestre interés y observe, se obtienen grandes lecciones que se pueden aplicar en otros ámbitos. Pero quizá la más importante sea la del trabajo diario, la espera y la capacidad de disfrutar al máximo con lo sencillo siempre que sea auténtico.

Una ensalada con un chorro de aceite y unas escamas de sal, que es comerse el mundo. Puñados de piparras tras unos segundos en la sartén, la alegría a bocados. El repollo con un sofrito, la historia rehogada. La fabada o el pote con lentitud y buen compango, devorar cultura y asturianía.

Cultivar la huerta es poner los pies en la tierra para no estar siempre en las nubes, es emplear el trabajo físico para poder pensar mejor y más limpio, es darse cuenta de que si uno no sabe mirar o no lo hace en el momento idóneo, poco importa la maravilla que tenga delante. Otro año más, he vuelto a la huerta.

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