__MESSAGE__
Una odisea abstemia
Una especie de gatopardismo cantábrico que abunda por aquí.
12 de junio 2026
Quise acercarme a la noche y al ocio adulto en Oviedo, donde todo se engrasa con alcohol, desde la sobriedad más absoluta. El resultado es este pequeño diario donde fui anotando mis impresiones, experiencias y expectativas.
La heroica ciudad que antes dormía la siesta, ahora está llena de cobardes y ya no la echa. No lo hacen los ovetenses porque nada más que sale un rayo de sol, se lanzan despavoridos al vermú. Un vermú que alargan hasta la noche, eso que antes se llamaba ‘torero’ y ahora como adanistas estúpidos le dicen ‘tardeo'.
Lo que provoca esta concatenación etílica es que ya es posible ver a cualquier hora de la tarde a gente borracha que antes sólo mostraba sus flancos a altas horas en el Ay Carmela.
Como afirmaba Fernán Gómez, yo también me veo capacitado para hacer absolutamente nada, pero no puedo permitírmelo al no ser heredero de una cómoda e inmensa fortuna. Ojalá poder honrar la mejor profesión del mundo, que no es otra que la de rentista. Por ello venero y aborrezco a una serie de individuos a los que siempre me encuentro en los bares. Profesionales estupendos y reputados que, echando más horas en la barra de La Paloma o la terraza del Jamón Jamón que sentados en su despacho, consiguen llevar sus empresas a buen puerto. No sé cómo lo hacen, pero cuando menean el espumoso queda claro que comprenden aquello de que el descanso es la parte más importante del acto de trabajar.
Me miran raro cuando un viernes pido un agua con gas. Normal, me veo raro yo. No sé cómo puede haber alguien que esté orgulloso por hacerlo, ungiéndose de una supuesta superioridad moral por cuidarse, estar hidratado y tomar complementos alimenticios. Como aquellos pobres desgraciados que no tomaron postre la última noche del Titanic, en esta vida uno no puede ser gilipollas. Tampoco aburrido, condición que todos estos fit cumplen a rajatabla. Olvidando que vivir no es sólo que pasen los días. Como aquello que escribió Karmelo C. Iribarren cuando detonaron su corazón: “La vida sigue -dicen-, / pero no siempre es verdad. / A veces la vida no sigue. / A veces solo pasan los días”.
Desde el lado del abstemio ocasional y a sueldo, como es el mío, tiendo a observar y escuchar con esmero la forma en que las personas van transformándose cuando la bebida empieza a correr por su sangre. Unos empiezan a balbucear como si su lengua hubiese sufrido una metamorfosis y ahora lo que choca contra su paladar es un pececillo escurridizo y pringoso tratando de escapar de su acuario. La verborrea también conquista a otros, enlazando una conversación tras otra hasta que surge el milagro y acaban en un monólogo único y solitario. Es común que el equilibrio flaquee, y lo que se inició como un pequeño tropiezo o bamboleo, acabe con la persona dibujando posturas imposibles con su cuerpo para tratar de avanzar, paso a paso, desafiando las leyes de la física. Puede darse el caso de que todas estas manifestaciones se den, dependiendo del instante del reloj, en una sola persona: el horror, el horror, el horror.
Luego, en ocasiones tan selectas que puede que no se dé nunca, aparecen esos profesionales dedicados a tiempo completo a la dura tarea de beber, que jamás se les traba la lengua ni nubla la mente. Lo hacen como si no les fuese la vida en ello, pero precisamente lo hacen así porque sí que se les va. Manuel Alcántara pertenecía a este linaje, de seres que usan el alcohol como gasolina para que ese universo, que les brota de lo más adentro de su ser y les llega hasta la puntita de los pies, arranque y nos maraville, haciendo que lo imposible parezca fácil. Despertando el gusto en nosotros del mar, del olor de los jazmines, los libros, el sol, las noches, el verano, y de querer siempre mirar muy cerca unas pestañas.
No es cierto eso de que cuando uno no bebe no se lo pasa bien por las noches, aunque quizá un poco sí. Porque cuando uno está seco, lo que le pasa es que no se lo pasa tan bien, o no tanto como para que merezca la pena aguantar hasta altas horas. A un pub o a una discoteca se puede ir a beber, a drogarse, a ligar y, en condiciones muy límites y particulares –cada uno con su tara–, voy a admitir que a bailar. Por eso, si tienes pareja y no quieres intoxicarte, las posibilidades de encontrar disfrute más allá de las tres de la mañana se reducen al máximo. Una cocacola zero no te da lo mismo que un gintonic ni un chicle puede compararse a una raya; tampoco un polvo rápido tiene nada que ver con el amor.
El levantarse sin ápice de resaca hace que, pese a trasnochar, las mañanas de los sábados y domingos se hagan largas, limpias y claras. Un tiempo no tan desconocido, pero que se ilumina con la actividad fulgurante de una cabeza sin síntomas de abotargamiento y un cuerpo que grita pidiendo movimiento. Deporte, lectura, trabajo, cultura. Es imposible no sentirse por encima de aquellos que han sucumbido a la noche febril. Pero lucho y no me dejo vencer por esta falsa superioridad que no es más que vanidad y resignación de lo que no hice la noche anterior. Cuántas veces he salido, he bebido y he hecho lo mismo que estas mañanas temperantes.
Pido una 0’0 y le arranco la etiqueta para no pasar vergüenza. Ha sido, quizá, el día más caluroso del año en Asturias –me atrevo a decirlo pendiente aún del verano entrante– y a la hora en la que la noche lucha contra el día y el Oviedín sale a tomar algo. A tomar algo y dejarse ver, porque esta pequeña ciudad que quiere parecer moderna y sofisticada sigue repitiendo los mismos pecados pueblerinos de los que finge aborrecer. Saludar y ser saludado, paseando los cuerpos semidesnudos y sudorosos, con incipientes morenos trepando por el rostro y los brazos, por los lugares que vertebran el ocio local. Terrazas y calles tomadas tratando de vencerle un pulso al tiempo, que siempre gana.
No hay tanta diferencia en cómo soy y cómo soy con una cerveza en la mano, creo que es más rutina y pose que placer o necesidad. Al menos, pero esto ya es cuando las consumiciones son varias y frecuentes, hasta que llega ese punto en el que todos doblamos y pasamos a habitar una realidad paralela siempre en lucha entre la realidad y lo que percibimos. Ese punto sin retorno, hay que ser ese caracol, que decía el coronel Kurtz perdido en la profunda jungla de Camboya, deslizándose por el filo de una navaja, jugueteando y recreándose, para salir sin un corte. Esto es una aspiración, pero como tal: suele perpetrarse en imposible.
No me noto mejor físicamente, estoy igual que antes: marco ritmos muy parecidos cuando salgo a correr y las repeticiones no se han disparado en mis ejercicios. Tampoco ha variado mi ánimo: contento a veces, triste otras y en algún instante disfruto de esa brisa instantánea que es la felicidad. Hay mucha religiosidad mal entendida, en forma de mindfulness batucada y meditación Cumbayá, en eso de cuidarse. Así acaba la gente siguiendo a Llorente como gurú cuando mucho mejor sería ir el domingo a misa y luego tomar el vermú.
“Bebo porque cuando bebo pasan cosas”, dicen que dijo Scott Fitzgerald. No queriendo llevarle yo nunca la contraria a un tipo capaz de escribir obras maestras como ‘El gran Gatsby’ o ‘Suave es la noche’, voy a tener que hacerlo desde mi mediocridad rampante. Las cosas empiezan a pasar cuando uno sale de casa, compartiendo tiempo con nuestros semejantes –aunque no nos parezcamos tanto o nada–, las historias y las anécdotas nos abordan. Al menos en mi caso, que no tengo una capacidad intelectual tal para inventarme mundos y vidas desde el sofá. Y lo agradezco, así tengo que patear cada día en busca de la noticia, el hecho o la rutina que me dé material para escribir y poder contar algo. Sobre todo, para no quedarme solo, porque el que cuenta las historias, a poco bien que lo haga, nunca se queda sin público. También para tratar de ganarme la vida en esto tan difícil del periodismo y la escritura.
No soportar a los borrachos es un signo de narcisismo estratosférico, pensar que la embriaguez nada más que es aguantable cuando es uno el que la pasea es creerse un dios supremo. Viendo desde afuera —desde la claridad plena de mente y sin prejuicios— toda esa gente moviéndose al ritmo de la música, gritándose entre ellos y sudando crean un ambiente ciertamente sórdido y a la vez hipnótico. Se mueven entre empujones, trastabillándose, pero con decisión, para lograr entre codazos una posición en la barra. Recibir una copa mal servida, pagarla cara y perder la mitad por el vaivén de la vuelta al grupo. Como en los aeropuertos, el peluquero o con el ginecólogo; cuando pedimos beodos también nos despojamos de nuestra dignidad, algo que va en incremento según vayan cayendo las copas.
Sea la hora que sea, los bares están llenos. Es difícil la relación de una sociedad cada vez más precaria en lo económico y el auge de la hostelería. Lo único que se me ocurre es que, ya perdida la esperanza, lo único a lo que se puede agarrar uno es a una Mahou muy fría o a unas sidras con los colegas. La alta densidad de sitios donde tomar algo que hay en España no la veo como orgullo ni como vergüenza, simplemente constatación de una realidad y de una forma de ser. En lugar de fábricas, ahora tenemos terrazas, de nada sirve lamentarse, así que hacen bien todos aquellos que aprovechan el tirón.
Hace años que mi grupo de amigos —me incluyo yo— tenía que haber montado algo: por capacidad, por conocimiento, por la cantidad ingente de euros que nos hemos gastado en copas para que el dinero fuese al bolsillo de otros, pocas veces agradecidos. Damos vueltas manoseando la idea para, al final, no ejecutar nada y seguir haciendo ricos a los mismos. Una especie de gatopardismo cantábrico que abunda por aquí.
Jamás entenderé los cócteles sin alcohol, porque esa chispa que aportan a la vida y esa capacidad de hacer el mundo mejor que tiene la coctelería deriva de forma innegable de ese porcentaje alcohólico que acompaña a los demás líquidos. No lo llames bloody mary sin o 0’0, llámalo zumo de tomate preparado, y está. La estupidez humana no tiene fin, y creo que en la gastronomía se muestra de forma vehemente y con orgullo.
Estos días he probado varias marcas de cervezas sin alcohol o 0’0. Puedo afirmar que no está buena ninguna, pocas están pasables y todas las demás son bebibles con dificultad y mucho propósito. Ahora que las nuevas generaciones son abstemias —o eso parecen querernos vender. Luego a la gente que está saliendo del colegio o coleteando en la universidad la sigues viendo haciendo botellón y rascando el bolsillo para un snack—, no entiendo cómo la industria cervecera no es capaz de hacer una sin alcohol mejor. La única explicación y esperanza que tengo es que ellos, conocedores de lo bueno, no quieran desvirtuar un producto tan bueno y tan nuestro.
Más difícil que la decisión entre beber o no es mantenerse en la prudencia. Consideramos la moderación como virtud, pero pocas cosas importantes han salido de la melifluidad y la contención. Con amigos, pasando un momento feliz, es muy complicado medir y fijar con claridad el listón.
Dejo de escribir este diario, pero quizá aborde más el ocio nocturno desde el lado sobrio. Simplemente por la observación de una especie y de unos seres que no me son ajenos, pero sí muchas veces extraños. Por el placer de poder grabar en mi memoria todas esas situaciones extrañas y maravillosas que se dan con nocturnidad y ociosidad. Pudiendo luego ser escritas o contadas, formando así parte del origen de la literatura, la noticia o la anécdota. Todas muy diferentes, pero a la vez la misma.
Sigue a Álvaro Boro
Recibe un email con todos los nuevos artículos de Álvaro Boro
¿Qué opinas?
Sin comentariosLeticia Sala: «Antes la presión visual afectaba a las famosas; ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo»
Por Álvaro Boro
Niñas que aún no han cumplido los doce años y ya saben lo que es una rutina antiedad, adultos que se pinchan botox para borrar arrugas preventivas. Hay una industria entera empeñada en convencernos de que envejecer es un problema que necesita solución. Sobre todo esto escribe Leticia Sala en ‘Dame veneno que quiero vivir’
Una comida pendiente
Por Álvaro Boro
Sentados a una mesa todo es mejor, que la comida no es un mero trámite para subsistir y que brindando, los temas banales adquieren importancia supina y transcendental.
Contra los influencers que no saben leer
Por Álvaro Boro
Cuando escribo, lo hago para unos lectores que pienso informados y mucho más inteligentes que yo, por eso no era de creerme que la gente se queda con un titular y la negrita. Una vez más, me equivocaba.
Una comida pendiente
Por Álvaro Boro
Sentados a una mesa todo es mejor, que la comida no es un mero trámite para subsistir y que brindando, los temas banales adquieren importancia supina y transcendental.
Contra los influencers que no saben leer
Por Álvaro Boro
Cuando escribo, lo hago para unos lectores que pienso informados y mucho más inteligentes que yo, por eso no era de creerme que la gente se queda con un titular y la negrita. Una vez más, me equivocaba.
No viralices tu bar
Por Álvaro Boro
Desde que Cocituber mostró en sus redes, el pincho de tortilla del bar Antonio, en San Sebastián , el ya conocido local ha aumentado exponencialmente su popularidad. Diego Soto publicó, el 27 de mayo en Twitter, un vídeo en el que se podía ver una cola inmensa a las diez de la mañana. Escribió: “Bar Antonio de San Sebastián. Miércoles. Diez de la mañana. Se confirma que nos hemos quedado ya para siempre sin su pintxo de tortilla”
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Álvaro Boro
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES